Caminos de esperanza: cine, evangelización y retorno al hogar 

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Tu Padre vuelve la mirada hacia ti y utiliza aquello que más te llama la atención para acercarse; te busca en tu terreno, te habla en tu propio lenguaje.

Una de las cintas infantiles más exitosa de las últimas décadas no es otra que “Buscando a Nemo”. Lo habitual en Pixar: su trama no se enfoca únicamente en la audiencia infantil, sino que alcanza una profundidad suficiente como para dirigirse y captar la atención del público adulto. La premisa: ¿Qué es capaz de hacer un padre para reencontrarse con el hijo perdido? Cruzar océanos, atravesar una muralla de medusas, enfrentarse a tiburones, dejarse tragar por la ballena… Nada le frena, nadie lo detiene. Ese encuentro es suficientemente valioso como para arriesgarlo todo por el camino.

En un mundo cinematográfico donde las ideas se reciclan, donde secuelas, precuelas y remakes están al orden del día, no podía faltar una segunda parte para este metraje: “Buscando a Dory”. En la continuación, la línea argumental se invierte; aquí ya no contemplamos a un padre en busca de su hijo, sino a una hija anhelando regresar con su familia. La protagonista, Dory, fácilmente reconocible por sus pérdidas de memoria a corto plazo y la inconfundible voz de la actriz Anabel Alonso, se formula una pregunta, sencilla pero crucial: si Merlin, el pez payaso, asustadizo e introvertido, había sido quién de remover los mares hasta dar con Nemo, ¿no habrá también, en algún lugar, unos padres igual de preocupados, igual de amorosos, tratando de localizarla a ella? Esto nos conduce a nuevos desafíos, a nuevas aventuras y peligros. Al final, allí donde las aguas se vuelven sucias y turbulentas, sucede el milagro: sumida en la desesperación, dándose ya por vencida, Dory, entusiasta de las conchas, sigue un reguero de nácares que la pone rumbo hacia el hogar. Sus padres no habían desperdiciado el tiempo, no la habían olvidado: habían aprovechado esta larga ausencia para dibujar senderos de conchas en todas direcciones con la esperanza de que su hija se topase con alguno de ellos. Y lo siguiese.

Recuerdo ese momento, sentado en la butaca del cine, casi sin respiración, con un nudo en la boca del estómago. No pensaba en Dory, ni en sus padres, ni en Pixar… Mi primera reacción fue volver la mirada hacia Dios. Pensaba en cómo Él nos sale al encuentro, en cómo se pone a tiro, en cómo se esfuerza por trazar un número infinito de caminos, propiciando que todos dispongamos de una forma específica de hallarlo, de retornar junto a Él.

La Iglesia encarna una parte esencial de esa virtual red de carreteras. El paralelismo tal vez sea más fácil de advertir en una Diócesis como la nuestra, donde el Camino de Santiago semeja ser un eco de “Buscando a Dory”, gracias a sus indicativos en forma de flechas amarillas o de conchas de vieira. Cada congregación religiosa, con su carisma particular; cada sacerdote, con su particular estilo a la hora de predicar o de confesar; cada catequista, con sus particulares enseñanzas; cada discípulo, con sus particulares talentos; cada santo, con su particular ejemplo… constituye un eslabón único y especial dentro de esa gigantesca malla de conchas. Los iguales evangelizan a los iguales, dice un manido mantra de la Nueva Evangelización. De ahí la importancia de ser distintos: cuanto más diversos seamos, más personas tendrán la oportunidad de sentirse identificadas con nuestras particularidades, con nuestros únicos e irrepetibles senderos de nácar.

Al contemplarlo, este camino de conchas me evoca cuatro realidades: adaptabilidad, universalidad, libertad e infinidad. En cuanto a la primera, ¿por qué conchas? Porque a Dory le gustaban… Tu Padre vuelve la mirada hacia ti y utiliza aquello que más te llama la atención para acercarse; te busca en tu terreno, te habla en tu propio lenguaje. Igual que en Pentecostés los apóstoles hablaron la lengua del prójimo para compartir un encuentro íntimo con el prójimo (Act 2, 4-11). Dios se adapta: la mayor prueba es que el Verbo se hizo carne (Jn 1,14), se hizo hueso, porque nosotros somos carne, somos hueso.

En cuanto a la segunda realidad, ¿por qué en todas direcciones? Porque Dory podía encontrarse en cualquier lugar… Da igual el punto de tu vida, de tu espiritualidad, por el que estés transitando. Tu Padre espera por ti, seas quién seas, seas como seas. Varios pasajes bíblicos evidencian este carácter universal del mensaje: por ejemplo, el encuentro con la samaritana (Jn 4,7-29), una mujer considerada impura entre los de su pueblo, pueblo que a su vez era despreciable a ojos de un judío; cosa que poco le importó a Jesús. O también en la visita de los magos al pesebre (Mt 2, 9-11): ellos no practicaban el judaísmo, eran sacerdotes de Zoroastro, astrólogos, que aguardaban a un Salvador, llamado Saoshyant, que habría de nacer de una Virgen. De algún modo, el evangelista se anticipa a Justino, cuando éste habla de cristianos antes de Cristo. Las concepciones de Sócrates, Platón y Aristóteles, llevaron a reflexionar sobre cómo Dios había preparado a la humanidad para recibir a Cristo no sólo a través de Israel y los profetas, sino también por medio de la filosofía griega. San Mateo, discípulo y evangelista, ex publicano, neo converso, hubo de sentir a flor de piel esa universalidad, aclarándola al comienzo de sus escritos, evidenciando, mediante esta adoración de los magos, que el Mesías no era privativo de un pueblo, sino regalo para todos los pueblos. Incluso en el “Antiguo Testamento”, pese a enrocarse una y otra vez en la mentalidad de un pueblo escogido en medio de todos los demás, se atisba un futuro donde gentes de todas las naciones marchen hacia Jerusalén, en comunión, para postrarse ante el Señor del Universo, durante la Fiesta de los Tabernáculos (Zac 14, 16).

En cuanto a la tercera, ¿por qué limitarse a sembrar conchas en vez de salir directamente a buscar a Dory? Su padre, jubiloso, le responde: “Cariño, ¿por qué crees que no nos hemos movido en todos estos años? Porque sabíamos que algún día volverías a encontrarnos”. El hijo pródigo (Lc 15, 11-32) debe recorrer su camino: es su propia experiencia lejos del hogar la que finalmente sirve para abrirle los ojos. El Padre no marca los tiempos. Le permite vivir su vida, guiarse por su propio ritmo hasta que los caminos de ambos vuelven a entrecruzarse. Simplemente espera y, llegado el momento, festeja: a su regreso le concede la mejor túnica, el mejor anillo, las mejores sandalias y el mejor banquete. 

Adaptabilidad, universalidad, libertad… En nuestra misión evangelizadora necesitamos de todos los lenguajes: los antiguos y los modernos, pasados, presentes y futuros, locales y globales, porque somos distintos, porque cada uno de los cerca de ocho mil millones de seres humanos que poblamos la Tierra vibramos en una longitud de onda diferente. Ahora, en la era de la alfabetización digital, del código binario, de la tecnología de la información y la comunicación, de las redes sociales, es igual de indispensable un Lux de Rosalía o un Huracán de Hakuna, lo mismo que una cantata de Bach o una cantiga de Santa María. Es igual de indispensable un reel de Pablo Garna, lo mismo que un “Marcelino Pan y Vino”. Es igual de indispensable uno de los volúmenes de “Las Crónicas de Narnia”, lo mismo que un poema de San Juan de la Cruz. Es igual de indispensable una talla de María esculpida por Javier Viver, lo mismo que “El Éxtasis de Santa Teresa”, de Bernini. Lo mismo que en el Románico se echó mano de capiteles historiados, allí donde el analfabetismo impedía la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo que en la evangelización de América se echó mano de catecismos testerianos, allí donde la falta de comprensión del idioma impedía la comunicación. 

Cada uno, a su modo, funciona como una autopista hacia Dios. No se trata, pues, de hacer solo lo nuevo, o solo lo viejo: se trata de hacerlo todo a la vez en todas partes, poniendo conchas en el extremo de esos infinitos regueros para que alguien, como Dory, pueda encontrar su viaje concreto de regreso. Aunque el extremo mismo del reguero se encuentre más allá de las estrellas, allí donde Dios tuvo a bien crear las Pléyades y Orión (Am 5, 8). El disco de oro de las sondas espaciales Voyager concluye, precisamente, con los versos compuestos por un pastor anglicano: un himno, “Gethsemane”, refiriendo que oscura era la noche y fría era la tierra, en alusión a la velada de Cristo en el Huerto de los Olivos, justo después de la institución de la Eucaristía, justo antes de ser entregado a su Pasión, Muerte y Glorificación. Desconocemos si ese disco llegará a ser escuchado, si llegará a tocar algún alma, cuando dentro de 40.000 años arribe a un nuevo Sistema Solar, orbitando alrededor de la estrella Gliese 445. Al fin y al cabo, nuestra misión no es la de cosechar, sino la de cultivar, independientemente de que la simiente caiga junto al camino, en pedregal, entre los espinos o en tierra buena (Mt 13, 1-25; Mc 4, 1-20 y Lc 8, 4-15). Hemos adaptado el mensaje, lo hemos universalizado, pero el destinatario goza de la libertad de asumirlo o de dejarlo pasar de largo. Tal vez le toque recorrer otro camino, con motivo de otra ocasión, otra oportunidad, más allá de la distancia que lo separe del Padre: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo” (Ecl 3, 1).

Finalmente, en cuanto a la cuarta realidad, ¿por qué cada uno de esos regueros de conchas que se propagan van siempre en aumento, sin avistarse nunca su final? ¿Hasta dónde pretendían llegar los padres de Dory; hasta dónde iban a perpetuar un proyecto tan ambicioso, de tal magnitud? La infinidad asusta. La inmensidad del cosmos quita el hipo, roba el aliento. Uno de los principales divulgadores científicos del siglo XX, Carl Sagan, al meditar sobre la imponente grandeza del Universo, comentó, con pragmatismo, que de estar éste vacío, de no existir más vida en él que la nuestra, “¡cuánto espacio desaprovechado!”. Desde el prisma cristiano, carece de sentido imaginarse al Creador propiciando la existencia incontable de galaxias, de nebulosas, de quásares, de agujeros negros, de planetas errantes, etcétera, de forma arbitraria o por mero capricho. Los cielos sirven a la obra de Dios para proclamar su grandeza (Sal 19, 1), mas no porque Él necesite hacer ostentación o vanagloria, sino a causa de los frutos inherentes a la manifestación y comunicación de dicha gloria, en palabras de San Buenaventura (CIC § 293). Y así, yo, testigo de mi pequeñez, quedo más capacitado para admirar el inabarcable poder y la suprema majestad del Padre.

Esta cuarta realidad que me evoca el reguero de conchas, el de la infinidad, tal vez se perciba mejor desde la emoción que desde la lógica, a partir de los ojos de Dory, en el preciso instante de su reencuentro, pues es entonces cuando la hija comprende el titánico esfuerzo puesto en marcha por sus padres a fin de lograr este retorno al hogar. Un esfuerzo dispuesto a hacerse infinito a sí mismo, porque infinito es el amor que lo sostiene. Tan infinito, parafraseando el encuentro de San Agustín con el ángel, que no se puede contener dentro de un hoyo en la arena o en los recovecos de la mente humana.

La próxima vez que observes el firmamento, en una noche limpia y estrellada, recuerda: su infinito es fiel reflejo del infinito amor que el Padre Celestial siente por ti, por mí, por cada uno de sus hijos. Sin duda, el Papa Benedicto XVI expresó mejor y más poéticamente esta noción, al concretar la infinitud, ya no en lo tocante a las costuras del espacio, sino en lo respectivo a las ramificaciones del tiempo, reflexionando sobre la eternidad: “Podemos solamente tratar de salir con nuestro pensamiento de la temporalidad a la que estamos sujetos y augurar de algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo –el antes y el después– ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría” (Spe Salvi, 12).

Caminos de esperanza: cine, evangelización y retorno al hogar 

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Tu Padre vuelve la mirada hacia ti y utiliza aquello que más te llama la atención para acercarse; te busca en tu terreno, te habla en tu propio lenguaje.

Una de las cintas infantiles más exitosa de las últimas décadas no es otra que “Buscando a Nemo”. Lo habitual en Pixar: su trama no se enfoca únicamente en la audiencia infantil, sino que alcanza una profundidad suficiente como para dirigirse y captar la atención del público adulto. La premisa: ¿Qué es capaz de hacer un padre para reencontrarse con el hijo perdido? Cruzar océanos, atravesar una muralla de medusas, enfrentarse a tiburones, dejarse tragar por la ballena… Nada le frena, nadie lo detiene. Ese encuentro es suficientemente valioso como para arriesgarlo todo por el camino.

En un mundo cinematográfico donde las ideas se reciclan, donde secuelas, precuelas y remakes están al orden del día, no podía faltar una segunda parte para este metraje: “Buscando a Dory”. En la continuación, la línea argumental se invierte; aquí ya no contemplamos a un padre en busca de su hijo, sino a una hija anhelando regresar con su familia. La protagonista, Dory, fácilmente reconocible por sus pérdidas de memoria a corto plazo y la inconfundible voz de la actriz Anabel Alonso, se formula una pregunta, sencilla pero crucial: si Merlin, el pez payaso, asustadizo e introvertido, había sido quién de remover los mares hasta dar con Nemo, ¿no habrá también, en algún lugar, unos padres igual de preocupados, igual de amorosos, tratando de localizarla a ella? Esto nos conduce a nuevos desafíos, a nuevas aventuras y peligros. Al final, allí donde las aguas se vuelven sucias y turbulentas, sucede el milagro: sumida en la desesperación, dándose ya por vencida, Dory, entusiasta de las conchas, sigue un reguero de nácares que la pone rumbo hacia el hogar. Sus padres no habían desperdiciado el tiempo, no la habían olvidado: habían aprovechado esta larga ausencia para dibujar senderos de conchas en todas direcciones con la esperanza de que su hija se topase con alguno de ellos. Y lo siguiese.

Recuerdo ese momento, sentado en la butaca del cine, casi sin respiración, con un nudo en la boca del estómago. No pensaba en Dory, ni en sus padres, ni en Pixar… Mi primera reacción fue volver la mirada hacia Dios. Pensaba en cómo Él nos sale al encuentro, en cómo se pone a tiro, en cómo se esfuerza por trazar un número infinito de caminos, propiciando que todos dispongamos de una forma específica de hallarlo, de retornar junto a Él.

La Iglesia encarna una parte esencial de esa virtual red de carreteras. El paralelismo tal vez sea más fácil de advertir en una Diócesis como la nuestra, donde el Camino de Santiago semeja ser un eco de “Buscando a Dory”, gracias a sus indicativos en forma de flechas amarillas o de conchas de vieira. Cada congregación religiosa, con su carisma particular; cada sacerdote, con su particular estilo a la hora de predicar o de confesar; cada catequista, con sus particulares enseñanzas; cada discípulo, con sus particulares talentos; cada santo, con su particular ejemplo… constituye un eslabón único y especial dentro de esa gigantesca malla de conchas. Los iguales evangelizan a los iguales, dice un manido mantra de la Nueva Evangelización. De ahí la importancia de ser distintos: cuanto más diversos seamos, más personas tendrán la oportunidad de sentirse identificadas con nuestras particularidades, con nuestros únicos e irrepetibles senderos de nácar.

Al contemplarlo, este camino de conchas me evoca cuatro realidades: adaptabilidad, universalidad, libertad e infinidad. En cuanto a la primera, ¿por qué conchas? Porque a Dory le gustaban… Tu Padre vuelve la mirada hacia ti y utiliza aquello que más te llama la atención para acercarse; te busca en tu terreno, te habla en tu propio lenguaje. Igual que en Pentecostés los apóstoles hablaron la lengua del prójimo para compartir un encuentro íntimo con el prójimo (Act 2, 4-11). Dios se adapta: la mayor prueba es que el Verbo se hizo carne (Jn 1,14), se hizo hueso, porque nosotros somos carne, somos hueso.

En cuanto a la segunda realidad, ¿por qué en todas direcciones? Porque Dory podía encontrarse en cualquier lugar… Da igual el punto de tu vida, de tu espiritualidad, por el que estés transitando. Tu Padre espera por ti, seas quién seas, seas como seas. Varios pasajes bíblicos evidencian este carácter universal del mensaje: por ejemplo, el encuentro con la samaritana (Jn 4,7-29), una mujer considerada impura entre los de su pueblo, pueblo que a su vez era despreciable a ojos de un judío; cosa que poco le importó a Jesús. O también en la visita de los magos al pesebre (Mt 2, 9-11): ellos no practicaban el judaísmo, eran sacerdotes de Zoroastro, astrólogos, que aguardaban a un Salvador, llamado Saoshyant, que habría de nacer de una Virgen. De algún modo, el evangelista se anticipa a Justino, cuando éste habla de cristianos antes de Cristo. Las concepciones de Sócrates, Platón y Aristóteles, llevaron a reflexionar sobre cómo Dios había preparado a la humanidad para recibir a Cristo no sólo a través de Israel y los profetas, sino también por medio de la filosofía griega. San Mateo, discípulo y evangelista, ex publicano, neo converso, hubo de sentir a flor de piel esa universalidad, aclarándola al comienzo de sus escritos, evidenciando, mediante esta adoración de los magos, que el Mesías no era privativo de un pueblo, sino regalo para todos los pueblos. Incluso en el “Antiguo Testamento”, pese a enrocarse una y otra vez en la mentalidad de un pueblo escogido en medio de todos los demás, se atisba un futuro donde gentes de todas las naciones marchen hacia Jerusalén, en comunión, para postrarse ante el Señor del Universo, durante la Fiesta de los Tabernáculos (Zac 14, 16).

En cuanto a la tercera, ¿por qué limitarse a sembrar conchas en vez de salir directamente a buscar a Dory? Su padre, jubiloso, le responde: “Cariño, ¿por qué crees que no nos hemos movido en todos estos años? Porque sabíamos que algún día volverías a encontrarnos”. El hijo pródigo (Lc 15, 11-32) debe recorrer su camino: es su propia experiencia lejos del hogar la que finalmente sirve para abrirle los ojos. El Padre no marca los tiempos. Le permite vivir su vida, guiarse por su propio ritmo hasta que los caminos de ambos vuelven a entrecruzarse. Simplemente espera y, llegado el momento, festeja: a su regreso le concede la mejor túnica, el mejor anillo, las mejores sandalias y el mejor banquete. 

Adaptabilidad, universalidad, libertad… En nuestra misión evangelizadora necesitamos de todos los lenguajes: los antiguos y los modernos, pasados, presentes y futuros, locales y globales, porque somos distintos, porque cada uno de los cerca de ocho mil millones de seres humanos que poblamos la Tierra vibramos en una longitud de onda diferente. Ahora, en la era de la alfabetización digital, del código binario, de la tecnología de la información y la comunicación, de las redes sociales, es igual de indispensable un Lux de Rosalía o un Huracán de Hakuna, lo mismo que una cantata de Bach o una cantiga de Santa María. Es igual de indispensable un reel de Pablo Garna, lo mismo que un “Marcelino Pan y Vino”. Es igual de indispensable uno de los volúmenes de “Las Crónicas de Narnia”, lo mismo que un poema de San Juan de la Cruz. Es igual de indispensable una talla de María esculpida por Javier Viver, lo mismo que “El Éxtasis de Santa Teresa”, de Bernini. Lo mismo que en el Románico se echó mano de capiteles historiados, allí donde el analfabetismo impedía la lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo que en la evangelización de América se echó mano de catecismos testerianos, allí donde la falta de comprensión del idioma impedía la comunicación. 

Cada uno, a su modo, funciona como una autopista hacia Dios. No se trata, pues, de hacer solo lo nuevo, o solo lo viejo: se trata de hacerlo todo a la vez en todas partes, poniendo conchas en el extremo de esos infinitos regueros para que alguien, como Dory, pueda encontrar su viaje concreto de regreso. Aunque el extremo mismo del reguero se encuentre más allá de las estrellas, allí donde Dios tuvo a bien crear las Pléyades y Orión (Am 5, 8). El disco de oro de las sondas espaciales Voyager concluye, precisamente, con los versos compuestos por un pastor anglicano: un himno, “Gethsemane”, refiriendo que oscura era la noche y fría era la tierra, en alusión a la velada de Cristo en el Huerto de los Olivos, justo después de la institución de la Eucaristía, justo antes de ser entregado a su Pasión, Muerte y Glorificación. Desconocemos si ese disco llegará a ser escuchado, si llegará a tocar algún alma, cuando dentro de 40.000 años arribe a un nuevo Sistema Solar, orbitando alrededor de la estrella Gliese 445. Al fin y al cabo, nuestra misión no es la de cosechar, sino la de cultivar, independientemente de que la simiente caiga junto al camino, en pedregal, entre los espinos o en tierra buena (Mt 13, 1-25; Mc 4, 1-20 y Lc 8, 4-15). Hemos adaptado el mensaje, lo hemos universalizado, pero el destinatario goza de la libertad de asumirlo o de dejarlo pasar de largo. Tal vez le toque recorrer otro camino, con motivo de otra ocasión, otra oportunidad, más allá de la distancia que lo separe del Padre: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo” (Ecl 3, 1).

Finalmente, en cuanto a la cuarta realidad, ¿por qué cada uno de esos regueros de conchas que se propagan van siempre en aumento, sin avistarse nunca su final? ¿Hasta dónde pretendían llegar los padres de Dory; hasta dónde iban a perpetuar un proyecto tan ambicioso, de tal magnitud? La infinidad asusta. La inmensidad del cosmos quita el hipo, roba el aliento. Uno de los principales divulgadores científicos del siglo XX, Carl Sagan, al meditar sobre la imponente grandeza del Universo, comentó, con pragmatismo, que de estar éste vacío, de no existir más vida en él que la nuestra, “¡cuánto espacio desaprovechado!”. Desde el prisma cristiano, carece de sentido imaginarse al Creador propiciando la existencia incontable de galaxias, de nebulosas, de quásares, de agujeros negros, de planetas errantes, etcétera, de forma arbitraria o por mero capricho. Los cielos sirven a la obra de Dios para proclamar su grandeza (Sal 19, 1), mas no porque Él necesite hacer ostentación o vanagloria, sino a causa de los frutos inherentes a la manifestación y comunicación de dicha gloria, en palabras de San Buenaventura (CIC § 293). Y así, yo, testigo de mi pequeñez, quedo más capacitado para admirar el inabarcable poder y la suprema majestad del Padre.

Esta cuarta realidad que me evoca el reguero de conchas, el de la infinidad, tal vez se perciba mejor desde la emoción que desde la lógica, a partir de los ojos de Dory, en el preciso instante de su reencuentro, pues es entonces cuando la hija comprende el titánico esfuerzo puesto en marcha por sus padres a fin de lograr este retorno al hogar. Un esfuerzo dispuesto a hacerse infinito a sí mismo, porque infinito es el amor que lo sostiene. Tan infinito, parafraseando el encuentro de San Agustín con el ángel, que no se puede contener dentro de un hoyo en la arena o en los recovecos de la mente humana.

La próxima vez que observes el firmamento, en una noche limpia y estrellada, recuerda: su infinito es fiel reflejo del infinito amor que el Padre Celestial siente por ti, por mí, por cada uno de sus hijos. Sin duda, el Papa Benedicto XVI expresó mejor y más poéticamente esta noción, al concretar la infinitud, ya no en lo tocante a las costuras del espacio, sino en lo respectivo a las ramificaciones del tiempo, reflexionando sobre la eternidad: “Podemos solamente tratar de salir con nuestro pensamiento de la temporalidad a la que estamos sujetos y augurar de algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo –el antes y el después– ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría” (Spe Salvi, 12).