De lo local a lo universal del sentido del cosmos: Compostela

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Compostela conecta lo local de un rincón occidental de Europa con lo universal del sentido humano y el cosmos.

Como el pensamiento filosófico en sí mismo, Compostela es un fenómeno que conecta al ser humano, desde lo más local de un sitio concreto en el mapa, a lo más universal posible acerca de quiénes somos como seres humanos, o qué sentido pueda tener este cosmos, a veces maravilloso, a veces aparentemente implacable y tenebroso, siempre pegado a la aparentemente inevitable ley del devenir.

Eso sí, como en los antiguos “misterios” de las llamadas religiones mistéricas, tales como los cultos de Mitra o los misterios de Eleusis, a veces es necesario hacer una iniciación oportuna para ser capaces de ver así, en todo su esplendor y profundidad, a Compostela.

Si lo pensamos fríamente, en Compostela, al menos en una primera capa de sentido, se veneran los restos del Apóstol Santiago el Mayor, o lo que es lo mismo, en el lugar más occidental de la Península Ibérica y de Europa, el finis terrae romano, se veneran los restos de un hombre del Medio Oriente del siglo I de la Era Cristiana. Lo cual nos conecta con una historia a su vez ya más universal, en una segunda capa de sentido, la historia de los viajes de los apóstoles o “enviados” de Jesús de Nazaret. Según la tradición, Pedro viajó a Roma; Andrés a Escitia, más o menos la actual Ucrania, y luego a Grecia; Santiago el Mayor al occidente de la Península Ibérica; Juan a la costa de Asia Menor, la actual Turquía; Felipe a Grecia, luego a Mesopotamia y luego a Escitia también, para acabar en Anatolia; Bartolomé recorrería Persia y habría llegado al valle del Gandhara en el actual Paquistán; Tomás habría ido aún más allá hacia el este, llegando a la costa de Coromandel en Tamil Nadu en la India, lugar donde hasta día de hoy se venera su tumba; Mateo a Persia; Santiago el de Alfeo, a Egipto; Judas Tadeo a Mesopotamia; Simón el Zelota junto con aquel también a Mesopotamia; y Matías, al Cáucaso…

Uno ciertamente puede opinar lo que desee al respecto, pero solamente la ignorancia acerca de la realidad del mundo Antiguo pudiera llevarnos a dudar de ello únicamente en base a una supuesta incapacidad de la Antigüedad de tan largos viajes. Libros como el Periplus Maris Erythraei datado en el siglo I de la Era Cristiana nos dan buena cuenta de los viajes de los grecorromanos por todo el océano Índico, en un régimen de relativa cotidianeidad.

Por otro lado, los restos en sí mismos nos conectan con otra dimensión plenamente universal, quizás la más universal de todas, que es el misterio definitivo de la muerte. Como toda reliquia de aquellos considerados santos, la gente durante más de dos mil años ha ido allí a pedir intercesiones, favores, ayuda; y por más de dos mil años lo curioso es que hay quien ha seguido reportando dicha ayuda. Ahora bien, y leyéndolo dentro de su marco interpretativo propio, esto solamente sería lógico o posible en tanto que aquel personaje venerado siga existiendo de algún modo, y por tanto pueda seguir actuando, dos mil y algo años después…

Pero luego, y yendo más allá del sentido de los restos en sí mismos, es y ha sido, como no podía ser de otro modo, uno de los lugares centrales de peregrinaciones cristianas en Europa por siglos. Otro fenómeno, el de las peregrinaciones, totalmente universal y humano. Estos días precisamente, en el año 2025, está teniendo lugar una de las peregrinaciones más multitudinarias del mundo, el Kumbh Mela, en India, un evento hinduista que reunirá en peregrinación a millones de personas. Eso por no hablar de la peregrinación musulmana a la Meca, o de ciertas peregrinaciones budistas importantes como la que va a Bodh Gaya, donde el Buda habría tenido su iluminación.

Incluso, y menos conocida, pero también universal, es la conexión de Compostela con el eremitismo. En efecto, según la tradición, y dado que en Compostela no hubo antes del santuario del Apóstol ninguna ciudad romana como tal allí (se habla de la presencia de una posta de caminos más o menos grande), y luego se despobló hacia el final del mundo romano, en plena Alta Edad Media sería un ermitaño, Pelayo, de aquellos bosques residente, a quien se le revelaría el redescubrimiento de la tumba apostólica. El fenómeno del eremitismo, como nos recordaba el benedictino Henri le Saux, es algo que existe desde hace milenios en India, por ejemplo, en sus bosques, y luego sobre todo en el Himalaya. Pero también en el budismo, pensemos en las maravillosas cuevas de Dunhuang en China. Incluso algo tradicional en el taoísmo, sobre todo después del período clásico. Aunque también es algo presente en los sufíes, por ejemplo. Es el símbolo de la búsqueda personal del ser humano, de su fuente inaferrable e inefable.

De lo local a lo universal del sentido del cosmos: Compostela

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Compostela conecta lo local de un rincón occidental de Europa con lo universal del sentido humano y el cosmos.

Como el pensamiento filosófico en sí mismo, Compostela es un fenómeno que conecta al ser humano, desde lo más local de un sitio concreto en el mapa, a lo más universal posible acerca de quiénes somos como seres humanos, o qué sentido pueda tener este cosmos, a veces maravilloso, a veces aparentemente implacable y tenebroso, siempre pegado a la aparentemente inevitable ley del devenir.

Eso sí, como en los antiguos “misterios” de las llamadas religiones mistéricas, tales como los cultos de Mitra o los misterios de Eleusis, a veces es necesario hacer una iniciación oportuna para ser capaces de ver así, en todo su esplendor y profundidad, a Compostela.

Si lo pensamos fríamente, en Compostela, al menos en una primera capa de sentido, se veneran los restos del Apóstol Santiago el Mayor, o lo que es lo mismo, en el lugar más occidental de la Península Ibérica y de Europa, el finis terrae romano, se veneran los restos de un hombre del Medio Oriente del siglo I de la Era Cristiana. Lo cual nos conecta con una historia a su vez ya más universal, en una segunda capa de sentido, la historia de los viajes de los apóstoles o “enviados” de Jesús de Nazaret. Según la tradición, Pedro viajó a Roma; Andrés a Escitia, más o menos la actual Ucrania, y luego a Grecia; Santiago el Mayor al occidente de la Península Ibérica; Juan a la costa de Asia Menor, la actual Turquía; Felipe a Grecia, luego a Mesopotamia y luego a Escitia también, para acabar en Anatolia; Bartolomé recorrería Persia y habría llegado al valle del Gandhara en el actual Paquistán; Tomás habría ido aún más allá hacia el este, llegando a la costa de Coromandel en Tamil Nadu en la India, lugar donde hasta día de hoy se venera su tumba; Mateo a Persia; Santiago el de Alfeo, a Egipto; Judas Tadeo a Mesopotamia; Simón el Zelota junto con aquel también a Mesopotamia; y Matías, al Cáucaso…

Uno ciertamente puede opinar lo que desee al respecto, pero solamente la ignorancia acerca de la realidad del mundo Antiguo pudiera llevarnos a dudar de ello únicamente en base a una supuesta incapacidad de la Antigüedad de tan largos viajes. Libros como el Periplus Maris Erythraei datado en el siglo I de la Era Cristiana nos dan buena cuenta de los viajes de los grecorromanos por todo el océano Índico, en un régimen de relativa cotidianeidad.

Por otro lado, los restos en sí mismos nos conectan con otra dimensión plenamente universal, quizás la más universal de todas, que es el misterio definitivo de la muerte. Como toda reliquia de aquellos considerados santos, la gente durante más de dos mil años ha ido allí a pedir intercesiones, favores, ayuda; y por más de dos mil años lo curioso es que hay quien ha seguido reportando dicha ayuda. Ahora bien, y leyéndolo dentro de su marco interpretativo propio, esto solamente sería lógico o posible en tanto que aquel personaje venerado siga existiendo de algún modo, y por tanto pueda seguir actuando, dos mil y algo años después…

Pero luego, y yendo más allá del sentido de los restos en sí mismos, es y ha sido, como no podía ser de otro modo, uno de los lugares centrales de peregrinaciones cristianas en Europa por siglos. Otro fenómeno, el de las peregrinaciones, totalmente universal y humano. Estos días precisamente, en el año 2025, está teniendo lugar una de las peregrinaciones más multitudinarias del mundo, el Kumbh Mela, en India, un evento hinduista que reunirá en peregrinación a millones de personas. Eso por no hablar de la peregrinación musulmana a la Meca, o de ciertas peregrinaciones budistas importantes como la que va a Bodh Gaya, donde el Buda habría tenido su iluminación.

Incluso, y menos conocida, pero también universal, es la conexión de Compostela con el eremitismo. En efecto, según la tradición, y dado que en Compostela no hubo antes del santuario del Apóstol ninguna ciudad romana como tal allí (se habla de la presencia de una posta de caminos más o menos grande), y luego se despobló hacia el final del mundo romano, en plena Alta Edad Media sería un ermitaño, Pelayo, de aquellos bosques residente, a quien se le revelaría el redescubrimiento de la tumba apostólica. El fenómeno del eremitismo, como nos recordaba el benedictino Henri le Saux, es algo que existe desde hace milenios en India, por ejemplo, en sus bosques, y luego sobre todo en el Himalaya. Pero también en el budismo, pensemos en las maravillosas cuevas de Dunhuang en China. Incluso algo tradicional en el taoísmo, sobre todo después del período clásico. Aunque también es algo presente en los sufíes, por ejemplo. Es el símbolo de la búsqueda personal del ser humano, de su fuente inaferrable e inefable.