La realmente original “meditación” de John Main OSB

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El benedictino John Main propuso una forma de oración sencilla y profunda, centrada en el silencio y la entrega total, como camino de unión amorosa con Dios.

En nuestro artículo anterior comparábamos, estableciendo sus límites y sus diferencias, que provienen de su sentido e intencionalidad diferentes, la forma de oración de Francisco de Osuna, denominada por él mismo “recogimiento”, y la meditación budista zen.

En este nuevo artículo pretendemos continuar la temática desde las más recientes investigaciones. A partir del siglo XX y la globalización de masas, donde enormes masas de población se desplazaron de un sitio para otro buscando nuevas oportunidades, y en todos los sentidos posibles (europeos que fueron a América del Norte o del Sur, asiáticos que fueron a América y a Europa, europeos que fueron a África y africanos que fueron a Europa, etc.), y donde la técnica y la producción industrial favorecieron, junto con la informática e internet, que la cultura de todas partes se difundiera asimismo por todas partes, era lógico simplemente que a nivel religioso/espiritual estos movimientos también se produjeran. Así, el yoga y la meditación budista se popularizaron en Occidente, es cierto, pero también el cristianismo, por ejemplo, creció de forma inusitada en países como Corea del Sur, donde hoy en día según algunos estudios ya hay más cristianos de cualquier denominación que budistas. Y esto es solamente un ejemplo a vuelapluma. Prácticas y conceptos diversos se han movido también. Y, de nuevo, desde nuestro punto de vista occidental solemos ver con facilidad cómo ideas de otras latitudes han llegado a nuestras calles, y es verdad, pero no tanto que nuestras ideas también han llegado a las calles de otros. Ejemplo rápido de ello, Keshab Chandra Sen (1838-1884), indio o bharatí (según la nueva autodenominación de India), católico converso, quien buscaba similitudes en los escritos hindúes con la idea trinitaria católica de Dios[1]. También el método científico y la técnica y la industria occidentales llegaron a Asia. Pero es cierto también que, sobre todo en las últimas décadas, muchos autores católicos se han acercado al mundo religioso oriental, adoptando en mayor o menor medida prácticas de meditación orientales. Pero vamos a hablar de uno muy particular, a quien llevo años estudiando.

Douglas William Victor Main (1926-1982), irlandés de familia y por sentimiento, aunque técnicamente nacido en Londres, como muchos otros emigrantes, fue muchas cosas en su vida en las que no se reconocía ni él mismo. Fue soldado durante la II Guerra Mundial, entre los radioperadores, pero detestaba la violencia. Estuvo en el cuerpo diplomático británico en Malasia, como traductor, pero era antiimperialista. Llegó a ser profesor de Derecho en la Universidad Trinity College de Dublín, y, de hecho, era un académico y un intelectual, pero nunca se tuvo por tal. Considero que posiblemente era un maestro de espiritualidad, pero tampoco se tenía por ello. En Malasia conoció a un monje hindú, Swami Satyananda, quien le enseñó la meditación hindú como recitación constante de un mantra, pero nunca dejó de ser cristiano católico, ni se cambió el nombre, ni la forma de vestir, ni volvió nunca más a Malasia o a la India, aunque sí le guardase un profundo respeto y una memoria agradecida.

Inclasificable, caótico en sus escritos, que por lo demás no son sino transcripciones en su inmensa mayoría de charlas dadas de viva voz, conocer realmente el pensamiento y la postura de John Main (este fue el nombre que eligió como monje benedictino), no es algo sencillo, y no es, por tanto, una lectura fácil de digerir.

Andando el tiempo, y tras años como monje benedictino en Ealing, Inglaterra, fue destinado a Estados Unidos como monje. Allí, releyendo los escritos de los Padres del Desierto, los primeros monjes cristianos, en Juan Casiano, y no sólo, creyó ver una práctica análoga a la que él mismo había aprendido de aquel Swami Satyananda en Malasia, la repetición de una fórmula, constantemente[2]. Hasta ese momento no había continuado rezando de ese modo, pero volvió a ello con fervor. Si vamos a la práctica en sí, son análogos, es verdad, es repetir una fórmula o frase sagrada (que es lo que la palabra sánscrita mantra significa, “palabra sagrada”); y, si vamos a la intencionalidad, en realidad, tampoco parecen tan lejanas, aunque siendo honestos tampoco son exactamente idénticas o iguales. Juan Casiano aprende de un monje mayor que él en Egipto, según narra la crónica, a repetir constantemente una fórmula, para “retener el recuerdo continuo de Dios”, parafraseando[3]. La parte hindú, en todo caso, lo haría para “dejar el ego”, ilusorio, atrás, y así quizás abrirse a Brahman.

Sin embargo, he titulado a este artículo “la realmente original” meditación de John Main porque él mismo, en realidad, si estudiamos toda su obra, tampoco se quedó simplemente con aquella interpretación y ya está, aunque, una vez más, quizás ni él mismo hubiera reconocido esto.

Para mí un texto clave se halla en el capítulo titulado The Accuray of Sacrifice, en el volumen Moment of Christ, cuyo Foreword por cierto fue lo último que John Main escribió en vida. Ahí, así, entre sus textos más maduros, John Main describe cómo su intencionalidad al ir a “meditar” (él llamó a lo que hacía “meditación cristiana”), esto es, al ir a pasar media hora o una hora repitiendo su “palabra sagrada”, y él parece ser que en aquel entonces usaba la palabra aramea que está al cierre del Nuevo Testamento y del Libro del Apocalipsis, maranatha “ven, Señor”, iba a “entregarse totalmente a Dios”. Dejemos que él mismo nos lo explique, en este maravilloso texto:

“Ahora, el reto para nosotros no es rechazar al mundo ni rechazarnos a nosotros mismos. El reto es aprender a sacrificarnos. Al sacrificar, ofrecemos algo a Dios, y en la ley judía se ofrecía todo. Se llamaba holocausto. Nada se retenía. Todo se entregaba a Dios. Eso es lo que nuestra meditación hace en nuestra vida. El mantra, nuestra meditación, nos permite perdernos por completo, ofrecernos completamente, en plenitud, a Dios. Nos ayuda a convertirnos en un holocausto en el que todo lo que somos se ofrece a Dios incondicionalmente. Es por esto que solamente mantenemos resonando el mantra. Cuando llegue el momento, estaremos dispuestos a entregar eso también, porque en nuestra meditación estamos completamente a su disposición. Existimos solamente en su presencia y estamos en su presencia gracias a su generosidad. Lo maravilloso de la meditación es que, en este autosacrificio y entrega de uno mismo, su Presencia se convierte en nuestra presencia y su generosidad en nuestra generosidad. A medida que perseveramos en la meditación, la entrega del yo se vuelve cada vez más completa, el sacrificio se vuelve cada vez más perfecto y, por lo tanto, la generosidad aumenta constantemente. Por eso les insisto con tanta frecuencia en la importancia de recitar su mantra desde el principio hasta el final de su meditación. Sin pensamientos, sin palabras, sin imaginación, sin ideas. Recuerden el holocausto, el sacrificio. Ahora bien, quizás esto sea lo más grande que podemos hacer como seres humanos autoconscientes: ofrecer nuestra autoconsciencia a Dios. Al entregarla, nos volvemos plenamente conscientes”[4].

¿Y por qué entregarse tan totalmente? ¿Qué necesidad hay de ello? ¿Cuál es el motivo de pretender siquiera tal cosa? Alguien podría preguntar, ciertamente, y es razonable hacerlo. John Main no tendría ningún problema en respondernos del siguiente modo:

“Cada vez que nos sentamos a meditar, entramos en este eje de muerte y resurrección. Es así porque en nuestra meditación trascendemos nuestra propia vida y todas sus limitaciones, adentrándonos en el misterio de Dios. Descubrimos, cada uno por experiencia propia, que el misterio de Dios es el misterio del amor, amor infinito, amor que expulsa todo temor.”[5]

Así pues, entiende perfectamente, y este es solamente un posible ejemplo entre otros muchos, que lo que motiva dicha entrega total es la contemplación del infinito amor de Dios. No teórico, no abstracto, sino real.

Quien quiera pretender que una tal visión de una manera de orar no es cristiana, creo que está ya fuera de lugar. Pero tampoco considero, por otro lado, que esto esté tan claro ni siquiera entre aquellos que quieren ver en John Main un referente espiritual, porque, de nuevo, esto que presento aquí es el John Main más maduro, escogido y ordenado de entre sus caóticos escritos y charlas transcritas, tras años de estudio.

Por último, al final, creo también que, tras todo nuestro análisis, y por eso he denominado a este texto “la realmente original meditación de John Main”, a lo que llegó John Main, aunque parecido, ya no era realmente lo mismo ni que de Swami Satyananda, ni que de Juan Casiano y los Padres del Desierto (y sé que esto quizás a él mismo no le hubiera gustado). Esto es algo “nuevo”, diferente, anclado firmemente en lo tradicional, pero aun así, original.


[1] Cf. T. C. TENNENT, Christianity at the religious roundtable: Evangelicalism in conversation with Hinduism, Buddhism, and Islam, Baker Academic, Grand Rapids 2013, version ebook, posiciones 191-199.

[2] Cf. C. MIRAMONTES SEIJAS, John Main: Apatheia-Nirvana, La Rueca, Madrid 2022, 180.

[3] Cf. J. CASSIEN, Conférences, II, Les Éditions du Cerf, Paris 2009, 161-177.

[4] J. MAIN, Moment of Christ, The Crossroad Publishing Company, New York 1984, 113- 114 (traducción propia).

[5] Íbidem, 69 (traducción propia).

La realmente original “meditación” de John Main OSB

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El benedictino John Main propuso una forma de oración sencilla y profunda, centrada en el silencio y la entrega total, como camino de unión amorosa con Dios.

En nuestro artículo anterior comparábamos, estableciendo sus límites y sus diferencias, que provienen de su sentido e intencionalidad diferentes, la forma de oración de Francisco de Osuna, denominada por él mismo “recogimiento”, y la meditación budista zen.

En este nuevo artículo pretendemos continuar la temática desde las más recientes investigaciones. A partir del siglo XX y la globalización de masas, donde enormes masas de población se desplazaron de un sitio para otro buscando nuevas oportunidades, y en todos los sentidos posibles (europeos que fueron a América del Norte o del Sur, asiáticos que fueron a América y a Europa, europeos que fueron a África y africanos que fueron a Europa, etc.), y donde la técnica y la producción industrial favorecieron, junto con la informática e internet, que la cultura de todas partes se difundiera asimismo por todas partes, era lógico simplemente que a nivel religioso/espiritual estos movimientos también se produjeran. Así, el yoga y la meditación budista se popularizaron en Occidente, es cierto, pero también el cristianismo, por ejemplo, creció de forma inusitada en países como Corea del Sur, donde hoy en día según algunos estudios ya hay más cristianos de cualquier denominación que budistas. Y esto es solamente un ejemplo a vuelapluma. Prácticas y conceptos diversos se han movido también. Y, de nuevo, desde nuestro punto de vista occidental solemos ver con facilidad cómo ideas de otras latitudes han llegado a nuestras calles, y es verdad, pero no tanto que nuestras ideas también han llegado a las calles de otros. Ejemplo rápido de ello, Keshab Chandra Sen (1838-1884), indio o bharatí (según la nueva autodenominación de India), católico converso, quien buscaba similitudes en los escritos hindúes con la idea trinitaria católica de Dios[1]. También el método científico y la técnica y la industria occidentales llegaron a Asia. Pero es cierto también que, sobre todo en las últimas décadas, muchos autores católicos se han acercado al mundo religioso oriental, adoptando en mayor o menor medida prácticas de meditación orientales. Pero vamos a hablar de uno muy particular, a quien llevo años estudiando.

Douglas William Victor Main (1926-1982), irlandés de familia y por sentimiento, aunque técnicamente nacido en Londres, como muchos otros emigrantes, fue muchas cosas en su vida en las que no se reconocía ni él mismo. Fue soldado durante la II Guerra Mundial, entre los radioperadores, pero detestaba la violencia. Estuvo en el cuerpo diplomático británico en Malasia, como traductor, pero era antiimperialista. Llegó a ser profesor de Derecho en la Universidad Trinity College de Dublín, y, de hecho, era un académico y un intelectual, pero nunca se tuvo por tal. Considero que posiblemente era un maestro de espiritualidad, pero tampoco se tenía por ello. En Malasia conoció a un monje hindú, Swami Satyananda, quien le enseñó la meditación hindú como recitación constante de un mantra, pero nunca dejó de ser cristiano católico, ni se cambió el nombre, ni la forma de vestir, ni volvió nunca más a Malasia o a la India, aunque sí le guardase un profundo respeto y una memoria agradecida.

Inclasificable, caótico en sus escritos, que por lo demás no son sino transcripciones en su inmensa mayoría de charlas dadas de viva voz, conocer realmente el pensamiento y la postura de John Main (este fue el nombre que eligió como monje benedictino), no es algo sencillo, y no es, por tanto, una lectura fácil de digerir.

Andando el tiempo, y tras años como monje benedictino en Ealing, Inglaterra, fue destinado a Estados Unidos como monje. Allí, releyendo los escritos de los Padres del Desierto, los primeros monjes cristianos, en Juan Casiano, y no sólo, creyó ver una práctica análoga a la que él mismo había aprendido de aquel Swami Satyananda en Malasia, la repetición de una fórmula, constantemente[2]. Hasta ese momento no había continuado rezando de ese modo, pero volvió a ello con fervor. Si vamos a la práctica en sí, son análogos, es verdad, es repetir una fórmula o frase sagrada (que es lo que la palabra sánscrita mantra significa, “palabra sagrada”); y, si vamos a la intencionalidad, en realidad, tampoco parecen tan lejanas, aunque siendo honestos tampoco son exactamente idénticas o iguales. Juan Casiano aprende de un monje mayor que él en Egipto, según narra la crónica, a repetir constantemente una fórmula, para “retener el recuerdo continuo de Dios”, parafraseando[3]. La parte hindú, en todo caso, lo haría para “dejar el ego”, ilusorio, atrás, y así quizás abrirse a Brahman.

Sin embargo, he titulado a este artículo “la realmente original” meditación de John Main porque él mismo, en realidad, si estudiamos toda su obra, tampoco se quedó simplemente con aquella interpretación y ya está, aunque, una vez más, quizás ni él mismo hubiera reconocido esto.

Para mí un texto clave se halla en el capítulo titulado The Accuray of Sacrifice, en el volumen Moment of Christ, cuyo Foreword por cierto fue lo último que John Main escribió en vida. Ahí, así, entre sus textos más maduros, John Main describe cómo su intencionalidad al ir a “meditar” (él llamó a lo que hacía “meditación cristiana”), esto es, al ir a pasar media hora o una hora repitiendo su “palabra sagrada”, y él parece ser que en aquel entonces usaba la palabra aramea que está al cierre del Nuevo Testamento y del Libro del Apocalipsis, maranatha “ven, Señor”, iba a “entregarse totalmente a Dios”. Dejemos que él mismo nos lo explique, en este maravilloso texto:

“Ahora, el reto para nosotros no es rechazar al mundo ni rechazarnos a nosotros mismos. El reto es aprender a sacrificarnos. Al sacrificar, ofrecemos algo a Dios, y en la ley judía se ofrecía todo. Se llamaba holocausto. Nada se retenía. Todo se entregaba a Dios. Eso es lo que nuestra meditación hace en nuestra vida. El mantra, nuestra meditación, nos permite perdernos por completo, ofrecernos completamente, en plenitud, a Dios. Nos ayuda a convertirnos en un holocausto en el que todo lo que somos se ofrece a Dios incondicionalmente. Es por esto que solamente mantenemos resonando el mantra. Cuando llegue el momento, estaremos dispuestos a entregar eso también, porque en nuestra meditación estamos completamente a su disposición. Existimos solamente en su presencia y estamos en su presencia gracias a su generosidad. Lo maravilloso de la meditación es que, en este autosacrificio y entrega de uno mismo, su Presencia se convierte en nuestra presencia y su generosidad en nuestra generosidad. A medida que perseveramos en la meditación, la entrega del yo se vuelve cada vez más completa, el sacrificio se vuelve cada vez más perfecto y, por lo tanto, la generosidad aumenta constantemente. Por eso les insisto con tanta frecuencia en la importancia de recitar su mantra desde el principio hasta el final de su meditación. Sin pensamientos, sin palabras, sin imaginación, sin ideas. Recuerden el holocausto, el sacrificio. Ahora bien, quizás esto sea lo más grande que podemos hacer como seres humanos autoconscientes: ofrecer nuestra autoconsciencia a Dios. Al entregarla, nos volvemos plenamente conscientes”[4].

¿Y por qué entregarse tan totalmente? ¿Qué necesidad hay de ello? ¿Cuál es el motivo de pretender siquiera tal cosa? Alguien podría preguntar, ciertamente, y es razonable hacerlo. John Main no tendría ningún problema en respondernos del siguiente modo:

“Cada vez que nos sentamos a meditar, entramos en este eje de muerte y resurrección. Es así porque en nuestra meditación trascendemos nuestra propia vida y todas sus limitaciones, adentrándonos en el misterio de Dios. Descubrimos, cada uno por experiencia propia, que el misterio de Dios es el misterio del amor, amor infinito, amor que expulsa todo temor.”[5]

Así pues, entiende perfectamente, y este es solamente un posible ejemplo entre otros muchos, que lo que motiva dicha entrega total es la contemplación del infinito amor de Dios. No teórico, no abstracto, sino real.

Quien quiera pretender que una tal visión de una manera de orar no es cristiana, creo que está ya fuera de lugar. Pero tampoco considero, por otro lado, que esto esté tan claro ni siquiera entre aquellos que quieren ver en John Main un referente espiritual, porque, de nuevo, esto que presento aquí es el John Main más maduro, escogido y ordenado de entre sus caóticos escritos y charlas transcritas, tras años de estudio.

Por último, al final, creo también que, tras todo nuestro análisis, y por eso he denominado a este texto “la realmente original meditación de John Main”, a lo que llegó John Main, aunque parecido, ya no era realmente lo mismo ni que de Swami Satyananda, ni que de Juan Casiano y los Padres del Desierto (y sé que esto quizás a él mismo no le hubiera gustado). Esto es algo “nuevo”, diferente, anclado firmemente en lo tradicional, pero aun así, original.


[1] Cf. T. C. TENNENT, Christianity at the religious roundtable: Evangelicalism in conversation with Hinduism, Buddhism, and Islam, Baker Academic, Grand Rapids 2013, version ebook, posiciones 191-199.

[2] Cf. C. MIRAMONTES SEIJAS, John Main: Apatheia-Nirvana, La Rueca, Madrid 2022, 180.

[3] Cf. J. CASSIEN, Conférences, II, Les Éditions du Cerf, Paris 2009, 161-177.

[4] J. MAIN, Moment of Christ, The Crossroad Publishing Company, New York 1984, 113- 114 (traducción propia).

[5] Íbidem, 69 (traducción propia).