Si Dios no existe, ¿está todo permitido? Contra Dostoievski

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Alguien nos vendió que sin Dios habría más libertad y menos prohibiciones, cuando lo que hay es más estatismo y más sofocantes regulaciones.

Dostoievski fue un genio insuperable (algunos dicen que el mejor novelista de la historia); este firmante, un simple jurista. Pero incluso un simple jurista puede criticar a un genio. Mis dos críticas fundamentales a su famosa frase son: primera, su falta de fundamento; segunda, la falta de sentido común en la visión del hombre y de la sociedad. El planteamiento dostoievskiano en estos puntos no parece muy católico (él era muy anti-católico) pero tampoco muy cristiano en general; por ejemplo, no parece asumir que la gente lleve la ley natural impresa en sus corazones.

1. La famosa frase “si Dios no existe, todo está permitido” es de Rakitin y se la dice Mitia a su hermano menor, el inocente Aliosha [1]. Desde entonces, mucha gente la repite sin más.

Ahora bien, ¿qué relación hay entre la inexistencia de Dios y el aumento de libertad, que Dostoievski parece dar por descontado? ¿Entre la inexistencia de Dios y la ausencia de regulaciones y cárceles? Rakitin habla como si Dios fuera la única fuente de permisos y prohibiciones directos para el individuo, lo que está fuera de la realidad. Nótese que no dice que “si no hay Dios dejará de haber castigo divino”, sino “todo está permitido”, lo que implicaría la desaparición, también, de los castigos humanos. No puede entenderse que los frenos que desaparecerían serían sólo los morales, o sólo en conductas sin consecuencias sociales, porque en el libro se ponen los ejemplos del homicidio y la antropofagia. Por descontado, tampoco puede entenderse más sencillamente, como “si Dios no existe, no hay nada santo”, “no hay nada sagrado”, o algo semejante.

Dostoievski no parece considerar que quizá el vacío de Dios no fuera rellenado por la libertad sino por el poder, pues una nota esencial al estado moderno es su competencia universal (quizá ahora emigrando a la UE, pero ello no cambiaría el fondo). El poder estatal ha mostrado su expansividad infiltrándose en todo, últimamente hasta en lo personal, y llenando todo hueco, por ejemplo, en la educación, reemplazando a los padres.

Detengámonos en los sentidos qué puede tener esa famosa frase que tanta tinta ha hecho correr. Consideremos una primera posibilidad: un Dios creador y conservador del mundo (conservatio est continua creatio). Si cesa de existir su creador-conservador, el mundo desaparece inmediatamente. Pero es contrario al concepto de Dios el cesar de existir; ofendería menos a la lógica negar la existencia de Dios que admitirle una existencia pero sujeta a la posibilidad de cesar. Por tanto, desde este punto de vista la frase dostoievskiana no tiene sentido.

Segunda posibilidad: Un Dios creador pero no conservador, como el Dios de los deístas, como un relojero que crea el reloj, le da cuerda y se desentiende. Como Dios ya se desentendió del mundo una vez que lo creó,  ahora sería indiferente que dejara de existir: el mundo va de lui même, tiene el mismo sentido que tenía, incluidos el bien y el mal, y le queda cuerda para rato. Por tanto, desde esta visión tampoco la frase tiene sentido.

Tercera posibilidad: Dios nunca ha existido; el mundo, sí. Si eso es así desde el origen de los tiempos el mundo no puede ser caótico ni puede auto-destruirse; por el contrario, tiene que tener un sentido y una lógica, y por tanto unos comportamientos serán buenos y otros dañinos para ese mundo. En esta posibilidad, la frase continúa sin encontrar pleno sentido: si Rakitin acaba de descubrir hoy que no hay Dios, el mundo no deja de tener el mucho o poco orden que tuviera hasta hoy.

La frase se entiende con facilidad si Dios existe, pero un día unos hombres deciden negarlo. De ser así, lo importante no es tanto discutir la existencia de Dios sino el cambio de actitud del hombre. Consideradas en el fondo-fondo, esas palabras sugieren un giro subjetivista en el cual no importa tanto la demostrabilidad de lo que se dice [2] como los efectos para mí si de ahora en adelante decido que no hay Dios y puedo saltarme alegremente los obstáculos morales del anterior hombre-esclavo [3]. Fueran creyentes o no, Rakitin y Mitia no hablarían así si creyeran que res sunt (las cosas, son), si profesaran el sobrio realismo de “discuten los sabios si la tierra es plana o redonda; pero si es plana, todos los sabios del mundo no la harán redonda y si es redonda todos los sabios del mundo no la harán plana”. Ignoro si el realismo cognoscitivo excluye por completo el ateísmo pero, desde luego, en principio no apunta hacia ahí.

La inexistencia de Dios es extremadamente improbable, aun sin partir de ninguna fe. El universo es finito y perecedero; tiene límites; puede ser medido matemáticamente. La probabilidad estadística de que sea como es sin ningún diseño inteligente, es mínima. Y uno se pregunta: ¿Es conforme con el sentido común organizar la sociedad sobre hipótesis altamente improbables? En principio, se diría que no. Nadie ha visto nunca un mundo del que se sepa con seguridad que no ha sido creado. Cosa distinta es que uno decida vivir su vida como un ateo, bien porque sostiene que Dios no existe, como Rakitin, bien porque ni siquiera se lo plantea, como los ateos prácticos. Éstos, hasta ahora, suelen seguir viviendo de las fuentes morales de una cultura que siempre fue teísta. Ahora bien, ¿qué pasará cuando se sequen? A día de hoy, eso ya ha sucedido, y una vez secas esas fuentes no ha sobrevenido el caos ni la anarquía (el mundo no es caótico), sino que el poder ha segregado nuevos deberes y nuevas obligaciones, incluso duras, junto con un control cada día más sofocante. Suecia sería un caso de sociedad sin Dios (o lo que más se ha acercado) pero no sin una ética. El estado tiene mucho peso y la gente vive con muchas regulaciones y controles.

Aunque Mitia parezca estar descubriéndolo en aquel momento, la frase “si Dios no existe, todo está permitido” implicaría la tercera de las posibilidades: que Dios no ha existido nunca, pero el mundo, sí. La inexistencia de Dios es indemostrable; los indicios de su existencia son abrumadores; pero incluso en esa hipótesis, asumimos que el mundo no tendría sentido ni orden y que se podría hacer cualquier cosa sin castigos humanos ni malas consecuencias naturales, lo cual está fuera de la realidad. El hombre es mucho menos misericordioso que Dios; la naturaleza aún menos.

Sea ello como fuere, nuestra civilización es, quizá, la que más prescinde de Dios (“somos la primera sociedad que de manera masiva no practica ninguna religión”, dijo H. Marín [4]). Por tanto, si Rakitin estuviera en lo cierto, deberíamos estar en un paraíso de libertades, una alegre emancipación de todo lo que Dios nos impedía. O bien, por el contrario, un caos violento en el que cabría hasta la antropofagia [5]. Pero no estamos en lo uno ni en lo otro. El mundo actual, considerado como caso real de inexistencia social de Dios, iría contra la idea de Dostoievski porque nunca ha habido tantas regulaciones, controles y restricciones. Nuestro paisaje es ausencia de Dios, pero con un micrototalitarismo tecnológico y legal. (Para ser justos hay que recordar que a Dostoievski no le gustaría ni la tecnología ni el legalismo).

Pero pisemos tierra: ¿a quién estaría todo permitido? Mitia aclara a Aliosha que Rakitin se refiere al hombre astuto e inteligente. Malas noticias para los no particularmente astutos ni inteligentes, que somos la mayoría.

Realísticamente, el hombre medio sin Dios haría un número limitado de cosas malas, generalmente en sus pasiones ruines y pequeñas; el poderoso, muchas más. Rakitin dice a Mitia: yo podría matar impunemente, mientras que tú te pudres en la cárcel. Por tanto, ¿será todo lícito al débil, o más bien al poderoso? Sin freno legal —la ley la hace el poder— ¿qué impedirá al poderoso atropellar al débil? Sin freno jurídico-natural ni temor de Dios, los desarrolladores de IA podrían llegar a un control sobre el hombre nunca visto y a una desigualdad poco menor que entre especies, pues lo que queda del humanismo, ya sin Dios, es cada vez menos antropocéntrico. Rakitin, Mitia y Aliosha hablan como si el hombre fuera el centro de la sociedad, lo cual hoy ya no se cumple. Hoy se gobierna pensando en el cambio climático, el control de deuda y déficit o la inmigración; no pensando en «el hombre». En la UE y en muchos países se gobierna contra el pueblo. Y en un mundo que de facto ya no es igualitario ni antropocéntrico, la desaparición de Dios dejaría al poder, si acaso, más libre para oprimirnos. No corregiría los desequilibrios sociales; podría, incluso, exacerbarlos porque los Rakitines abusarían; él mismo no dice otra cosa. Por ejemplo, no habría dimensión social de la caridad cristiana, que generó tanta beneficencia. El rico y el poderoso, sin la moderación derivada de una visión social con transcendencia y sin esperar premio ni temer castigo, podrían ser monstruos —Hitler, Stalin—. Y cuánto más poder tengan, más medios tecnológicos y más territorio gobiernen, peor.

2. Hay otro importante fallo del gran escritor: asumir que la gente no lleva la ley natural impresa en sus corazones (san Pablo, epístola a los Romanos, 2. 14-16), que la sociedad no es buena ni ordenada de por si y que las actividades e instituciones temporales no tienen su legítima dosis de autonomía. Eso explicaría esos bandazos tan rusos de lo místico a lo brutal o al revés, como el starets Zósima. Dostoievski fue genial pero —de nuevo— su visión, en ese punto, no es la católica.

Jesucristo dice en varios lugares que los pecadores y los gentiles prestan dinero, saludan, ayudan a otros y aman a sus hijos. Hasta los escribas y fariseos tienen un cierto grado de justicia [6]. Jesús habla como Dios, pero, siendo hombre perfecto, tiene también un aplastante sentido común. Dostoievski, no; tiene una idea extraña y mala del hombre, entre endemoniado y místico, y de la sociedad, en la que no parece haber derecho natural ni sentido común. Dice Guardini que en Dostoievski todo es altura o profundidad, o Dios o el abismo, y añade que su planteamiento debe “realizarse en la zona media para poder probar su valía”; debe aterrizar en la esfera de lo posible y real [7]. La antropología básicamente católica puede verse —entre muchos— en Manzoni o en el gran Cervantes: hasta sus bandidos tienen una visión católica y providencialista, como Roque Guinart (que existió) o los personajes de Rinconete y Cortadillo. Está más cerca del catolicismo la ortodoxia que el protestantismo, pero la antropología de Jane Austen es más genéricamente católica que la de Dostoievski. Si éste estuviera en lo cierto, la actual desaparición de Dios de la esfera pública tendría que haber acarreado la desaparición de la distinción bien-mal, con lo que nos daría igual que nos engañasen o nos hicieran daño. O bien, que no desaparecieran el bien y el mal, pero sí el premio y el castigo, de forma que se podría hacer el mal tranquilamente, sin castigo divino. Pero de ahí no se sigue que desaparezca el castigo humano, y quizá más inmisericorde que el divino.

Si no hubiera ley natural ni sentido común bajaríamos de golpe de los decretos divinos a la miseria y maldad humana, sin zonas intermedias, orden social espontáneo, valor divino de lo humano ni legítima autonomía de lo temporal [8], que no se ve en Dostoievski por ningún lado. “Para Dios la ley no existe”, como decíamos; idea disparatada y sin fundamento. Como si el hombre, tras rechazar a Dios hoy, dejara mañana de distinguir la mano derecha de la izquierda y se negara a ayudar en las riadas de Valencia. Si yo me hiciera ateo mañana, ¿desaparecerían por ello inmediatamente el orden del mundo y la ley moral universal? ¿Se volvería falso el principio res sunt? La creación, hecha por Dios y muy bien hecha, como dice el Génesis (1,31), ¿dejaría de estar bien hecha? ¿Cesará mi conciencia de emitir juicios de bien y de mal?

Sin Derecho natural, los principios jurídicos que tenemos desde Roma no existirían, por no existir una idea de Derecho razonablemente autoconsistente que desarrollar. Una cosa es creer que el Derecho no necesita detrás más que una norma abstracta regulando las ulteriores normas (como en España después de 1978) y otra negarle su razonable autonomía. También de la sociedad tiene Dostoievski una idea poco favorable, como carente de una dinámica propia: “Tal vez la objeción más fuerte que se puede hacer al cuadro de la existencia humana de Dostoievski es que omite [la] zona intermedia […] La gente […] hace de todo menos una cosa: trabajar” [9]. Inevitable concluir que algo falla ahí. Ya Suárez y Belarmino sostenían la potestad sólo indirecta de la Iglesia en lo temporal. Reconocían, por tanto, más autonomía a lo temporal que los protestantes a lo espiritual, pues Arnisaeus y Hobbes defendían el ius in sacris directo del rey.

Actualmente no practicamos ninguna religión pero en realidad nunca, tampoco hoy, ha carecido establemente una sociedad de toda divinidad, o al menos de toda religiosidad sustitutoria [10] o al menos de una idolatría. ¿Es el nuestro un mundo sin Dios? Elementos de religión laica e idolillos varios, no le faltan, y con muchas obligaciones, mucha distinción bien-mal (los nuevos bienes y males) y mucho puritanismo e intolerancia. Por tanto, como hasta ahora no hay casos reales de sociedades totalmente sin Dios y sin religiosidad, sólo podemos especular, y eso, hacer teorías y más teorías, es un fallo que plaga muchas maneras de razonar. Abundan los ejemplos, como la hobbesiana guerra de todos contra todos llevando una vida “solitaria, pobre, repugnante, brutal y corta” [11]. La idea penetró y la repetimos sin pensarlo, pero Hobbes no puso ningún ejemplo real de una sociedad así que fuera mínimamente estable, porque no lo había. La definición académica, la frase redonda del escritor —“el hombre es lobo para el hombre”— y el concepto de libro acaban importando más que lo que vemos y tocamos, la realidad. Deberíamos evitar las teorías que nadie ha visto nunca —en este caso, un mundo sin Dios con una gran explosión de libertad y todo lícito, hasta la antropofagia— y discutir con realismo. Si hasta la antropofagia se volviera lícita, ¿qué libertad ganaría, por mucho que hubiese rechazado a Dios, el hombre que fuera a ser cocinado?

3. Al final, no hace falta imaginar situaciones alambicadas; la historia y la realidad ya nos informan de mucho. Decimos que, aunque tiene una buena dosis de religiosidad sustitutoria, seguramente nuestro mundo sea el más sin Dios. ¿Y cómo es nuestra realidad? No es una maximización de la libertad sino del control, incluso personal, incluso del pensamiento; un micrototalitarismo anestésico de estilo tocquevilleano.

Si desde el inicio de los tiempos hubiera sido Dios expulsado de la visión social, nadie habría venido nunca a decir al siervo que, como todo hombre es imagen de Dios, la dignidad humana es universal, porque no habría un Dios del cual pudiera uno ser imagen. Tampoco podría nadie imaginar que un día, con argumentos explícitamente cristianos, Wilberforce acabaría con el tráfico de esclavos (1805).

Estamos en una época de nihilismo, tanto general como jurídico, y no se ve que eso nos libere ni favorezca el pluralismo. La anomia no libera; al contrario, obliga a producir más leyes. Alguien nos vendió que sin Dios habría más libertad y menos prohibiciones, cuando lo que hay es más estatismo y más sofocantes regulaciones para todo: nunca hemos tenido más deberes, obligaciones, restricciones, multas e impuestos. Hoy, la regla es el la regulación y la sanción; la excepción es poder hacer lo que se desea; excepto en sexo, consumo o viajes.

¿Cuántos ejemplos reales pueden aducirse de sociedades que, tras rechazar toda divinidad, sean por ello más libres?

¿Puede descartarse que, al final, lo más literalmente liberal —esto es, lo más favorable a nuestra libertad— fuera admitir una divinidad por encima de todos los que mandan en el mundo?

En una rápida ojeada a nuestra experiencia histórica, ¿no ha sido, acaso, el hombre más duro con el hombre que Dios?

 

Nota: Este artículo es una ampliación de “Por qué Dostoievski no tenía razón” (Religión Confidencial, 18-II-2025).

Notas y bibliografía.

[1] Los Hermanos Karamazov, 11, IV. Citamos por libro y capítulo porque hay variaciones en las diversas traducciones a los principales idiomas e incluso dentro de las españolas.

[2] En el libro 11, cap. IV, se habla de algo objetivo, la química (no hay Dios ni alma, sino química), pero no se desarrolla.

[3] Lo dice el caballero a Iván Karamazov; Hermanos Karamazov, 11, IX.

[4] Intervención oral.

[5] Hermanos Karamazov, 11, IX. En el mismo lugar y los mismos interlocutores: Para Dios, la ley no existe.

[6] Evangelio de san Mateo, 5.20

[7] Romano Guardini, El universo religioso de Dostoievski, Madrid, Rialp, 2024, pág. 152.

[8] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 36.

[9] Guardini, Universo religioso…, pág. 152. En cambio, Santiago, Juan, Pedro, Andrés y Mateo trabajaban en sus respectivos oficios y allí los fue a llamar Jesús. El Nuevo Testamento menciona también los trabajos de Pablo, Aquila, Priscila, Lidia, Alejandro y tantos más.

[10] William Cavanaugh, Migraciones de lo sagrado, Granada, 2021. Lo sagrado sigue existiendo, pero emigrado al estado. Éste siempre tuvo una cierta dimensión religiosa, hoy exacerbada tanto por ofrecer mensajes de salvación personal como por pretender obligar el santuario de las conciencias de los ciudadanos.

[11] Tomás Hobbes, Leviatán, cap. XIII.

Si Dios no existe, ¿está todo permitido? Contra Dostoievski

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Alguien nos vendió que sin Dios habría más libertad y menos prohibiciones, cuando lo que hay es más estatismo y más sofocantes regulaciones.

Dostoievski fue un genio insuperable (algunos dicen que el mejor novelista de la historia); este firmante, un simple jurista. Pero incluso un simple jurista puede criticar a un genio. Mis dos críticas fundamentales a su famosa frase son: primera, su falta de fundamento; segunda, la falta de sentido común en la visión del hombre y de la sociedad. El planteamiento dostoievskiano en estos puntos no parece muy católico (él era muy anti-católico) pero tampoco muy cristiano en general; por ejemplo, no parece asumir que la gente lleve la ley natural impresa en sus corazones.

1. La famosa frase “si Dios no existe, todo está permitido” es de Rakitin y se la dice Mitia a su hermano menor, el inocente Aliosha [1]. Desde entonces, mucha gente la repite sin más.

Ahora bien, ¿qué relación hay entre la inexistencia de Dios y el aumento de libertad, que Dostoievski parece dar por descontado? ¿Entre la inexistencia de Dios y la ausencia de regulaciones y cárceles? Rakitin habla como si Dios fuera la única fuente de permisos y prohibiciones directos para el individuo, lo que está fuera de la realidad. Nótese que no dice que “si no hay Dios dejará de haber castigo divino”, sino “todo está permitido”, lo que implicaría la desaparición, también, de los castigos humanos. No puede entenderse que los frenos que desaparecerían serían sólo los morales, o sólo en conductas sin consecuencias sociales, porque en el libro se ponen los ejemplos del homicidio y la antropofagia. Por descontado, tampoco puede entenderse más sencillamente, como “si Dios no existe, no hay nada santo”, “no hay nada sagrado”, o algo semejante.

Dostoievski no parece considerar que quizá el vacío de Dios no fuera rellenado por la libertad sino por el poder, pues una nota esencial al estado moderno es su competencia universal (quizá ahora emigrando a la UE, pero ello no cambiaría el fondo). El poder estatal ha mostrado su expansividad infiltrándose en todo, últimamente hasta en lo personal, y llenando todo hueco, por ejemplo, en la educación, reemplazando a los padres.

Detengámonos en los sentidos qué puede tener esa famosa frase que tanta tinta ha hecho correr. Consideremos una primera posibilidad: un Dios creador y conservador del mundo (conservatio est continua creatio). Si cesa de existir su creador-conservador, el mundo desaparece inmediatamente. Pero es contrario al concepto de Dios el cesar de existir; ofendería menos a la lógica negar la existencia de Dios que admitirle una existencia pero sujeta a la posibilidad de cesar. Por tanto, desde este punto de vista la frase dostoievskiana no tiene sentido.

Segunda posibilidad: Un Dios creador pero no conservador, como el Dios de los deístas, como un relojero que crea el reloj, le da cuerda y se desentiende. Como Dios ya se desentendió del mundo una vez que lo creó,  ahora sería indiferente que dejara de existir: el mundo va de lui même, tiene el mismo sentido que tenía, incluidos el bien y el mal, y le queda cuerda para rato. Por tanto, desde esta visión tampoco la frase tiene sentido.

Tercera posibilidad: Dios nunca ha existido; el mundo, sí. Si eso es así desde el origen de los tiempos el mundo no puede ser caótico ni puede auto-destruirse; por el contrario, tiene que tener un sentido y una lógica, y por tanto unos comportamientos serán buenos y otros dañinos para ese mundo. En esta posibilidad, la frase continúa sin encontrar pleno sentido: si Rakitin acaba de descubrir hoy que no hay Dios, el mundo no deja de tener el mucho o poco orden que tuviera hasta hoy.

La frase se entiende con facilidad si Dios existe, pero un día unos hombres deciden negarlo. De ser así, lo importante no es tanto discutir la existencia de Dios sino el cambio de actitud del hombre. Consideradas en el fondo-fondo, esas palabras sugieren un giro subjetivista en el cual no importa tanto la demostrabilidad de lo que se dice [2] como los efectos para mí si de ahora en adelante decido que no hay Dios y puedo saltarme alegremente los obstáculos morales del anterior hombre-esclavo [3]. Fueran creyentes o no, Rakitin y Mitia no hablarían así si creyeran que res sunt (las cosas, son), si profesaran el sobrio realismo de “discuten los sabios si la tierra es plana o redonda; pero si es plana, todos los sabios del mundo no la harán redonda y si es redonda todos los sabios del mundo no la harán plana”. Ignoro si el realismo cognoscitivo excluye por completo el ateísmo pero, desde luego, en principio no apunta hacia ahí.

La inexistencia de Dios es extremadamente improbable, aun sin partir de ninguna fe. El universo es finito y perecedero; tiene límites; puede ser medido matemáticamente. La probabilidad estadística de que sea como es sin ningún diseño inteligente, es mínima. Y uno se pregunta: ¿Es conforme con el sentido común organizar la sociedad sobre hipótesis altamente improbables? En principio, se diría que no. Nadie ha visto nunca un mundo del que se sepa con seguridad que no ha sido creado. Cosa distinta es que uno decida vivir su vida como un ateo, bien porque sostiene que Dios no existe, como Rakitin, bien porque ni siquiera se lo plantea, como los ateos prácticos. Éstos, hasta ahora, suelen seguir viviendo de las fuentes morales de una cultura que siempre fue teísta. Ahora bien, ¿qué pasará cuando se sequen? A día de hoy, eso ya ha sucedido, y una vez secas esas fuentes no ha sobrevenido el caos ni la anarquía (el mundo no es caótico), sino que el poder ha segregado nuevos deberes y nuevas obligaciones, incluso duras, junto con un control cada día más sofocante. Suecia sería un caso de sociedad sin Dios (o lo que más se ha acercado) pero no sin una ética. El estado tiene mucho peso y la gente vive con muchas regulaciones y controles.

Aunque Mitia parezca estar descubriéndolo en aquel momento, la frase “si Dios no existe, todo está permitido” implicaría la tercera de las posibilidades: que Dios no ha existido nunca, pero el mundo, sí. La inexistencia de Dios es indemostrable; los indicios de su existencia son abrumadores; pero incluso en esa hipótesis, asumimos que el mundo no tendría sentido ni orden y que se podría hacer cualquier cosa sin castigos humanos ni malas consecuencias naturales, lo cual está fuera de la realidad. El hombre es mucho menos misericordioso que Dios; la naturaleza aún menos.

Sea ello como fuere, nuestra civilización es, quizá, la que más prescinde de Dios (“somos la primera sociedad que de manera masiva no practica ninguna religión”, dijo H. Marín [4]). Por tanto, si Rakitin estuviera en lo cierto, deberíamos estar en un paraíso de libertades, una alegre emancipación de todo lo que Dios nos impedía. O bien, por el contrario, un caos violento en el que cabría hasta la antropofagia [5]. Pero no estamos en lo uno ni en lo otro. El mundo actual, considerado como caso real de inexistencia social de Dios, iría contra la idea de Dostoievski porque nunca ha habido tantas regulaciones, controles y restricciones. Nuestro paisaje es ausencia de Dios, pero con un micrototalitarismo tecnológico y legal. (Para ser justos hay que recordar que a Dostoievski no le gustaría ni la tecnología ni el legalismo).

Pero pisemos tierra: ¿a quién estaría todo permitido? Mitia aclara a Aliosha que Rakitin se refiere al hombre astuto e inteligente. Malas noticias para los no particularmente astutos ni inteligentes, que somos la mayoría.

Realísticamente, el hombre medio sin Dios haría un número limitado de cosas malas, generalmente en sus pasiones ruines y pequeñas; el poderoso, muchas más. Rakitin dice a Mitia: yo podría matar impunemente, mientras que tú te pudres en la cárcel. Por tanto, ¿será todo lícito al débil, o más bien al poderoso? Sin freno legal —la ley la hace el poder— ¿qué impedirá al poderoso atropellar al débil? Sin freno jurídico-natural ni temor de Dios, los desarrolladores de IA podrían llegar a un control sobre el hombre nunca visto y a una desigualdad poco menor que entre especies, pues lo que queda del humanismo, ya sin Dios, es cada vez menos antropocéntrico. Rakitin, Mitia y Aliosha hablan como si el hombre fuera el centro de la sociedad, lo cual hoy ya no se cumple. Hoy se gobierna pensando en el cambio climático, el control de deuda y déficit o la inmigración; no pensando en «el hombre». En la UE y en muchos países se gobierna contra el pueblo. Y en un mundo que de facto ya no es igualitario ni antropocéntrico, la desaparición de Dios dejaría al poder, si acaso, más libre para oprimirnos. No corregiría los desequilibrios sociales; podría, incluso, exacerbarlos porque los Rakitines abusarían; él mismo no dice otra cosa. Por ejemplo, no habría dimensión social de la caridad cristiana, que generó tanta beneficencia. El rico y el poderoso, sin la moderación derivada de una visión social con transcendencia y sin esperar premio ni temer castigo, podrían ser monstruos —Hitler, Stalin—. Y cuánto más poder tengan, más medios tecnológicos y más territorio gobiernen, peor.

2. Hay otro importante fallo del gran escritor: asumir que la gente no lleva la ley natural impresa en sus corazones (san Pablo, epístola a los Romanos, 2. 14-16), que la sociedad no es buena ni ordenada de por si y que las actividades e instituciones temporales no tienen su legítima dosis de autonomía. Eso explicaría esos bandazos tan rusos de lo místico a lo brutal o al revés, como el starets Zósima. Dostoievski fue genial pero —de nuevo— su visión, en ese punto, no es la católica.

Jesucristo dice en varios lugares que los pecadores y los gentiles prestan dinero, saludan, ayudan a otros y aman a sus hijos. Hasta los escribas y fariseos tienen un cierto grado de justicia [6]. Jesús habla como Dios, pero, siendo hombre perfecto, tiene también un aplastante sentido común. Dostoievski, no; tiene una idea extraña y mala del hombre, entre endemoniado y místico, y de la sociedad, en la que no parece haber derecho natural ni sentido común. Dice Guardini que en Dostoievski todo es altura o profundidad, o Dios o el abismo, y añade que su planteamiento debe “realizarse en la zona media para poder probar su valía”; debe aterrizar en la esfera de lo posible y real [7]. La antropología básicamente católica puede verse —entre muchos— en Manzoni o en el gran Cervantes: hasta sus bandidos tienen una visión católica y providencialista, como Roque Guinart (que existió) o los personajes de Rinconete y Cortadillo. Está más cerca del catolicismo la ortodoxia que el protestantismo, pero la antropología de Jane Austen es más genéricamente católica que la de Dostoievski. Si éste estuviera en lo cierto, la actual desaparición de Dios de la esfera pública tendría que haber acarreado la desaparición de la distinción bien-mal, con lo que nos daría igual que nos engañasen o nos hicieran daño. O bien, que no desaparecieran el bien y el mal, pero sí el premio y el castigo, de forma que se podría hacer el mal tranquilamente, sin castigo divino. Pero de ahí no se sigue que desaparezca el castigo humano, y quizá más inmisericorde que el divino.

Si no hubiera ley natural ni sentido común bajaríamos de golpe de los decretos divinos a la miseria y maldad humana, sin zonas intermedias, orden social espontáneo, valor divino de lo humano ni legítima autonomía de lo temporal [8], que no se ve en Dostoievski por ningún lado. “Para Dios la ley no existe”, como decíamos; idea disparatada y sin fundamento. Como si el hombre, tras rechazar a Dios hoy, dejara mañana de distinguir la mano derecha de la izquierda y se negara a ayudar en las riadas de Valencia. Si yo me hiciera ateo mañana, ¿desaparecerían por ello inmediatamente el orden del mundo y la ley moral universal? ¿Se volvería falso el principio res sunt? La creación, hecha por Dios y muy bien hecha, como dice el Génesis (1,31), ¿dejaría de estar bien hecha? ¿Cesará mi conciencia de emitir juicios de bien y de mal?

Sin Derecho natural, los principios jurídicos que tenemos desde Roma no existirían, por no existir una idea de Derecho razonablemente autoconsistente que desarrollar. Una cosa es creer que el Derecho no necesita detrás más que una norma abstracta regulando las ulteriores normas (como en España después de 1978) y otra negarle su razonable autonomía. También de la sociedad tiene Dostoievski una idea poco favorable, como carente de una dinámica propia: “Tal vez la objeción más fuerte que se puede hacer al cuadro de la existencia humana de Dostoievski es que omite [la] zona intermedia […] La gente […] hace de todo menos una cosa: trabajar” [9]. Inevitable concluir que algo falla ahí. Ya Suárez y Belarmino sostenían la potestad sólo indirecta de la Iglesia en lo temporal. Reconocían, por tanto, más autonomía a lo temporal que los protestantes a lo espiritual, pues Arnisaeus y Hobbes defendían el ius in sacris directo del rey.

Actualmente no practicamos ninguna religión pero en realidad nunca, tampoco hoy, ha carecido establemente una sociedad de toda divinidad, o al menos de toda religiosidad sustitutoria [10] o al menos de una idolatría. ¿Es el nuestro un mundo sin Dios? Elementos de religión laica e idolillos varios, no le faltan, y con muchas obligaciones, mucha distinción bien-mal (los nuevos bienes y males) y mucho puritanismo e intolerancia. Por tanto, como hasta ahora no hay casos reales de sociedades totalmente sin Dios y sin religiosidad, sólo podemos especular, y eso, hacer teorías y más teorías, es un fallo que plaga muchas maneras de razonar. Abundan los ejemplos, como la hobbesiana guerra de todos contra todos llevando una vida “solitaria, pobre, repugnante, brutal y corta” [11]. La idea penetró y la repetimos sin pensarlo, pero Hobbes no puso ningún ejemplo real de una sociedad así que fuera mínimamente estable, porque no lo había. La definición académica, la frase redonda del escritor —“el hombre es lobo para el hombre”— y el concepto de libro acaban importando más que lo que vemos y tocamos, la realidad. Deberíamos evitar las teorías que nadie ha visto nunca —en este caso, un mundo sin Dios con una gran explosión de libertad y todo lícito, hasta la antropofagia— y discutir con realismo. Si hasta la antropofagia se volviera lícita, ¿qué libertad ganaría, por mucho que hubiese rechazado a Dios, el hombre que fuera a ser cocinado?

3. Al final, no hace falta imaginar situaciones alambicadas; la historia y la realidad ya nos informan de mucho. Decimos que, aunque tiene una buena dosis de religiosidad sustitutoria, seguramente nuestro mundo sea el más sin Dios. ¿Y cómo es nuestra realidad? No es una maximización de la libertad sino del control, incluso personal, incluso del pensamiento; un micrototalitarismo anestésico de estilo tocquevilleano.

Si desde el inicio de los tiempos hubiera sido Dios expulsado de la visión social, nadie habría venido nunca a decir al siervo que, como todo hombre es imagen de Dios, la dignidad humana es universal, porque no habría un Dios del cual pudiera uno ser imagen. Tampoco podría nadie imaginar que un día, con argumentos explícitamente cristianos, Wilberforce acabaría con el tráfico de esclavos (1805).

Estamos en una época de nihilismo, tanto general como jurídico, y no se ve que eso nos libere ni favorezca el pluralismo. La anomia no libera; al contrario, obliga a producir más leyes. Alguien nos vendió que sin Dios habría más libertad y menos prohibiciones, cuando lo que hay es más estatismo y más sofocantes regulaciones para todo: nunca hemos tenido más deberes, obligaciones, restricciones, multas e impuestos. Hoy, la regla es el la regulación y la sanción; la excepción es poder hacer lo que se desea; excepto en sexo, consumo o viajes.

¿Cuántos ejemplos reales pueden aducirse de sociedades que, tras rechazar toda divinidad, sean por ello más libres?

¿Puede descartarse que, al final, lo más literalmente liberal —esto es, lo más favorable a nuestra libertad— fuera admitir una divinidad por encima de todos los que mandan en el mundo?

En una rápida ojeada a nuestra experiencia histórica, ¿no ha sido, acaso, el hombre más duro con el hombre que Dios?

 

Nota: Este artículo es una ampliación de “Por qué Dostoievski no tenía razón” (Religión Confidencial, 18-II-2025).

Notas y bibliografía.

[1] Los Hermanos Karamazov, 11, IV. Citamos por libro y capítulo porque hay variaciones en las diversas traducciones a los principales idiomas e incluso dentro de las españolas.

[2] En el libro 11, cap. IV, se habla de algo objetivo, la química (no hay Dios ni alma, sino química), pero no se desarrolla.

[3] Lo dice el caballero a Iván Karamazov; Hermanos Karamazov, 11, IX.

[4] Intervención oral.

[5] Hermanos Karamazov, 11, IX. En el mismo lugar y los mismos interlocutores: Para Dios, la ley no existe.

[6] Evangelio de san Mateo, 5.20

[7] Romano Guardini, El universo religioso de Dostoievski, Madrid, Rialp, 2024, pág. 152.

[8] Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 36.

[9] Guardini, Universo religioso…, pág. 152. En cambio, Santiago, Juan, Pedro, Andrés y Mateo trabajaban en sus respectivos oficios y allí los fue a llamar Jesús. El Nuevo Testamento menciona también los trabajos de Pablo, Aquila, Priscila, Lidia, Alejandro y tantos más.

[10] William Cavanaugh, Migraciones de lo sagrado, Granada, 2021. Lo sagrado sigue existiendo, pero emigrado al estado. Éste siempre tuvo una cierta dimensión religiosa, hoy exacerbada tanto por ofrecer mensajes de salvación personal como por pretender obligar el santuario de las conciencias de los ciudadanos.

[11] Tomás Hobbes, Leviatán, cap. XIII.