El funcionamiento equilibrado de cualquier sistema económico moderno depende de una interacción sostenida entre tres pilares interdependientes: el Estado, el Mercado y la Sociedad. Autores como Amitai Etzioni (2001), Gøsta Esping-Andersen (2002) o Robert Putnam (2000) señalan que la economía no opera en el vacío, sino que se apoya en esta tríada institucional. El pilar Sociedad, concebido ampliamente como el entramado de vínculos sociales que se desarrollan fuera del control directo del Estado o del Mercado —abarcando la familia, la comunidad y la sociedad civil organizada (o tercer sector)—, se erige como un componente sistémico esencial. Estas formas relacionales, frecuentemente informales, cumplen funciones insustituibles para la reproducción del bienestar, la transmisión de normas y la acción colectiva.
El Estado, el Mercado y la Sociedad mantienen entre sí una relación de interdependencia. Cuando uno de estos pilares se debilita, los otros dos se ven forzados a compensar sus disfunciones. Esta lógica es particularmente visible en las últimas décadas en numerosos países occidentales, donde se ha consolidado una fractura estructural en el pilar Sociedad. Tal proceso se relaciona estrechamente con la pérdida de capital social, ampliamente descrita por Putnam en Bowling Alone (2000), donde documenta el declive de la interacción cívica y de la confianza interpersonal en la sociedad norteamericana desde mediados del siglo XX. Entre los factores que contribuyen a esta erosión, Putnam identifica el cambio en los estilos de vida, la transformación de la institución familiar, la secularización, la expansión de las tecnologías de la información —primero la televisión, luego Internet— y el ascenso del individualismo.
Esta fractura en el pilar Sociedad puede explicarse, como se ha señalado, a través del concepto de capital social, tanto en su dimensión estructural (redes de relaciones interpersonales y formas organizativas) como en su dimensión cognitiva (confianza, normas y valores compartidos, prosocialidad y sentido de pertenencia) (Pena-López y Membiela-Pollán, 2024). No se trata de una mera evolución adaptativa sin consecuencias: la Sociedad —con la familia como unidad básica— desempeña funciones socioeconómicas esenciales que no pueden ser asumidas eficientemente ni por el Mercado ni por el Estado. Tal como subraya Esping-Andersen (2002), el bienestar no puede ser garantizado exclusivamente desde las instituciones formales; la “familia sólida” y las redes comunitarias actúan como importantes amortiguadores sociales, especialmente en contextos de crisis o precarización.
Las funciones socioeconómicas desarrolladas por las estructuras sociales dan sentido a la llamada “economía no monetaria” (Membiela-Pollán, 2016), basada en la reciprocidad y en el carácter gratuito de muchas prácticas expresivas e instrumentales. Aquí se incluyen el soporte emocional y material, la acción colectiva, la transmisión de vínculos, la reproducción demográfica —clave para el dinamismo económico y la sostenibilidad de los servicios públicos y del sistema de protección social—, la movilidad social, el control normativo informal, así como efectos significativos sobre la confianza generalizada, el civismo, la salud y el capital humano. Un ejemplo ilustrativo lo ofrece Elinor Ostrom (1990), en su estudio sobre la gobernanza de los bienes comunes, donde demuestra cómo las comunidades locales pueden organizarse eficazmente para gestionar recursos y resolver problemas colectivos sin depender por completo del Estado o del Mercado. Todos estos procesos, según la teoría del capital social, son indispensables para el funcionamiento equilibrado del sistema económico.
Cuando el pilar Sociedad se deteriora, el Estado y/o el Mercado se ven obligados a intervenir en esferas que originalmente solo les correspondían de forma subsidiaria. Esto afecta negativamente tanto a la eficiencia en la asignación de recursos como a la sostenibilidad fiscal, incrementando el gasto público, la presión tributaria o la deuda estructural a largo plazo (Membiela-Pollán, 2016). Además, como advierte Francis Fukuyama (1999), dicha intervención puede tener un efecto deshabilitador, pues la sociedad y la sociedad civil, al verse sustituidas en sus funciones, pierden capacidades autónomas de organización y resolución colectiva. Este fenómeno coincide con lo descrito por Jürgen Habermas (1987 [1981]) como la “colonización del mundo de la vida”, en referencia al desplazamiento de las formas comunicativas y solidarias por lógicas instrumentales propias del sistema económico y político.
Todo ello pone de relieve la necesidad de incorporar una perspectiva normativa en el análisis económico. La economía no puede concebirse exclusivamente como una ciencia positiva: está al servicio de lo social y depende, en última instancia, de “lo social” como insumo fundamental. Cabe señalar —sin profundizar en ello en este artículo— que incluso la operativa del Mercado y del Estado se ve condicionada por componentes sociomorales. En definitiva, la salud del capital social —y del pilar Sociedad— constituye una condición sine qua non para el funcionamiento estable y equilibrado del sistema económico, en su constante interdependencia con el Mercado y el Estado.
Referencias
Esping-Andersen, G. (2002). Why we need a new welfare state. Oxford University Press.
Etzioni, A. (2001). La tercera vía hacia una buena sociedad: Propuestas desde el comunitarismo. Editorial Trotta.
Fukuyama, F. (1999). Social capital and civil society. The Institute of Public Policy, George Mason University.
Habermas, J. (1987 [1981]). Teoría de la acción comunicativa. Taurus.
Membiela-Pollán, M. (2016). La teoría del capital social. Editorial Camiño do Faro.
Ostrom, E. (1990). Governing the commons: The evolution of institutions for collective action. Cambridge University Press.
Pena-López, A., & Membiela-Pollán, M. (2024). Economics of social relations: Critical perspectives on social capital. Taylor & Francis.
Putnam, R. D. (2000). Bowling alone: The collapse and revival of American community. Simon & Schuster.





