3i/ATLAS: La teología cristiana y los posibles extraterrestres

Image
El hallazgo del objeto interestelar 3i/ATLAS reabre la reflexión teológica sobre cómo la fe cristiana podría interpretar la existencia de civilizaciones inteligentes más allá de la Tierra.

Desde que en julio de este año 2025 se descubriera oficialmente el  objeto interestelar 3i/ATLAS, llamado así por ser el “3”, de tercer objeto de este tipo hasta ahora descubierto y categorizado oficialmente por la ciencia  moderna, “i” de interestelar, y “ATLAS” porque lo descubrió el telescopio  ATLAS de Chile, las especulaciones sobre el mismo no han parado de inundar la prensa y sobre todo el mundo de internet. 

Parte del porqué de tamaño revuelo se explica por las acciones de un  científico de reconocida fama mundial, Abraham Loeb, más conocido como Avi Loeb. Este saltó a la palestra de la atención mediática mundial a partir del año 2017 cuando Robert Weryk descubrió a 1i/Oumuamua, el primer objeto interestelar detectado y categorizado oficialmente por la ciencia moderna, desde el telescopio Pan-STARRS de Hawái. Loeb creyó entonces haber encontrado una serie de anomalías en dicho objeto interestelar, siendo la más llamativa de todas ellas el hecho de que supuestamente el objeto aceleró su velocidad sin explicación aparente, lo cual, para Loeb, habría sido  un signo evidente de un origen artificial del objeto. Esto lo explicó él mismo en el libro que más tarde publicó, en el año 2021, titulado en su versión en español como Extraterrestre: La humanidad ante el primer signo de vida  inteligente más allá de la Tierra (una traducción literal del inglés). A partir de entonces, Loeb ha enfocado toda su carrera a tratar de descubrir lo que él mismo denomina como “arqueología espacial extraterrestre”. Para ello fundó en el año 2021 el Galileo Project. Su enfoque es interesante, cree que lo más  probable es que, si existen o han existido civilizaciones extraterrestres avanzadas “relativamente cerca” (en cifras astronómicas) de nosotros, sería más fácil encontrarse con sus sondas o robots o restos tecnológicos que con ellos mismos en primer lugar. Ahora bien, cuando en julio apareció 3i/ATLAS, Loeb no ha dejado de señalar posibles anomalías en el objeto, avivando de nuevo la posibilidad de su naturaleza artificial. 

Ahora bien, yo ahora no voy a entrar en discusiones de física o  astronomía, que exceden con creces mi campo. Es cierto que estoy de  acuerdo con el Sr Loeb en que debemos de tener la mente abierta y en entender que lo que él propone no me parece ni mucho menos imposible. Incluso me parece un enfoque, por qué no decirlo, muy interesante y desafiante. Pero, desde mi campo de estudio propio, me propongo aquí reflexionar brevemente acerca de qué opciones contemplaría la teología cristiana actualmente para entenderse la fe a sí misma si mañana, por decir algo, y como ejemplo hipotético, 3i/ATLAS cambiase súper-repentinamente de ruta, se dirigiera a la Tierra, “amarrase” en nuestra órbita, y “desembarcase” una “delegación diplomática” de una civilización  extraterrestre avanzada. 

1) Lo primero que hemos de decir es que, a día de hoy, estrictamente hablando, debemos de ser muy prudentes con este tema. Sí, es cierto, uno de  los argumentos más comunes que se usan para justificar la posibilidad de  vida inteligente extraterrestre es la inmensidad del cosmos: miles de millones  de estrellas y planetas, ¿cómo es posible que esté todo vacío salvo nosotros? Es verdad, yo también lo digo, no parece lógico. Sin embargo, no hemos creado nosotros esta realidad, y no sabemos si lo que nuestra mente humana entienda como lógico debe de ser así real y necesariamente. También durante siglos parecía ciertamente lógico pensar que la Tierra fuera plana, pues en  nuestra experiencia cotidiana diaria así lo parece, pero no es así. Por tanto, mientras no encontremos inequívocamente esa posible civilización  extraterrestre, no es absolutamente descartable técnicamente hablando que  seamos las únicas criaturas encarnadas inteligentes. Y digo encarnadas, porque según nuestra tradición de hecho no somos las únicas criaturas  inteligentes, estarían también los seres denominados angélicos. 

2) Lo que nos importa para la teología cristiana es el caso posible de,  como decíamos, criaturas encarnadas extraterrestres inteligentes o civilizatorias, porque está también la posibilidad de que exista vida  extraterrestre material, pero no inteligente o civilizatoria, y esa posibilidad  no parecería afectar, al menos a priori, cuestiones centrales de la teología  como la Encarnación y la Redención. 

3) En el caso de que nos encontrásemos con una posible civilización encarnada extraterrestre, la primera posible solución que la teología ha  barajado sería la de que aquellos no tuvieran relación necesaria con la obra de la Redención de Dios en Cristo, y esto con dos variantes, bien porque no  hubieran sucumbido al pecado y vivieran ya en plena comunión con Dios en vida mortal, posibilidad planteada por C. S. Lewis en su trilogía de novelas denominada Trilogía Cósmica, o bien porque, como apuntó ya Bernard de  Fontenelle entre los siglos XVII y XVIII, al no ser humanos se relacionasen con Dios a su modo de otra forma totalmente diferente. Sin embargo, y aquí doy mi propia opinión teológica, esta opción no parece teológicamente convincente porque entiende la obra de Dios en Cristo únicamente como reacción frente al pecado, y no entiende dicha obra de Dios en Cristo en su  aspecto de theosis, “divinización”, como decía la patrística, elevación de la criatura a la comunión sobrenatural de amor con Dios, y no parece teológicamente correcto que nuestro Buen Dios crease criaturas encarnadas  inteligentes destinadas a la nada [1].

4) Otra posible solución sería que esas posibles civilizaciones extraterrestres sí hubieran estado incluidas en la obra de la Redención de Dios en Cristo, aunque de forma misteriosa. Esta opción incluso abriría la posibilidad de que tuviéramos que llegar a mandarles eventualmente misioneros para predicarles el Evangelio… Sin embargo, esta opción, si tenemos en cuenta las inmensas, casi infinitas, distancias cósmicas, tanto en  el tiempo como en el espacio, y nuestras inmensas limitaciones físicas como criaturas humanas, tampoco parece muy lógica, pues ello implicaría que  probablemente habrían existido civilizaciones enteras quizás de miles de años de historia, criaturas también amadas por Dios, y que jamás hubieran llegado a tener noticia de su salvación, al menos en esta vida… [2]

5) Por último, cabría la posibilidad de que la obra de Redención de Dios en Cristo sí incluyera a dichas posibles civilizaciones (de existir las mismas), y además se hubiera hecho presente en sus historias particulares. Respecto de esta opción también hay dos posibles variantes: entender que Dios se hubiera Encarnado en cada forma de vida inteligente y libre planetaria, lo cual algunos han criticado porque parecería implicar “muchas encarnaciones” cuando la tradición cristiana habla de un único evento posible [3], o entender que, precisamente, y como variante “depurada” de dicha idea, y entendiendo que nuestras categorías espacio-temporales físicas son excesivamente reducidas al hablar respecto de Dios, la Encarnación sería desde la Eternidad un evento único, pero no respecto de una especie sino quizás respecto de toda posible criatura capaz de recibirla, más allá del espacio y del tiempo.


1. Cf. D. Haarsma, «What would life beyond Earth mean for Christians?», en BioLogos (31/07/2019)  [https://biologos.org/articles/what-would-life-beyond-earth-mean-for-christians].

2. Cf. Íbidem

3. Cf. Íbidem.

3i/ATLAS: La teología cristiana y los posibles extraterrestres

Image
El hallazgo del objeto interestelar 3i/ATLAS reabre la reflexión teológica sobre cómo la fe cristiana podría interpretar la existencia de civilizaciones inteligentes más allá de la Tierra.

Desde que en julio de este año 2025 se descubriera oficialmente el  objeto interestelar 3i/ATLAS, llamado así por ser el “3”, de tercer objeto de este tipo hasta ahora descubierto y categorizado oficialmente por la ciencia  moderna, “i” de interestelar, y “ATLAS” porque lo descubrió el telescopio  ATLAS de Chile, las especulaciones sobre el mismo no han parado de inundar la prensa y sobre todo el mundo de internet. 

Parte del porqué de tamaño revuelo se explica por las acciones de un  científico de reconocida fama mundial, Abraham Loeb, más conocido como Avi Loeb. Este saltó a la palestra de la atención mediática mundial a partir del año 2017 cuando Robert Weryk descubrió a 1i/Oumuamua, el primer objeto interestelar detectado y categorizado oficialmente por la ciencia moderna, desde el telescopio Pan-STARRS de Hawái. Loeb creyó entonces haber encontrado una serie de anomalías en dicho objeto interestelar, siendo la más llamativa de todas ellas el hecho de que supuestamente el objeto aceleró su velocidad sin explicación aparente, lo cual, para Loeb, habría sido  un signo evidente de un origen artificial del objeto. Esto lo explicó él mismo en el libro que más tarde publicó, en el año 2021, titulado en su versión en español como Extraterrestre: La humanidad ante el primer signo de vida  inteligente más allá de la Tierra (una traducción literal del inglés). A partir de entonces, Loeb ha enfocado toda su carrera a tratar de descubrir lo que él mismo denomina como “arqueología espacial extraterrestre”. Para ello fundó en el año 2021 el Galileo Project. Su enfoque es interesante, cree que lo más  probable es que, si existen o han existido civilizaciones extraterrestres avanzadas “relativamente cerca” (en cifras astronómicas) de nosotros, sería más fácil encontrarse con sus sondas o robots o restos tecnológicos que con ellos mismos en primer lugar. Ahora bien, cuando en julio apareció 3i/ATLAS, Loeb no ha dejado de señalar posibles anomalías en el objeto, avivando de nuevo la posibilidad de su naturaleza artificial. 

Ahora bien, yo ahora no voy a entrar en discusiones de física o  astronomía, que exceden con creces mi campo. Es cierto que estoy de  acuerdo con el Sr Loeb en que debemos de tener la mente abierta y en entender que lo que él propone no me parece ni mucho menos imposible. Incluso me parece un enfoque, por qué no decirlo, muy interesante y desafiante. Pero, desde mi campo de estudio propio, me propongo aquí reflexionar brevemente acerca de qué opciones contemplaría la teología cristiana actualmente para entenderse la fe a sí misma si mañana, por decir algo, y como ejemplo hipotético, 3i/ATLAS cambiase súper-repentinamente de ruta, se dirigiera a la Tierra, “amarrase” en nuestra órbita, y “desembarcase” una “delegación diplomática” de una civilización  extraterrestre avanzada. 

1) Lo primero que hemos de decir es que, a día de hoy, estrictamente hablando, debemos de ser muy prudentes con este tema. Sí, es cierto, uno de  los argumentos más comunes que se usan para justificar la posibilidad de  vida inteligente extraterrestre es la inmensidad del cosmos: miles de millones  de estrellas y planetas, ¿cómo es posible que esté todo vacío salvo nosotros? Es verdad, yo también lo digo, no parece lógico. Sin embargo, no hemos creado nosotros esta realidad, y no sabemos si lo que nuestra mente humana entienda como lógico debe de ser así real y necesariamente. También durante siglos parecía ciertamente lógico pensar que la Tierra fuera plana, pues en  nuestra experiencia cotidiana diaria así lo parece, pero no es así. Por tanto, mientras no encontremos inequívocamente esa posible civilización  extraterrestre, no es absolutamente descartable técnicamente hablando que  seamos las únicas criaturas encarnadas inteligentes. Y digo encarnadas, porque según nuestra tradición de hecho no somos las únicas criaturas  inteligentes, estarían también los seres denominados angélicos. 

2) Lo que nos importa para la teología cristiana es el caso posible de,  como decíamos, criaturas encarnadas extraterrestres inteligentes o civilizatorias, porque está también la posibilidad de que exista vida  extraterrestre material, pero no inteligente o civilizatoria, y esa posibilidad  no parecería afectar, al menos a priori, cuestiones centrales de la teología  como la Encarnación y la Redención. 

3) En el caso de que nos encontrásemos con una posible civilización encarnada extraterrestre, la primera posible solución que la teología ha  barajado sería la de que aquellos no tuvieran relación necesaria con la obra de la Redención de Dios en Cristo, y esto con dos variantes, bien porque no  hubieran sucumbido al pecado y vivieran ya en plena comunión con Dios en vida mortal, posibilidad planteada por C. S. Lewis en su trilogía de novelas denominada Trilogía Cósmica, o bien porque, como apuntó ya Bernard de  Fontenelle entre los siglos XVII y XVIII, al no ser humanos se relacionasen con Dios a su modo de otra forma totalmente diferente. Sin embargo, y aquí doy mi propia opinión teológica, esta opción no parece teológicamente convincente porque entiende la obra de Dios en Cristo únicamente como reacción frente al pecado, y no entiende dicha obra de Dios en Cristo en su  aspecto de theosis, “divinización”, como decía la patrística, elevación de la criatura a la comunión sobrenatural de amor con Dios, y no parece teológicamente correcto que nuestro Buen Dios crease criaturas encarnadas  inteligentes destinadas a la nada [1].

4) Otra posible solución sería que esas posibles civilizaciones extraterrestres sí hubieran estado incluidas en la obra de la Redención de Dios en Cristo, aunque de forma misteriosa. Esta opción incluso abriría la posibilidad de que tuviéramos que llegar a mandarles eventualmente misioneros para predicarles el Evangelio… Sin embargo, esta opción, si tenemos en cuenta las inmensas, casi infinitas, distancias cósmicas, tanto en  el tiempo como en el espacio, y nuestras inmensas limitaciones físicas como criaturas humanas, tampoco parece muy lógica, pues ello implicaría que  probablemente habrían existido civilizaciones enteras quizás de miles de años de historia, criaturas también amadas por Dios, y que jamás hubieran llegado a tener noticia de su salvación, al menos en esta vida… [2]

5) Por último, cabría la posibilidad de que la obra de Redención de Dios en Cristo sí incluyera a dichas posibles civilizaciones (de existir las mismas), y además se hubiera hecho presente en sus historias particulares. Respecto de esta opción también hay dos posibles variantes: entender que Dios se hubiera Encarnado en cada forma de vida inteligente y libre planetaria, lo cual algunos han criticado porque parecería implicar “muchas encarnaciones” cuando la tradición cristiana habla de un único evento posible [3], o entender que, precisamente, y como variante “depurada” de dicha idea, y entendiendo que nuestras categorías espacio-temporales físicas son excesivamente reducidas al hablar respecto de Dios, la Encarnación sería desde la Eternidad un evento único, pero no respecto de una especie sino quizás respecto de toda posible criatura capaz de recibirla, más allá del espacio y del tiempo.


1. Cf. D. Haarsma, «What would life beyond Earth mean for Christians?», en BioLogos (31/07/2019)  [https://biologos.org/articles/what-would-life-beyond-earth-mean-for-christians].

2. Cf. Íbidem

3. Cf. Íbidem.