Más allá del interés propio: utilidad, bienestar y racionalidad económica

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Comprender la utilidad exige ir más allá del interés propio e incorporar procesos, vínculos y compromisos morales en el análisis económico.

El enfoque tradicional de la teoría económica afirma que el individuo es «racional» y trata de «maximizar su utilidad». En lo que sigue, el término «utilidad» se utilizará de forma no exclusivamente formalista, incorporando tanto dimensiones hedónicas como componentes evaluativos y normativos del bienestar individual, en línea con la literatura contemporánea sobre economía del bienestar y economía de la felicidad.

La noción de utilidad nace con Jeremy Bentham, quien, en su obra más conocida, Introduction to the Principles of Morals and Legislation (1789), emplea este concepto para designar la propiedad de todo objeto por la cual tiende a producir beneficio, ventaja, placer, bien o felicidad. Con posterioridad, Jevons (1871) y Edgeworth (1881) contribuyeron de manera decisiva al desarrollo metodológico del utilitarismo. El primero definió la economía como la ciencia de la utilidad, entendiéndola como un «cálculo de los placeres y los dolores». Por su parte, Edgeworth, en Mathematical Psychics (1881), sostuvo que la felicidad es un parónimo del placer y que maximizar la felicidad equivale a maximizar el placer (véase Bruni, 2007, p. 39).

A esta línea de pensamiento se la conoce como «utilitarista-hedonista» y, si bien constituye un antecedente fundamental de la teoría económica moderna, su influencia en la economía neoclásica se produce a través de un proceso de formalización progresiva que desvincula el concepto de utilidad de su contenido psicológico original. En este sentido, la economía neoclásica acaba interpretando la utilidad principalmente como una representación ordinal de preferencias, más que como una medida directa del placer o del dolor. No obstante, esta concepción continúa siendo el fundamento del mainstream o corriente principal de la teoría económica moderna, especialmente a través de la teoría de la elección racional.

El hecho de que la ciencia económica asuma como uno de sus pilares principales la maximización de la utilidad plantea serios inconvenientes. La estructura del denominado «comportamiento egoísta» presenta tres características específicas y básicamente independientes: (1) bienestar basado en uno mismo, (2) objetivos basados en el propio bienestar y (3) elección basada en el propio objetivo (Sen, 1987, p. 96). Las consecuencias de estos supuestos se traducen en el empobrecimiento de la economía del bienestar y en el debilitamiento de la capacidad descriptiva y predictiva de la teoría económica en aquellos contextos donde las interacciones sociales, las motivaciones morales y las normas desempeñan un papel relevante (ibid., pp. 94-95).

Como señala Etzioni (2007), este perfil absoluto de racionalidad conduce a una pérdida de realismo, ya que el individuo no solo busca maximizar la utilidad basada en el «placer», sino que también desea maximizar la utilidad derivada del cumplimiento de determinados compromisos morales, los cuales pasan a formar parte del propio proceso racional de elección. Además, en la línea argumental desarrollada por Sen (1995), Zamagni (1995), o Bruni (2001), esta concepción restringida de la racionalidad limita la comprensión de comportamientos económicos más complejos y dificulta la obtención de resultados económicos y sociales más satisfactorios.

La teoría del capital social pone de manifiesto que aspectos tales como la ética, la reciprocidad, las redes de relaciones, el altruismo y el sentido del deber —propios de una racionalidad no puramente instrumental— poseen un valor económico significativo (Pena-López y Membiela-Pollán, 2024). De este modo, se produce una aparente paradoja: estos factores, que no encajan adecuadamente en una concepción estrecha de la maximización de la utilidad individual, contribuyen a mejorar el resultado económico y social agregado.

Los estudios más recientes distinguen, sin embargo, entre diversos tipos de utilidad, ampliando así el análisis del vínculo entre este concepto y el capital social, y abriendo la puerta a una comprensión más inclusiva y objetiva de las motivaciones intrínsecas del comportamiento humano. Desde esta perspectiva, maximizar la utilidad ya no significa, al menos de forma exclusiva, maximizar la experimentación del placer. Se plantean entonces dos alternativas: asumir la existencia de una doble utilidad —basada en el placer y en los compromisos morales—, como propone Etzioni; o bien considerar que la utilidad puede aproximarse empíricamente al bienestar subjetivo y, por tanto, reconocer que la prosperidad material no constituye el único determinante de la felicidad, entendida aquí como una evaluación subjetiva de la propia vida. Esta segunda alternativa se inscribe en la denominada línea eudaimónica de la Happiness Economics.

A partir de estas contribuciones, pueden distinguirse cuatro tipos de utilidad: la utilidad de decisión, la utilidad experimentada, la utilidad recordada y la utilidad procedural o de procedimiento.

La utilidad de decisión hace referencia a la satisfacción percibida ex ante, esto es, a la aspiración asociada a la elección entre distintas alternativas (Easterlin, 2001, p. 464).

La utilidad experimentada se define como la calidad e intensidad de la experiencia hedónica asociada al resultado de una elección (Kahneman y Snell, 1992, p. 188). Se trata de la satisfacción realizada ex post, derivada del resultado efectivo de la decisión (Easterlin, 2001, p. 464).

La utilidad recordada recoge la manera en que el individuo recuerda la experiencia una vez finalizada. Constituye una evaluación retrospectiva de la experiencia como un todo, en la que el sujeto no solo agrega la secuencia de vivencias, sino que también las corrige y las sesga de diversos modos (Kahneman y Krueger, 2006, p. 5).

Por último, la utilidad procedural alude al bienestar que las personas obtienen al vivir y actuar bajo determinados procesos institucionalizados, en la medida en que estos contribuyen al desarrollo de sentimientos positivos sobre uno mismo y satisfacen necesidades básicas de autonomía, relacionalidad y competencia (Frey, Benz y Stutzer, 2004, p. 381). Esta noción pone de relieve que los individuos no solo valoran los resultados alcanzados —el qué—, sino también las condiciones y los procesos mediante los cuales dichos resultados se generan —el cómo—, complementando así, y no sustituyendo, la valoración de los resultados finales (ibid., p. 377).

Estas distinciones ponen de manifiesto que la utilidad no constituye un concepto unívoco, sino un constructo analítico que puede referirse a diferentes dimensiones del bienestar individual, según el momento y el nivel de análisis considerado. Desde esta perspectiva, las elecciones observadas no pueden interpretarse sin más como indicadores fiables del bienestar efectivo, dado que la utilidad de decisión puede divergir tanto de la utilidad experimentada como de la utilidad recordada; esto es, la utilidad anticipada puede —y muy a menudo suele— no equivaler a la utilidad ex post. Asimismo, la incorporación de la utilidad procedural subraya que los individuos valoran no solo los resultados obtenidos, sino también los procesos e instituciones a través de los cuales estos se generan. Todo ello tiene implicaciones relevantes tanto para el análisis del comportamiento socioeconómico como para la medición del bienestar y el diseño de políticas públicas, al poner de relieve la necesidad de marcos analíticos e institucionales más amplios y realistas.

 

Referencias

Bentham, J. (1789/2007). An introduction to the principles of morals and legislation. Oxford University Press. (Obra original publicada en 1789)

Bruni, L. (Coord.). (2001). Economía de Comunión. Editorial Ciudad Nueva.

Bruni, L., & Porta, P. L. (2007). Handbook of economics of happiness. Edward Elgar.

Easterlin, R. A. (2001). Income and happiness: Towards a unified theory. The Economic Journal, 111(473), 465–484. https://doi.org/10.1111/1468-0297.00646

Edgeworth, F. Y. (1881/2003). Mathematical psychics: An essay on the application of mathematics to the moral sciences. Augustus M. Kelley.
(Obra original publicada en 1881)

Etzioni, A. (2007). The moral dimension: Toward a new economics. Free Press.

Frey, B. S., Benz, M., & Stutzer, A. (2004). Introducing procedural utility: Not only what, but also how matters. Journal of Institutional and Theoretical Economics, 160(3), 377–401. 

Jevons, W. S. (1871/1970). The theory of political economy. Penguin Books.
(Obra original publicada en 1871)

Kahneman, D., & Krueger, A. B. (2006). Developments in the measurement of subjective well-being. Journal of Economic Perspectives, 20(1), 3–24. 

Kahneman, D., & Snell, J. (1992). Predicting a changing taste: Do people know what they will like? Journal of Behavioral Decision Making, 5(3), 187–200. https://doi.org/10.1002/bdm.3960050304

Pena-López, A., & Membiela-Pollán, M. (2024). Economics of social relations: Critical perspectives on social capital. Routledge.

Sen, A. (1987/1997). Sobre ética y economía. Alianza Universidad.

Sen, A. (1995). Goals, commitment, and identity. In S. Zamagni (Ed.), Economics of altruism. Edward Elgar.

Zamagni, S. (Ed.). (1995). Economics of altruism. Edward Elgar.

Más allá del interés propio: utilidad, bienestar y racionalidad económica

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Comprender la utilidad exige ir más allá del interés propio e incorporar procesos, vínculos y compromisos morales en el análisis económico.

El enfoque tradicional de la teoría económica afirma que el individuo es «racional» y trata de «maximizar su utilidad». En lo que sigue, el término «utilidad» se utilizará de forma no exclusivamente formalista, incorporando tanto dimensiones hedónicas como componentes evaluativos y normativos del bienestar individual, en línea con la literatura contemporánea sobre economía del bienestar y economía de la felicidad.

La noción de utilidad nace con Jeremy Bentham, quien, en su obra más conocida, Introduction to the Principles of Morals and Legislation (1789), emplea este concepto para designar la propiedad de todo objeto por la cual tiende a producir beneficio, ventaja, placer, bien o felicidad. Con posterioridad, Jevons (1871) y Edgeworth (1881) contribuyeron de manera decisiva al desarrollo metodológico del utilitarismo. El primero definió la economía como la ciencia de la utilidad, entendiéndola como un «cálculo de los placeres y los dolores». Por su parte, Edgeworth, en Mathematical Psychics (1881), sostuvo que la felicidad es un parónimo del placer y que maximizar la felicidad equivale a maximizar el placer (véase Bruni, 2007, p. 39).

A esta línea de pensamiento se la conoce como «utilitarista-hedonista» y, si bien constituye un antecedente fundamental de la teoría económica moderna, su influencia en la economía neoclásica se produce a través de un proceso de formalización progresiva que desvincula el concepto de utilidad de su contenido psicológico original. En este sentido, la economía neoclásica acaba interpretando la utilidad principalmente como una representación ordinal de preferencias, más que como una medida directa del placer o del dolor. No obstante, esta concepción continúa siendo el fundamento del mainstream o corriente principal de la teoría económica moderna, especialmente a través de la teoría de la elección racional.

El hecho de que la ciencia económica asuma como uno de sus pilares principales la maximización de la utilidad plantea serios inconvenientes. La estructura del denominado «comportamiento egoísta» presenta tres características específicas y básicamente independientes: (1) bienestar basado en uno mismo, (2) objetivos basados en el propio bienestar y (3) elección basada en el propio objetivo (Sen, 1987, p. 96). Las consecuencias de estos supuestos se traducen en el empobrecimiento de la economía del bienestar y en el debilitamiento de la capacidad descriptiva y predictiva de la teoría económica en aquellos contextos donde las interacciones sociales, las motivaciones morales y las normas desempeñan un papel relevante (ibid., pp. 94-95).

Como señala Etzioni (2007), este perfil absoluto de racionalidad conduce a una pérdida de realismo, ya que el individuo no solo busca maximizar la utilidad basada en el «placer», sino que también desea maximizar la utilidad derivada del cumplimiento de determinados compromisos morales, los cuales pasan a formar parte del propio proceso racional de elección. Además, en la línea argumental desarrollada por Sen (1995), Zamagni (1995), o Bruni (2001), esta concepción restringida de la racionalidad limita la comprensión de comportamientos económicos más complejos y dificulta la obtención de resultados económicos y sociales más satisfactorios.

La teoría del capital social pone de manifiesto que aspectos tales como la ética, la reciprocidad, las redes de relaciones, el altruismo y el sentido del deber —propios de una racionalidad no puramente instrumental— poseen un valor económico significativo (Pena-López y Membiela-Pollán, 2024). De este modo, se produce una aparente paradoja: estos factores, que no encajan adecuadamente en una concepción estrecha de la maximización de la utilidad individual, contribuyen a mejorar el resultado económico y social agregado.

Los estudios más recientes distinguen, sin embargo, entre diversos tipos de utilidad, ampliando así el análisis del vínculo entre este concepto y el capital social, y abriendo la puerta a una comprensión más inclusiva y objetiva de las motivaciones intrínsecas del comportamiento humano. Desde esta perspectiva, maximizar la utilidad ya no significa, al menos de forma exclusiva, maximizar la experimentación del placer. Se plantean entonces dos alternativas: asumir la existencia de una doble utilidad —basada en el placer y en los compromisos morales—, como propone Etzioni; o bien considerar que la utilidad puede aproximarse empíricamente al bienestar subjetivo y, por tanto, reconocer que la prosperidad material no constituye el único determinante de la felicidad, entendida aquí como una evaluación subjetiva de la propia vida. Esta segunda alternativa se inscribe en la denominada línea eudaimónica de la Happiness Economics.

A partir de estas contribuciones, pueden distinguirse cuatro tipos de utilidad: la utilidad de decisión, la utilidad experimentada, la utilidad recordada y la utilidad procedural o de procedimiento.

La utilidad de decisión hace referencia a la satisfacción percibida ex ante, esto es, a la aspiración asociada a la elección entre distintas alternativas (Easterlin, 2001, p. 464).

La utilidad experimentada se define como la calidad e intensidad de la experiencia hedónica asociada al resultado de una elección (Kahneman y Snell, 1992, p. 188). Se trata de la satisfacción realizada ex post, derivada del resultado efectivo de la decisión (Easterlin, 2001, p. 464).

La utilidad recordada recoge la manera en que el individuo recuerda la experiencia una vez finalizada. Constituye una evaluación retrospectiva de la experiencia como un todo, en la que el sujeto no solo agrega la secuencia de vivencias, sino que también las corrige y las sesga de diversos modos (Kahneman y Krueger, 2006, p. 5).

Por último, la utilidad procedural alude al bienestar que las personas obtienen al vivir y actuar bajo determinados procesos institucionalizados, en la medida en que estos contribuyen al desarrollo de sentimientos positivos sobre uno mismo y satisfacen necesidades básicas de autonomía, relacionalidad y competencia (Frey, Benz y Stutzer, 2004, p. 381). Esta noción pone de relieve que los individuos no solo valoran los resultados alcanzados —el qué—, sino también las condiciones y los procesos mediante los cuales dichos resultados se generan —el cómo—, complementando así, y no sustituyendo, la valoración de los resultados finales (ibid., p. 377).

Estas distinciones ponen de manifiesto que la utilidad no constituye un concepto unívoco, sino un constructo analítico que puede referirse a diferentes dimensiones del bienestar individual, según el momento y el nivel de análisis considerado. Desde esta perspectiva, las elecciones observadas no pueden interpretarse sin más como indicadores fiables del bienestar efectivo, dado que la utilidad de decisión puede divergir tanto de la utilidad experimentada como de la utilidad recordada; esto es, la utilidad anticipada puede —y muy a menudo suele— no equivaler a la utilidad ex post. Asimismo, la incorporación de la utilidad procedural subraya que los individuos valoran no solo los resultados obtenidos, sino también los procesos e instituciones a través de los cuales estos se generan. Todo ello tiene implicaciones relevantes tanto para el análisis del comportamiento socioeconómico como para la medición del bienestar y el diseño de políticas públicas, al poner de relieve la necesidad de marcos analíticos e institucionales más amplios y realistas.

 

Referencias

Bentham, J. (1789/2007). An introduction to the principles of morals and legislation. Oxford University Press. (Obra original publicada en 1789)

Bruni, L. (Coord.). (2001). Economía de Comunión. Editorial Ciudad Nueva.

Bruni, L., & Porta, P. L. (2007). Handbook of economics of happiness. Edward Elgar.

Easterlin, R. A. (2001). Income and happiness: Towards a unified theory. The Economic Journal, 111(473), 465–484. https://doi.org/10.1111/1468-0297.00646

Edgeworth, F. Y. (1881/2003). Mathematical psychics: An essay on the application of mathematics to the moral sciences. Augustus M. Kelley.
(Obra original publicada en 1881)

Etzioni, A. (2007). The moral dimension: Toward a new economics. Free Press.

Frey, B. S., Benz, M., & Stutzer, A. (2004). Introducing procedural utility: Not only what, but also how matters. Journal of Institutional and Theoretical Economics, 160(3), 377–401. 

Jevons, W. S. (1871/1970). The theory of political economy. Penguin Books.
(Obra original publicada en 1871)

Kahneman, D., & Krueger, A. B. (2006). Developments in the measurement of subjective well-being. Journal of Economic Perspectives, 20(1), 3–24. 

Kahneman, D., & Snell, J. (1992). Predicting a changing taste: Do people know what they will like? Journal of Behavioral Decision Making, 5(3), 187–200. https://doi.org/10.1002/bdm.3960050304

Pena-López, A., & Membiela-Pollán, M. (2024). Economics of social relations: Critical perspectives on social capital. Routledge.

Sen, A. (1987/1997). Sobre ética y economía. Alianza Universidad.

Sen, A. (1995). Goals, commitment, and identity. In S. Zamagni (Ed.), Economics of altruism. Edward Elgar.

Zamagni, S. (Ed.). (1995). Economics of altruism. Edward Elgar.