Diez amenazas a los cimientos del cristianismo

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Frente a amenazas visibles, el mayor peligro es “un riesgo subterráneo y difícil de detectar”: la “erosión silenciosa de los cimientos” que sostienen al cristianismo.

A mi viejo amigo Richard Stith, profesor de Derecho, que leyó el borrador.

Cuando hablamos de lo que hoy amenaza al cristianismo solemos pensar en las muertes de cristianos en Nigeria o, como poco, en la corrección política y legal que en Occidente intenta sofocar nuestra religión; sin éxito, a juzgar por las recientes oleadas de conversiones. Pero lo que afrontamos ahora es un riesgo subterráneo y difícil de detectar. Se trata de erosiones de los cimientos pre-cristianos —incluso pre-religiosos, a menudo más implícitos que explícitos— que toda visión social necesita para que sobre ella pueda florecer el cristianismo. Si no los hay, tendremos cristianos, que no es poco en los tiempos que corren, pero sin antropología cristiana. Tendrán ellos que desarrollarla, pero sin las bases que a muchas generaciones nos suministraron Cicerón y tantos otros. De la reciente oleada de conversos, no pocos carecerán de aquellos preconceptos que antes tenía todo el mundo, hasta quienes mataban curas en España en 1936.

Son problemas de mucho fondo para el cristianismo e incluso para el humanismo, porque siegan la hierba bajo nuestros pies, dejando en su lugar no otro suelo, mejor o peor, sino un cuasi-vacío, sobre el que será difícil (no imposible, pero difícil) construir.

Aquí proponemos una visión, la cristiana, de la naturaleza humana, pero, claro, lo que en ningún caso puede faltar es la naturaleza humana, hoy tan asendereada incluso sin contar con lo que le espera. Jesús la da por supuesta al dirigirse a los judíos, como se ve en las parábolas; san Pablo se la recuerda a los desocupados discutidores del Areópago. Desde nuestro presente punto de vista, vivir cristianamente sería como sacar brillo al valor divino que ya tiene lo humano; pero para ello lo humano tiene que existir, y con una mínima salud. Defendamos, por supuesto, a los heroicos cristianos nigerianos, que mueren a miles, y defendámonos de las leyes anticristianas, pero lo más insidioso, por inadvertido, es la erosión silenciosa de los cimientos que en realidad no son específicamente cristianos sino anteriores. Si efectivamente son pre-cristianos, son de todos, pero de facto a casi nadie preocupa eso más que a los católicos; y no a todos.

Las amenazas y riesgos inadvertidos son los peores. Son los que hacen que el mundo esté lleno de gente buena haciendo cosas malas. ¿Qué tiene de malo, en principio y en teoría, un smartphone? Nada; es una maravilla tecnológica. ¿Qué efectos producen, no en teoría sino en la vida real (no hay otra), los smartphones? Terribles; ahí está La Generación Ansiosa, de J. Haidt.

De esos ocultos sillares de las raíces de nuestra fe, hoy en riesgo, mencionaremos diez.

  1. La bondad intrínseca de la vida: miró Dios el mundo y vio que era bueno. Escribe Chesterton que, a la mórbida e insana pregunta “¿Ser, o no ser”?, el grueso Doctor medieval (Sto. Tomás) responde como un trueno: “¡Ser!” (S. T. de A., cap. IV; por cierto, sensu contrario se deduce que GKC debía considerarse esbelto). Detrás del aborto y de la eutanasia hay una visión pesimista de la vida, como algo por lo que no vale mucho la pena luchar. Hoy aumentan los que valoran en poco sus propias vidas. Como dice Stith, ¿cómo valorarán la vida eterna quienes no valoran la vida? A una sociedad sin niños, ¿cómo le va a gustar la vida?
  2. La libertad. El cristianismo presupone un hombre constitutivamente libre y digno. Desde el momento en que Dios nos deja libertad hasta para ir contra Él, en esto no queda caber ni sombra de duda. «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos…” (Volveremos sobre la libertad).
  3. La razón. Innecesario subrayar su mala salud, excepto la de la razón tecnológico-digital. Los que estudiamos letras y ya tenemos cierta edad crecimos con la importancia del logos (“en principio era el logos”; “en arjé en ho lógos”, comienza san Juan). ¿Puede seguir dándose eso por supuesto? No se trata de discutir exquisiteces de eruditos: nadie negará que hoy es más difícil tener una discusión racional que en 1970 o 1980. La palabra diálogo está de moda; la realidad, no. ¿Hay ahora muchas discusiones como aquellas retumbantes de Chesterton, Belloc y Shaw? En España, no muchas. Hoy las discusiones no sólo están polarizadas; peor: también están empobrecidas en los argumentos.
  4. El ataque al lugar del hombre. Ese hombre libre, racional y moral, imagen de Dios, es cualitativamente distinto de los animales y de toda la creación, de la cual es rey. Esa posición «poco inferior a los ángeles» viene siendo atacada hace tiempo, pero últimamente, más (máquinas, IAG, especismo, al que se hace un guiño en la Laudate Deum, 66, remitiendo a D. Haraway).
  5. La realidad, las cosas. Esto se opone a toda des-encarnación (Trueman), des-materialización, des-corporalización; al «no cosas» (BC Han); todo ello huellas de la gnosis. Hoy casi nada se hace con las manos. Mala cosa, para una religión tan realista y encarnada como la nuestra; mala cosa, a largo plazo, para el «materialismo cristiano» (Escrivá). Cuanta más tecnología, menos habilidades (ya ni saber aparcar hace falta); y, lo que es peor, menos lugar en mi cabeza para la tierra que piso, la naturaleza, lo biológico frente a lo fabricado, los objetos familiares de nuestras vidas, los tipos de caballos, las clases de nubes, los diferentes vientos. La gente ya no guarda ni las casas ni las cosas de sus padres y no canta los villancicos de sus padres: otra vuelta de tuerca al desarraigo. 
  6. El providencialismo: Dios llueve sobre justos e injustos. Lleva cuenta de los pelos que se nos caen (por tanto, Dios ha pensado en los calvos más que en nadie). Da a todos vida y aliento (S. Pablo en Atenas). Como dice Sancho con la profunda convicción de una mente católica analfabeta, “amanecerá Dios y medraremos»; convicción bien viva por estos lares hasta ayer; pregunten a cualquier viejo labrego o mariñeiro.
  7. El cristianismo presupone relaciones interpersonales sólidas, comenzando por las familiares. Las tendencias técnico-económicas y de comunicación favorecen el aislamiento personal. El daño del covid aún colea. No pocas jerarquías católicas secundaron al estado y a la OMS, como si el no vacunarse fuera inmoral, como si aislarnos fuera algo a fomentar. El hombre es social por naturaleza, no por accidente ni por elección. 
  8. El legalismo y el «justicierismo» fomentan las memorias históricas y el castigar siempre. Como si olvidar y dispensar del castigo fuera malo. Se subraya, así, la justicia como venganza implacable. Al que cometió un grave error hace medio siglo no se le admite que pueda haberse redimido hoy, cuando lo clásico de nuestra religión es que todos, hasta los peores criminales, podamos redimirnos porque somos todos pecadores. Resultado de ello: más venganza y menos perdón. Ojalá hubiera más Erikas Kirk, aunque mejor sin enviudar. El legalismo daña, además, el razonamiento prudencial, el sentido común, la valoración del caso, la epiqueya, la analogía. Por eso encaja tan bien en un mundo digitalizado lleno de formularios con casillas, de controles impersonales y de sanciones impuestas por máquinas.
  9. Si la tolerancia es convivir con el mal sin llamarlo bien, la pérdida del pecado original nos ha hecho incapaces de convivir con la imperfección, lo cual, en un mundo que es imperfecto y limitado, tiene muchas consecuencias prácticas. De ahí nuestra tremenda intolerancia («tolerancia cero» es un concepto autocontradictorio). Guerra a muerte a todo lo que, conforme a la sacralidad de hoy, haya pasado a ser malo —azúcar, lenguaje por sexos, motores de combustión—. Estos insensatos creen que a este lado de la eternidad se puede llegar a extirpar el mal, o lo que ellos etiquetan como mal, sea la corrupción, el gas oil o el fraude fiscal. No creen en el hombre, para ellos tonto y malo, sino en la ciencia, la tecnología y la omnisciencia y omnipotencia de las diversas élites del poder. En un mundo esencialmente limitado, ahora no se admiten límites a la tecnología, la economía o la exploración de identidades íntimas. 
  10. Por último, otro daño que Occidente se está auto-infligiendo, y sin precedentes, es suprimir la cultura clásica. Ninguna otra civilización ha cortado clara y deliberadamente con lo que para ella fuese su modelo clásico. Para el turbo-capitalismo y la tecnología nada es sagrado; sólo la eficiencia, la máxima utilidad, el máximo beneficio y el mínimo coste caiga quien caiga. Antes, hasta en países nada latinos, como Suecia o Rusia, se estudiaba latín. El siglo pasado, toda persona de mediana cultura conocía a Julio César y la mitología griega. Por algún misterio, la Iglesia, heredera de Roma, corta con ella (no es sólo cuestión de misas en latín).

Si mañana se bautizara todo el planeta, pero careciendo de la cimentación previa, necesitaría decenios para adquirirla. No pocos católicos, por haber crecido en el mundo que han crecido, por su educación o por simple relevo generacional, no la tienen.

Para que la gente respire antropología católica como la respiraron, y transpiraron, Dante, Cervantes, Velázquez o Manzoni, habrá primero que reconstruir al hombre —básicamente, con las virtudes humanas—; nunca más dañado pero nunca totalmente destruido, gracias a Dios. Después habrá que poner sobre él al cristiano (huelga decir que esto no es un proceso tan claro ni mecánico). Por cierto, Dostoievski y Tolstoi tienen antropología muy cristiana pero no católica, como tampoco, aunque muy diferentes, mis admirados Haendel y Jane Austen. Ojalá también la estética nos lleve a la ética; la estética grecorromana llevaba a su ética, y ésta a Cicerón y Marco Aurelio; a la búsqueda de la excelencia moral.

Pero todo se andará; ¿no decimos que «amanecerá Dios y medraremos»? Al fin y al cabo, en el siglo I, ningún cristiano había tenido una abuela cristiana.

Al final, ¿y si los mínimos previos del cristianismo fueran los de la naturaleza humana?  Si son previos al cristianismo, lo son a toda religiosidad seria e incluso al simple humanismo. ¿Y si lo que estuviera descubriendo el «giro católico» fuera, simplemente, que la naturaleza humana, huérfana de tanto vacío y nihilismo, está pidiendo a gritos volver a tener un sentido, y lo encuentra en el cristianismo? La moral cristiana tiene mucha fuerza racional y commonsensical porque, valorándolo todo, es lo más conforme con la naturaleza humana, aunque no siempre lo más placentero a corto plazo.

El caso de la libertad

Aquí hemos de detenernos un poco. “La libertad, Sancho es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida” (Don Quijote).

Dios hizo al hombre libre. La libertad es un atributo humano especialmente importante; sin ella, no hay hombre; sin ella ni siquiera se puede merecer premio ni castigo eternos. Esto es imposible de concretar pero, llevando las cosas al extremo, la libertad sería más inherente al hombre que la seguridad y el orden —salvo el orden natural del mundo—. Más concretamente, sin unas mínimas libertades personales, malamente florecerá el cristianismo (ni ninguna otra religión). Pero obsérvese que don Quijote, aunque imparte una auténtica clase a Sancho, no tenía libertad constitucional alguna. Era, en cambio, muy libre de ir y venir, de ser dejado en paz en su casa y con sus cosas; tenía muchas libertades personales «de a diario». Éstas disminuyen hoy a ojos vistas.

La tecnología actual facilita controlarnos y la IAG empeorará las cosas atacando justo la raíz. Aunque, huelga decirlo, aporte también muchas cosas buenas —por ejemplo, en la cirugía— tiende a secar la libertad justo en su base. Nos fuerza a hacer todo sólo de una manera. Por un conjunto de razones, no sólo tecnológicas, ya nada es espontáneo, ni los juegos infantiles de la calle, que prácticamente han desaparecido. Lo digital, antes promesa de libertad —en ciertos momentos y aspectos, lo fue— ha hecho al poder más implacable y capaz de mucho mayor control. Aunque también ha dado altavoces a posturas cristianas, con los resultados hoy visibles (la vida real es así de compleja). 

El aumento de la eficiencia del poder es un arma de doble filo: puede hacer más cosas buenas pero también más cosas malas. Pasado un cierto ecuador, es un peligro para la libertad. Desde un punto de vista liberal —en sentido literal, de «libertad»— en la duda deberíamos tener gobernantes perezosos y que gobiernen poco. Un poder público que sea eficiente y además muy activo nos sofocará, como hace la Unión Europea. Un gobernante perverso o loco y además trabajador (y eso no es ciencia ficción) será un desastre. Aspirar a todo precio a la eficiencia está bien para máquinas; para personas, puede ser perturbador.

Lo que hacía la vida soportable, e incluso cómoda, en las dictaduras no totalitarias, como la española y la portuguesa, era que el estado gobernaba mucho menos. Eran, ambas, dictaduras, inequívocamente autoritarias, pero en la medida en que gobernaban menos, el espacio que se abstenían de ocupar quedaba de facto a la libertad no política (“haga como yo, no se meta en política”, dicen que aconsejó Franco a un joven ambicioso). Lo que es metafísicamente imposible es lo que se nos propone, o impone, ahora (incluso la Unión Europea): que el estado, sus regulaciones, controles y sanciones pueden crecer indefinidamente mientras sean legales y democráticos (sic), sin que la libertad vaya a menos. Tras unos cuantos decenios de ese régimen, la gente ya no conoce ni echa en falta otra cosa. En cambio, en las dictaduras ibéricas, estados muy poco eficientes, era frecuente no pagar multas y los impuestos eran muy bajos en comparación con los actuales. Podrían añadirse más ejemplos de la vida real: un catedrático de universidad ganaba poco, pero era toda una autoridad y era muy independiente (como todo en la vida, no siempre para bien). 

El cristianismo debería defender con uñas y dientes las libertades del género de las de don Quijote (y otras, huelga decirlo; para empezar, la de culto). Tenemos que preguntarnos: ¿qué es lo que puede esclavizarnos? Lo que puede esclavizar al hombre no es sólo la falta de libertades específicamente políticas, como no poder elegir al presidente (aunque eso sea muy malo), sino dos cosas: el vivir sin libertad a diario, y la carencia de espacios nuestros que sean inviolables al poder, la inexistencia de un “debajo de mi manto, al rey mato” (Sancho), o, en otra variante, “my castle, my rules”. Los esclavos no tenían ningún espacio inviolable a sus amos. Desde 2022, Isabel Vaughan-Spruce fue detenida varias veces en Birmingham por rezar en silencio cerca de una clínica abortista, de lo que se deduce que su pensamiento es menos inviolable que el de Sancho Panza. Hoy se nos regula la vida debajo del manto y hasta en el interior de nuestras cabezas, justo donde radicaba la primera libertad de don Quijote. La casa de un inglés hace decenios que no es su castillo. Nuestros deseos y pensamientos son implantados y estimulados; nuestras mentes están formateadas para aceptar toda regulación imaginable (y la UE tiene mucha imaginación). Se asalta el lenguaje (lo último en España: no decir «cáncer»). Asalto a las palabras, asalto al cerebro, «servidumbre voluntaria». Por el camino que vamos podría llegar a ocurrir que el ciudadano no tenga ningún terreno, ni siquiera pequeño, realmente exento de toda intervención del poder; ningún campo en el que pueda hacer lo que desee, ni aunque sea una trivialidad, sin tener que dar cuentas a nadie. Nos situaríamos, entonces, fuera de la democracia liberal y constitucional, en la cual lo primero es someter al poder, ponerle frenos, barreras y campos donde no puede entrar. De poco consuelo sirve argumentar que esas políticas invasivas son democráticas porque, como han sido decididas por todos, idealmente también por el agraviado. Eso nunca pasa de ser una mentira piadosa excepto en comunidades extraordinariamente pequeñas.

Libertades propiamente políticas, en España, en la práctica, pocas hay. Entre, aproximadamente, 1975 y 1980, sobre las viejas libertades personales de siempre se añadió algo de libertad política, con un estado todavía no tan invasivo, y con mucha ilusión en la gente. Hoy, ¿qué libertad tenemos para hacer lo que deseemos contra el estado, su ley y su policía? Concretándonos a derechos constitucionales (arts. 14 y siguientes de la Constitución), ¿cuántos podemos ejercer fácilmente? En la vida real: ¿podemos, sin permiso del gobierno, manifestarnos sin miedo a serias sanciones por cualquier cosa, simplemente por insultar a la policía? ¿Podemos educar libremente a nuestros hijos? (no nos engañemos: si los educa el estado, no hay libertad). Por ser fuente de desigualdades no injustas y que están fuera de su control, la familia molesta al estado; otro punto no cristiano ni humano. 

Esclavos, sin duda, no lo somos. Pero este país sugiere un gigantesco establecimiento con enormes espacios libres pero con vigilancia, controles ubicuos y mucho tittytainment. O bien comparable a la caverna de Platón, o a la gran simulación de Matrix. El genial Tocqueville acertó salvo respecto de la tecnología, que no podía prever. El tráfico es ejemplo de grandes espacios controlados: a veces uno puede recorrer decenas de kilómetros sin dejar de estar bajo control. En un futuro próximo, podríamos circular bajo control siempre.

Con todo, entre esclavitud y plena ciudadanía, hay grados; don Quijote era un hidalgo libérrimo pero no, en absoluto, un ciudadano. Ahora bien, las limitadas libertades que tenía eran reales; no eran proyecciones de caverna platónica. Su mente no conocía la servidumbre voluntaria. Y es que las libertades políticas, las del ciudadano, sin una base de libertades personales, serán carcasas medio vacías, adecuadas para “hombres huecos” (Eliot). O bien serán como ponerse joyas sin paños menores.

La escasez de ambas clases de libertades, personales y políticas, llega a resultar, a veces, incómoda para los católicos (y otros). Así fue durante la pandemia, pero también ocurre, a diario, en educación, familia y otras materias, culminando últimamente en el totalitario registro de médicos objetores de conciencia. Aparte de que la conciencia no es registrable, ¿es que para el gobierno no hay líneas rojas, ni siquiera a la puerta de las conciencias personales?

Si en nuestro actuar diario tuviéramos mucha libertad cotidiana o «micro», y poca libertad política o «macro», lo que predominaría estadísticamente en nuestro día sería la actuación libre, pues uno ejerce a diario muchas libertades concretas. Si diéramos la vuelta al guante, estadísticamente la regla sería la falta de libertad. La excepción sería la libertad, que se pondría en práctica sólo en ciertas ocasiones políticas, importantísimas pero no cotidianas, pues uno no elige presidente a diario. Hasta hace 30 o 40 años en las democracias anglosajonas clásicas había mucha libertad personal y mucha libertad política; ambas; se notaba nada más bajar del avión. Aquí, hoy, tenemos decrecientes libertades políticas pero crecientes libertades de naturaleza no política, concentradas en sexo, consumo o viajes; o sea, las que fomenta este estado-niñera-controlador. 

¿Podría ser que España haya perdido las libertades «micro» sin haber alcanzado nunca las «macro»? Las libertades reales y practicables ya no llegan a los mínimos básicos para no incomodar a un católico en España y parte de Occidente; ni aun bajando a la catacumba: hasta allí penetrarán las normas sobre gallinas, cañas de pesca de niños y otras; ni allí nos dejaría el estado en paz. Curiosamente, España tampoco cumple los mínimos básicos de una democracia liberal no sólo formal; cada día, menos. ¿Habrá llegado a ser un estado poco cómodo para los católicos, sin haber llegado nunca a democrático? ¿Y si la cruda realidad fuera que España nunca ha sido políticamente libre, ni lo es ahora, ni tal vez, por el camino que va, lo sea nunca? La Unión Europea desde la crisis del euro (2008) dejó abiertamente de buscar la libertad. España ya no da los mínimos previos del cristianismo porque los ha perseguido —persigue hasta las decoraciones navideñas—, pero tampoco los de una democracia liberal y constitucional, que nunca arraigaron aquí. Y lo que es peor, está puntuando más bajo en canciones, alegría y sentido del humor.

 

Diez amenazas a los cimientos del cristianismo

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Frente a amenazas visibles, el mayor peligro es “un riesgo subterráneo y difícil de detectar”: la “erosión silenciosa de los cimientos” que sostienen al cristianismo.

A mi viejo amigo Richard Stith, profesor de Derecho, que leyó el borrador.

Cuando hablamos de lo que hoy amenaza al cristianismo solemos pensar en las muertes de cristianos en Nigeria o, como poco, en la corrección política y legal que en Occidente intenta sofocar nuestra religión; sin éxito, a juzgar por las recientes oleadas de conversiones. Pero lo que afrontamos ahora es un riesgo subterráneo y difícil de detectar. Se trata de erosiones de los cimientos pre-cristianos —incluso pre-religiosos, a menudo más implícitos que explícitos— que toda visión social necesita para que sobre ella pueda florecer el cristianismo. Si no los hay, tendremos cristianos, que no es poco en los tiempos que corren, pero sin antropología cristiana. Tendrán ellos que desarrollarla, pero sin las bases que a muchas generaciones nos suministraron Cicerón y tantos otros. De la reciente oleada de conversos, no pocos carecerán de aquellos preconceptos que antes tenía todo el mundo, hasta quienes mataban curas en España en 1936.

Son problemas de mucho fondo para el cristianismo e incluso para el humanismo, porque siegan la hierba bajo nuestros pies, dejando en su lugar no otro suelo, mejor o peor, sino un cuasi-vacío, sobre el que será difícil (no imposible, pero difícil) construir.

Aquí proponemos una visión, la cristiana, de la naturaleza humana, pero, claro, lo que en ningún caso puede faltar es la naturaleza humana, hoy tan asendereada incluso sin contar con lo que le espera. Jesús la da por supuesta al dirigirse a los judíos, como se ve en las parábolas; san Pablo se la recuerda a los desocupados discutidores del Areópago. Desde nuestro presente punto de vista, vivir cristianamente sería como sacar brillo al valor divino que ya tiene lo humano; pero para ello lo humano tiene que existir, y con una mínima salud. Defendamos, por supuesto, a los heroicos cristianos nigerianos, que mueren a miles, y defendámonos de las leyes anticristianas, pero lo más insidioso, por inadvertido, es la erosión silenciosa de los cimientos que en realidad no son específicamente cristianos sino anteriores. Si efectivamente son pre-cristianos, son de todos, pero de facto a casi nadie preocupa eso más que a los católicos; y no a todos.

Las amenazas y riesgos inadvertidos son los peores. Son los que hacen que el mundo esté lleno de gente buena haciendo cosas malas. ¿Qué tiene de malo, en principio y en teoría, un smartphone? Nada; es una maravilla tecnológica. ¿Qué efectos producen, no en teoría sino en la vida real (no hay otra), los smartphones? Terribles; ahí está La Generación Ansiosa, de J. Haidt.

De esos ocultos sillares de las raíces de nuestra fe, hoy en riesgo, mencionaremos diez.

  1. La bondad intrínseca de la vida: miró Dios el mundo y vio que era bueno. Escribe Chesterton que, a la mórbida e insana pregunta “¿Ser, o no ser”?, el grueso Doctor medieval (Sto. Tomás) responde como un trueno: “¡Ser!” (S. T. de A., cap. IV; por cierto, sensu contrario se deduce que GKC debía considerarse esbelto). Detrás del aborto y de la eutanasia hay una visión pesimista de la vida, como algo por lo que no vale mucho la pena luchar. Hoy aumentan los que valoran en poco sus propias vidas. Como dice Stith, ¿cómo valorarán la vida eterna quienes no valoran la vida? A una sociedad sin niños, ¿cómo le va a gustar la vida?
  2. La libertad. El cristianismo presupone un hombre constitutivamente libre y digno. Desde el momento en que Dios nos deja libertad hasta para ir contra Él, en esto no queda caber ni sombra de duda. «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos…” (Volveremos sobre la libertad).
  3. La razón. Innecesario subrayar su mala salud, excepto la de la razón tecnológico-digital. Los que estudiamos letras y ya tenemos cierta edad crecimos con la importancia del logos (“en principio era el logos”; “en arjé en ho lógos”, comienza san Juan). ¿Puede seguir dándose eso por supuesto? No se trata de discutir exquisiteces de eruditos: nadie negará que hoy es más difícil tener una discusión racional que en 1970 o 1980. La palabra diálogo está de moda; la realidad, no. ¿Hay ahora muchas discusiones como aquellas retumbantes de Chesterton, Belloc y Shaw? En España, no muchas. Hoy las discusiones no sólo están polarizadas; peor: también están empobrecidas en los argumentos.
  4. El ataque al lugar del hombre. Ese hombre libre, racional y moral, imagen de Dios, es cualitativamente distinto de los animales y de toda la creación, de la cual es rey. Esa posición «poco inferior a los ángeles» viene siendo atacada hace tiempo, pero últimamente, más (máquinas, IAG, especismo, al que se hace un guiño en la Laudate Deum, 66, remitiendo a D. Haraway).
  5. La realidad, las cosas. Esto se opone a toda des-encarnación (Trueman), des-materialización, des-corporalización; al «no cosas» (BC Han); todo ello huellas de la gnosis. Hoy casi nada se hace con las manos. Mala cosa, para una religión tan realista y encarnada como la nuestra; mala cosa, a largo plazo, para el «materialismo cristiano» (Escrivá). Cuanta más tecnología, menos habilidades (ya ni saber aparcar hace falta); y, lo que es peor, menos lugar en mi cabeza para la tierra que piso, la naturaleza, lo biológico frente a lo fabricado, los objetos familiares de nuestras vidas, los tipos de caballos, las clases de nubes, los diferentes vientos. La gente ya no guarda ni las casas ni las cosas de sus padres y no canta los villancicos de sus padres: otra vuelta de tuerca al desarraigo. 
  6. El providencialismo: Dios llueve sobre justos e injustos. Lleva cuenta de los pelos que se nos caen (por tanto, Dios ha pensado en los calvos más que en nadie). Da a todos vida y aliento (S. Pablo en Atenas). Como dice Sancho con la profunda convicción de una mente católica analfabeta, “amanecerá Dios y medraremos»; convicción bien viva por estos lares hasta ayer; pregunten a cualquier viejo labrego o mariñeiro.
  7. El cristianismo presupone relaciones interpersonales sólidas, comenzando por las familiares. Las tendencias técnico-económicas y de comunicación favorecen el aislamiento personal. El daño del covid aún colea. No pocas jerarquías católicas secundaron al estado y a la OMS, como si el no vacunarse fuera inmoral, como si aislarnos fuera algo a fomentar. El hombre es social por naturaleza, no por accidente ni por elección. 
  8. El legalismo y el «justicierismo» fomentan las memorias históricas y el castigar siempre. Como si olvidar y dispensar del castigo fuera malo. Se subraya, así, la justicia como venganza implacable. Al que cometió un grave error hace medio siglo no se le admite que pueda haberse redimido hoy, cuando lo clásico de nuestra religión es que todos, hasta los peores criminales, podamos redimirnos porque somos todos pecadores. Resultado de ello: más venganza y menos perdón. Ojalá hubiera más Erikas Kirk, aunque mejor sin enviudar. El legalismo daña, además, el razonamiento prudencial, el sentido común, la valoración del caso, la epiqueya, la analogía. Por eso encaja tan bien en un mundo digitalizado lleno de formularios con casillas, de controles impersonales y de sanciones impuestas por máquinas.
  9. Si la tolerancia es convivir con el mal sin llamarlo bien, la pérdida del pecado original nos ha hecho incapaces de convivir con la imperfección, lo cual, en un mundo que es imperfecto y limitado, tiene muchas consecuencias prácticas. De ahí nuestra tremenda intolerancia («tolerancia cero» es un concepto autocontradictorio). Guerra a muerte a todo lo que, conforme a la sacralidad de hoy, haya pasado a ser malo —azúcar, lenguaje por sexos, motores de combustión—. Estos insensatos creen que a este lado de la eternidad se puede llegar a extirpar el mal, o lo que ellos etiquetan como mal, sea la corrupción, el gas oil o el fraude fiscal. No creen en el hombre, para ellos tonto y malo, sino en la ciencia, la tecnología y la omnisciencia y omnipotencia de las diversas élites del poder. En un mundo esencialmente limitado, ahora no se admiten límites a la tecnología, la economía o la exploración de identidades íntimas. 
  10. Por último, otro daño que Occidente se está auto-infligiendo, y sin precedentes, es suprimir la cultura clásica. Ninguna otra civilización ha cortado clara y deliberadamente con lo que para ella fuese su modelo clásico. Para el turbo-capitalismo y la tecnología nada es sagrado; sólo la eficiencia, la máxima utilidad, el máximo beneficio y el mínimo coste caiga quien caiga. Antes, hasta en países nada latinos, como Suecia o Rusia, se estudiaba latín. El siglo pasado, toda persona de mediana cultura conocía a Julio César y la mitología griega. Por algún misterio, la Iglesia, heredera de Roma, corta con ella (no es sólo cuestión de misas en latín).

Si mañana se bautizara todo el planeta, pero careciendo de la cimentación previa, necesitaría decenios para adquirirla. No pocos católicos, por haber crecido en el mundo que han crecido, por su educación o por simple relevo generacional, no la tienen.

Para que la gente respire antropología católica como la respiraron, y transpiraron, Dante, Cervantes, Velázquez o Manzoni, habrá primero que reconstruir al hombre —básicamente, con las virtudes humanas—; nunca más dañado pero nunca totalmente destruido, gracias a Dios. Después habrá que poner sobre él al cristiano (huelga decir que esto no es un proceso tan claro ni mecánico). Por cierto, Dostoievski y Tolstoi tienen antropología muy cristiana pero no católica, como tampoco, aunque muy diferentes, mis admirados Haendel y Jane Austen. Ojalá también la estética nos lleve a la ética; la estética grecorromana llevaba a su ética, y ésta a Cicerón y Marco Aurelio; a la búsqueda de la excelencia moral.

Pero todo se andará; ¿no decimos que «amanecerá Dios y medraremos»? Al fin y al cabo, en el siglo I, ningún cristiano había tenido una abuela cristiana.

Al final, ¿y si los mínimos previos del cristianismo fueran los de la naturaleza humana?  Si son previos al cristianismo, lo son a toda religiosidad seria e incluso al simple humanismo. ¿Y si lo que estuviera descubriendo el «giro católico» fuera, simplemente, que la naturaleza humana, huérfana de tanto vacío y nihilismo, está pidiendo a gritos volver a tener un sentido, y lo encuentra en el cristianismo? La moral cristiana tiene mucha fuerza racional y commonsensical porque, valorándolo todo, es lo más conforme con la naturaleza humana, aunque no siempre lo más placentero a corto plazo.

El caso de la libertad

Aquí hemos de detenernos un poco. “La libertad, Sancho es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida” (Don Quijote).

Dios hizo al hombre libre. La libertad es un atributo humano especialmente importante; sin ella, no hay hombre; sin ella ni siquiera se puede merecer premio ni castigo eternos. Esto es imposible de concretar pero, llevando las cosas al extremo, la libertad sería más inherente al hombre que la seguridad y el orden —salvo el orden natural del mundo—. Más concretamente, sin unas mínimas libertades personales, malamente florecerá el cristianismo (ni ninguna otra religión). Pero obsérvese que don Quijote, aunque imparte una auténtica clase a Sancho, no tenía libertad constitucional alguna. Era, en cambio, muy libre de ir y venir, de ser dejado en paz en su casa y con sus cosas; tenía muchas libertades personales «de a diario». Éstas disminuyen hoy a ojos vistas.

La tecnología actual facilita controlarnos y la IAG empeorará las cosas atacando justo la raíz. Aunque, huelga decirlo, aporte también muchas cosas buenas —por ejemplo, en la cirugía— tiende a secar la libertad justo en su base. Nos fuerza a hacer todo sólo de una manera. Por un conjunto de razones, no sólo tecnológicas, ya nada es espontáneo, ni los juegos infantiles de la calle, que prácticamente han desaparecido. Lo digital, antes promesa de libertad —en ciertos momentos y aspectos, lo fue— ha hecho al poder más implacable y capaz de mucho mayor control. Aunque también ha dado altavoces a posturas cristianas, con los resultados hoy visibles (la vida real es así de compleja). 

El aumento de la eficiencia del poder es un arma de doble filo: puede hacer más cosas buenas pero también más cosas malas. Pasado un cierto ecuador, es un peligro para la libertad. Desde un punto de vista liberal —en sentido literal, de «libertad»— en la duda deberíamos tener gobernantes perezosos y que gobiernen poco. Un poder público que sea eficiente y además muy activo nos sofocará, como hace la Unión Europea. Un gobernante perverso o loco y además trabajador (y eso no es ciencia ficción) será un desastre. Aspirar a todo precio a la eficiencia está bien para máquinas; para personas, puede ser perturbador.

Lo que hacía la vida soportable, e incluso cómoda, en las dictaduras no totalitarias, como la española y la portuguesa, era que el estado gobernaba mucho menos. Eran, ambas, dictaduras, inequívocamente autoritarias, pero en la medida en que gobernaban menos, el espacio que se abstenían de ocupar quedaba de facto a la libertad no política (“haga como yo, no se meta en política”, dicen que aconsejó Franco a un joven ambicioso). Lo que es metafísicamente imposible es lo que se nos propone, o impone, ahora (incluso la Unión Europea): que el estado, sus regulaciones, controles y sanciones pueden crecer indefinidamente mientras sean legales y democráticos (sic), sin que la libertad vaya a menos. Tras unos cuantos decenios de ese régimen, la gente ya no conoce ni echa en falta otra cosa. En cambio, en las dictaduras ibéricas, estados muy poco eficientes, era frecuente no pagar multas y los impuestos eran muy bajos en comparación con los actuales. Podrían añadirse más ejemplos de la vida real: un catedrático de universidad ganaba poco, pero era toda una autoridad y era muy independiente (como todo en la vida, no siempre para bien). 

El cristianismo debería defender con uñas y dientes las libertades del género de las de don Quijote (y otras, huelga decirlo; para empezar, la de culto). Tenemos que preguntarnos: ¿qué es lo que puede esclavizarnos? Lo que puede esclavizar al hombre no es sólo la falta de libertades específicamente políticas, como no poder elegir al presidente (aunque eso sea muy malo), sino dos cosas: el vivir sin libertad a diario, y la carencia de espacios nuestros que sean inviolables al poder, la inexistencia de un “debajo de mi manto, al rey mato” (Sancho), o, en otra variante, “my castle, my rules”. Los esclavos no tenían ningún espacio inviolable a sus amos. Desde 2022, Isabel Vaughan-Spruce fue detenida varias veces en Birmingham por rezar en silencio cerca de una clínica abortista, de lo que se deduce que su pensamiento es menos inviolable que el de Sancho Panza. Hoy se nos regula la vida debajo del manto y hasta en el interior de nuestras cabezas, justo donde radicaba la primera libertad de don Quijote. La casa de un inglés hace decenios que no es su castillo. Nuestros deseos y pensamientos son implantados y estimulados; nuestras mentes están formateadas para aceptar toda regulación imaginable (y la UE tiene mucha imaginación). Se asalta el lenguaje (lo último en España: no decir «cáncer»). Asalto a las palabras, asalto al cerebro, «servidumbre voluntaria». Por el camino que vamos podría llegar a ocurrir que el ciudadano no tenga ningún terreno, ni siquiera pequeño, realmente exento de toda intervención del poder; ningún campo en el que pueda hacer lo que desee, ni aunque sea una trivialidad, sin tener que dar cuentas a nadie. Nos situaríamos, entonces, fuera de la democracia liberal y constitucional, en la cual lo primero es someter al poder, ponerle frenos, barreras y campos donde no puede entrar. De poco consuelo sirve argumentar que esas políticas invasivas son democráticas porque, como han sido decididas por todos, idealmente también por el agraviado. Eso nunca pasa de ser una mentira piadosa excepto en comunidades extraordinariamente pequeñas.

Libertades propiamente políticas, en España, en la práctica, pocas hay. Entre, aproximadamente, 1975 y 1980, sobre las viejas libertades personales de siempre se añadió algo de libertad política, con un estado todavía no tan invasivo, y con mucha ilusión en la gente. Hoy, ¿qué libertad tenemos para hacer lo que deseemos contra el estado, su ley y su policía? Concretándonos a derechos constitucionales (arts. 14 y siguientes de la Constitución), ¿cuántos podemos ejercer fácilmente? En la vida real: ¿podemos, sin permiso del gobierno, manifestarnos sin miedo a serias sanciones por cualquier cosa, simplemente por insultar a la policía? ¿Podemos educar libremente a nuestros hijos? (no nos engañemos: si los educa el estado, no hay libertad). Por ser fuente de desigualdades no injustas y que están fuera de su control, la familia molesta al estado; otro punto no cristiano ni humano. 

Esclavos, sin duda, no lo somos. Pero este país sugiere un gigantesco establecimiento con enormes espacios libres pero con vigilancia, controles ubicuos y mucho tittytainment. O bien comparable a la caverna de Platón, o a la gran simulación de Matrix. El genial Tocqueville acertó salvo respecto de la tecnología, que no podía prever. El tráfico es ejemplo de grandes espacios controlados: a veces uno puede recorrer decenas de kilómetros sin dejar de estar bajo control. En un futuro próximo, podríamos circular bajo control siempre.

Con todo, entre esclavitud y plena ciudadanía, hay grados; don Quijote era un hidalgo libérrimo pero no, en absoluto, un ciudadano. Ahora bien, las limitadas libertades que tenía eran reales; no eran proyecciones de caverna platónica. Su mente no conocía la servidumbre voluntaria. Y es que las libertades políticas, las del ciudadano, sin una base de libertades personales, serán carcasas medio vacías, adecuadas para “hombres huecos” (Eliot). O bien serán como ponerse joyas sin paños menores.

La escasez de ambas clases de libertades, personales y políticas, llega a resultar, a veces, incómoda para los católicos (y otros). Así fue durante la pandemia, pero también ocurre, a diario, en educación, familia y otras materias, culminando últimamente en el totalitario registro de médicos objetores de conciencia. Aparte de que la conciencia no es registrable, ¿es que para el gobierno no hay líneas rojas, ni siquiera a la puerta de las conciencias personales?

Si en nuestro actuar diario tuviéramos mucha libertad cotidiana o «micro», y poca libertad política o «macro», lo que predominaría estadísticamente en nuestro día sería la actuación libre, pues uno ejerce a diario muchas libertades concretas. Si diéramos la vuelta al guante, estadísticamente la regla sería la falta de libertad. La excepción sería la libertad, que se pondría en práctica sólo en ciertas ocasiones políticas, importantísimas pero no cotidianas, pues uno no elige presidente a diario. Hasta hace 30 o 40 años en las democracias anglosajonas clásicas había mucha libertad personal y mucha libertad política; ambas; se notaba nada más bajar del avión. Aquí, hoy, tenemos decrecientes libertades políticas pero crecientes libertades de naturaleza no política, concentradas en sexo, consumo o viajes; o sea, las que fomenta este estado-niñera-controlador. 

¿Podría ser que España haya perdido las libertades «micro» sin haber alcanzado nunca las «macro»? Las libertades reales y practicables ya no llegan a los mínimos básicos para no incomodar a un católico en España y parte de Occidente; ni aun bajando a la catacumba: hasta allí penetrarán las normas sobre gallinas, cañas de pesca de niños y otras; ni allí nos dejaría el estado en paz. Curiosamente, España tampoco cumple los mínimos básicos de una democracia liberal no sólo formal; cada día, menos. ¿Habrá llegado a ser un estado poco cómodo para los católicos, sin haber llegado nunca a democrático? ¿Y si la cruda realidad fuera que España nunca ha sido políticamente libre, ni lo es ahora, ni tal vez, por el camino que va, lo sea nunca? La Unión Europea desde la crisis del euro (2008) dejó abiertamente de buscar la libertad. España ya no da los mínimos previos del cristianismo porque los ha perseguido —persigue hasta las decoraciones navideñas—, pero tampoco los de una democracia liberal y constitucional, que nunca arraigaron aquí. Y lo que es peor, está puntuando más bajo en canciones, alegría y sentido del humor.