John Main, el viaje interior y la IA

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«La IA podría quizás darme todas las respuestas, pero jamás podrá hacer mi viaje espiritual interior.»

Uno de los autores, espiritual y místico, que más he estudiado, ha sido John Main OSB. Conocido sobre todo por lo que él denominó como “meditación cristiana”, y que, aparentemente, a nivel práctico, consistiría en “repetir una palabra sagrada”, pero que, en su esencia y profundidad, es mi opinión después de largo estudio y la cual ya había mostrado aquí en un artículo anterior, consistiría en efectiva y positivamente querer entregarse a sí mismo totalmente en la recitación en sí misma, al Ser, por amor. De forma sencilla, sólo “perdiéndose a uno mismo en la recitación”.

Bien, esta práctica aparentemente sencilla, contiene intuiciones muy interesantes, de las cuales John Main era perfectamente consciente. En primer lugar, John Main sabía que uno de los principales peligros en la vida espiritual humana es confundir lo divino con uno mismo, con los propios pensamientos, ideas, deseos, o incluso miedos y fobias… No somos conscientes de la trascendencia de esto. ¿Cuántos, de cualquier religión, no han hecho barbaridades creyendo incluso sinceramente que “Dios lo quería así”? ¿no eran más bien sus propios deseos egocéntricos y egoístas los que querían tales cosas? ¿y quiénes “cumplen” por una recompensa, a veces incluso entendida en sentido material ya sea en esta vida o en la otra? ¿cómo podríamos saber entonces qué quiere Dios realmente en sí? Bueno, en esto, John Main era cristiano, y por tanto entendía que, a partir del hecho objetivo de la vida de Cristo, podemos saber que Dios es Amor, como Cristo nos mostró. Pero, dicho eso de base, después, la inmensa precaución respecto de uno mismo, debe permanecer. Respecto de este inmenso peligro siempre presente en la vida espiritual humana, John Main sabía que en el “repetir nuestra palabra sagrada” uno dejaba al margen el mundo de la mente discursiva, y por eso mismo se alejaba de ese peligro (1).

Pero, a su vez, esa visión nos introducía en una perspectiva de la vida espiritual como aventura y viaje interior. Hay que “salirse de uno mismo”, “dejarse atrás a uno mismo”, para “abrirse a lo que ES”, al Ser. El verdadero Dios por lo dicho tiene que estar más allá de mí y de mis ideas miedos o deseos. Porque en el fondo, y esto es metafísica clásica de siempre, desde los Padres de la Iglesia hasta Santo Tomás de Aquino, vivimos como si lo más importante fuera nuestro mundo mental, pero en realidad es al revés, lo único que existe es el Ser que está más allá de mi mundo mental, mientras que mi mundo mental es caduco, digo más, excesivamente caduco, casi cada diez minutos puede cambiar de forma constante y completa…

Pero alguien podría decir, ¿significaría eso que “lo humano”, que es en buena medida ese “mundo mental”, no tendría ningún valor absoluto o valor alguno? No del todo. En una visión no cristiana que compartiese en parte esta visión hasta aquí, quizás. Es cierto que podríamos hablar de la “pura contemplación” de la realidad tal cual es, por más que resultase ser en verdad una realidad fría y oscura, vacía incluso de significado, como hacía el cientificista Jacques Monod (2) o ciertas escuelas del budismo Theravada que entienden que la iluminación última sería entender, casi como Monod, que en realidad nada en absoluto existe (3). En su intención de conocer la realidad tal cual es más allá de nuestros deseos, es mi opinión que aquellos eran intentos de una gran honestidad. Pero en la visión de John Main, monje cristiano católico benedictino, para decirlo todo, no sería así, sino que llegado cierto punto del viaje interior uno podría llegar a descubrir al Ser más allá de todo, de alguna manera seguramente imposible de comprender y expresar, pero como Amor, y esto de manera experiencial, lo cual confirmaría para uno mismo lo dicho por Cristo. Y eso vuelve a dar valor, no a nuestra incesante vorágine mental, sino a nuestra realidad personal como seres humanos. A partir de ahí y en ese punto del viaje, quizás porque todo existe en el Ser como dirían los antiguos, y por lo mismo el Ser sería, como diría la física cuántica, “no local”, podría uno “presentir” por así decirlo, el Amor de Dios, en todo cuanto existe (4) …

Bien, ¿qué tiene todo esto que ver con la IA, anunciada en el título de este artículo? Pues que esta herramienta electrónica digital que es la llamada “Inteligencia Artificial”, que lo está invadiendo todo, y que promete hacer más que nadie, y hacerlo todo mejor que nadie, nos sitúa en una realidad donde sólo importa lo físico y mensurable. Algunos dicen que la IA puede sustituir a cualquier trabajador porque puede hacer lo mismo que cualquier humano, e incluso mejor y con más productividad. Bien, no lo sé, incluso, digamos que admitimos eso. El problema es que estamos concibiendo al ser humano solamente como objeto de producción, y lo estamos interiorizando, que es peor. Y esto alcanza también el mundo de la educación, en todos los niveles, también el universitario: la IA puede hacer mis tareas, mis investigaciones, mis tesis, etc. No se trata de condenar a la IA, y voy a poner de entrada una imagen hecha con IA para demostrarlo, ese no es el punto. El punto es no perder de vista que no somos una herramienta de producción. Quizás los poderosos nos vean así, es probable. Pero no dejemos que nos lo hagan creer. Desde mi punto de vista, el verdadero problema es espiritual. La IA podría quizás darme todas las respuestas (supuestamente y con mil matices), podría quizás hacer mis trabajos, podría quizás (o quieren que lo haga) pensar por mí, pero lo que jamás podrá hacer, incluso aunque hipotéticamente pudiera adquirir autoconciencia propia (cosa que está por ver si es posible), es hacer mi viaje espiritual interior por mí mismo.

 


(1). «Si nuestra fuerza motriz es la voluntad propia, vivimos en la prisión de nuestros propios deseos y decepciones. Si, por el contrario, nos hemos apartado de esta fuerza y ​​nos motiva la voluntad divina, nos vemos inmersos en una libertad sin fronteras en la que todo en nuestra experiencia se transforma en un don con revelaciones. Pero quienes nos hemos formado en un vocabulario religioso tradicional necesitamos recordar la libertad infinita que implica una frase como «la voluntad divina». Es fácil limitar esta voluntad por analogía con nuestros propios deseos, necesidades y anhelos. […] La experiencia real de nuestro potencial para la ausencia de ego —nuestra meditación— es, por lo tanto, vital para ordenar correctamente nuestras perspectivas sobre la realidad. Solo cuando iniciamos el camino para alejarnos del egoísmo podemos construir un lenguaje religioso que realmente tenga sentido. Desde la base del conocimiento espiritual sabemos que hablar de la voluntad divina no es hablar de lo que Dios quiere, sino hablar de lo que Él es. Entonces también comprenderemos lo que Dante quiso decir en su gran dicho: «En su voluntad está nuestra paz». ¿Qué es la voluntad divina? Es, sencillamente, amor» J. Main, The present Christ, Darton, Longman and Todd Ltd, London 1994, pp. 80-81 (traducción propia).

(2). «Esta idea austera y fría, que no propone ninguna explicación, pero que impone un ascético renunciamiento a cualquier otro sustento espiritual, no podía calmar la angustia innata; al contrario, la exasperaba […] Si acepta este mensaje en su entera significación, le es muy necesario al hombre despertar de su sueño milenario para descubrir su soledad total, su radical foraneidad. Él sabe ahora que, como un zíngaro, está al margen del universo donde debe vivir. Universo sordo a su música, indiferente a sus esperanzas, a sus sufrimientos y a sus crímenes» J. Monod, El azar y la necesidad, Ediciones Orbis, Barcelona 1986, pp. 160-162.

(3). «En el caso del budismo, encontramos una vez más una divergencia de puntos de vista en la comprensión del nirvana final de Buda. Una escuela de pensamiento —principalmente en la antigua escuela india Vaibhasika [Theravada]— sostiene que el nirvana de Buda constituye el fin de su existencia. Así como su surgimiento fue un hecho histórico, su fallecimiento fue un hecho histórico; la vida de Buda comenzó y terminó allí. El nirvana final se considera como el último momento de una llama. Cuando se extingue la llama, ese es el final de la llama; hay una nada total. Incluso la continuación de la conciencia de Buda cesa. Los seguidores de la escuela Vaibhasika sostienen que la conciencia, aunque no tiene principio, tiene un fin. Puede dejar de existir» L. Freeman, G. Thupten Jinpa, R. Kiely, Dalai Lama, The good heart, A Buddhist perspective on the teachings of Jesus, Wisdom Publications, Somerville 1998, p. 119 (traducción propia).

(4). «Porque estamos arraigados en el amor, lo único que nos importa es el amor. No nos preocupa proyectar la imagen correcta de nosotros mismos y, sobre todo, no intentamos ser “aceptables” para los demás. La verdad que conocemos, y sabemos con absoluta certeza, es que somos “aceptados”. La verdad, y esta es una verdad que todos podemos descubrir, es que somos infinitamente dignos de amor. Y no solo infinitamente dignos de amor, sino infinitamente amados. Sin embargo, debemos experimentarlo por nosotros mismos. Nuestro escepticismo moderno revela nuestra incapacidad para confiar. Detrás de esto se encuentra la erosión de la fe causada por la falta de experiencia personal. Cuando el hilo entre la fe y la experiencia se vuelve demasiado delgado, sentimos, con toda razón, que estamos al borde del colapso. Por lo tanto, debemos conocer nuestro verdadero valor, nuestro valor digno de amor, con la certeza personal que nace de la experiencia que florece en nuestros propios corazones. A esto nos lleva la peregrinación de la meditación. Cuando meditamos, fijamos toda nuestra atención en lo que es y en lo que es esencial. La esencia de la vida radica en nuestra unión con el Creador. La esencia de la visión cristiana es que el Espíritu de Dios mora en nuestro corazón. Es un espíritu de compasión, comprensión, perdón y amor. En la meditación, nos experimentamos amados, perdonados y aceptados, no solo como personas apenas aceptables. Al comprender esto en nuestra relación con Dios, no necesitamos esforzarnos por ser aceptables para los demás» J. Main, The heart of Creation, The Canterbury Press Norwich, London 2007, pp. 85-86 (traducción propia).

John Main, el viaje interior y la IA

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«La IA podría quizás darme todas las respuestas, pero jamás podrá hacer mi viaje espiritual interior.»

Uno de los autores, espiritual y místico, que más he estudiado, ha sido John Main OSB. Conocido sobre todo por lo que él denominó como “meditación cristiana”, y que, aparentemente, a nivel práctico, consistiría en “repetir una palabra sagrada”, pero que, en su esencia y profundidad, es mi opinión después de largo estudio y la cual ya había mostrado aquí en un artículo anterior, consistiría en efectiva y positivamente querer entregarse a sí mismo totalmente en la recitación en sí misma, al Ser, por amor. De forma sencilla, sólo “perdiéndose a uno mismo en la recitación”.

Bien, esta práctica aparentemente sencilla, contiene intuiciones muy interesantes, de las cuales John Main era perfectamente consciente. En primer lugar, John Main sabía que uno de los principales peligros en la vida espiritual humana es confundir lo divino con uno mismo, con los propios pensamientos, ideas, deseos, o incluso miedos y fobias… No somos conscientes de la trascendencia de esto. ¿Cuántos, de cualquier religión, no han hecho barbaridades creyendo incluso sinceramente que “Dios lo quería así”? ¿no eran más bien sus propios deseos egocéntricos y egoístas los que querían tales cosas? ¿y quiénes “cumplen” por una recompensa, a veces incluso entendida en sentido material ya sea en esta vida o en la otra? ¿cómo podríamos saber entonces qué quiere Dios realmente en sí? Bueno, en esto, John Main era cristiano, y por tanto entendía que, a partir del hecho objetivo de la vida de Cristo, podemos saber que Dios es Amor, como Cristo nos mostró. Pero, dicho eso de base, después, la inmensa precaución respecto de uno mismo, debe permanecer. Respecto de este inmenso peligro siempre presente en la vida espiritual humana, John Main sabía que en el “repetir nuestra palabra sagrada” uno dejaba al margen el mundo de la mente discursiva, y por eso mismo se alejaba de ese peligro (1).

Pero, a su vez, esa visión nos introducía en una perspectiva de la vida espiritual como aventura y viaje interior. Hay que “salirse de uno mismo”, “dejarse atrás a uno mismo”, para “abrirse a lo que ES”, al Ser. El verdadero Dios por lo dicho tiene que estar más allá de mí y de mis ideas miedos o deseos. Porque en el fondo, y esto es metafísica clásica de siempre, desde los Padres de la Iglesia hasta Santo Tomás de Aquino, vivimos como si lo más importante fuera nuestro mundo mental, pero en realidad es al revés, lo único que existe es el Ser que está más allá de mi mundo mental, mientras que mi mundo mental es caduco, digo más, excesivamente caduco, casi cada diez minutos puede cambiar de forma constante y completa…

Pero alguien podría decir, ¿significaría eso que “lo humano”, que es en buena medida ese “mundo mental”, no tendría ningún valor absoluto o valor alguno? No del todo. En una visión no cristiana que compartiese en parte esta visión hasta aquí, quizás. Es cierto que podríamos hablar de la “pura contemplación” de la realidad tal cual es, por más que resultase ser en verdad una realidad fría y oscura, vacía incluso de significado, como hacía el cientificista Jacques Monod (2) o ciertas escuelas del budismo Theravada que entienden que la iluminación última sería entender, casi como Monod, que en realidad nada en absoluto existe (3). En su intención de conocer la realidad tal cual es más allá de nuestros deseos, es mi opinión que aquellos eran intentos de una gran honestidad. Pero en la visión de John Main, monje cristiano católico benedictino, para decirlo todo, no sería así, sino que llegado cierto punto del viaje interior uno podría llegar a descubrir al Ser más allá de todo, de alguna manera seguramente imposible de comprender y expresar, pero como Amor, y esto de manera experiencial, lo cual confirmaría para uno mismo lo dicho por Cristo. Y eso vuelve a dar valor, no a nuestra incesante vorágine mental, sino a nuestra realidad personal como seres humanos. A partir de ahí y en ese punto del viaje, quizás porque todo existe en el Ser como dirían los antiguos, y por lo mismo el Ser sería, como diría la física cuántica, “no local”, podría uno “presentir” por así decirlo, el Amor de Dios, en todo cuanto existe (4) …

Bien, ¿qué tiene todo esto que ver con la IA, anunciada en el título de este artículo? Pues que esta herramienta electrónica digital que es la llamada “Inteligencia Artificial”, que lo está invadiendo todo, y que promete hacer más que nadie, y hacerlo todo mejor que nadie, nos sitúa en una realidad donde sólo importa lo físico y mensurable. Algunos dicen que la IA puede sustituir a cualquier trabajador porque puede hacer lo mismo que cualquier humano, e incluso mejor y con más productividad. Bien, no lo sé, incluso, digamos que admitimos eso. El problema es que estamos concibiendo al ser humano solamente como objeto de producción, y lo estamos interiorizando, que es peor. Y esto alcanza también el mundo de la educación, en todos los niveles, también el universitario: la IA puede hacer mis tareas, mis investigaciones, mis tesis, etc. No se trata de condenar a la IA, y voy a poner de entrada una imagen hecha con IA para demostrarlo, ese no es el punto. El punto es no perder de vista que no somos una herramienta de producción. Quizás los poderosos nos vean así, es probable. Pero no dejemos que nos lo hagan creer. Desde mi punto de vista, el verdadero problema es espiritual. La IA podría quizás darme todas las respuestas (supuestamente y con mil matices), podría quizás hacer mis trabajos, podría quizás (o quieren que lo haga) pensar por mí, pero lo que jamás podrá hacer, incluso aunque hipotéticamente pudiera adquirir autoconciencia propia (cosa que está por ver si es posible), es hacer mi viaje espiritual interior por mí mismo.

 


(1). «Si nuestra fuerza motriz es la voluntad propia, vivimos en la prisión de nuestros propios deseos y decepciones. Si, por el contrario, nos hemos apartado de esta fuerza y ​​nos motiva la voluntad divina, nos vemos inmersos en una libertad sin fronteras en la que todo en nuestra experiencia se transforma en un don con revelaciones. Pero quienes nos hemos formado en un vocabulario religioso tradicional necesitamos recordar la libertad infinita que implica una frase como «la voluntad divina». Es fácil limitar esta voluntad por analogía con nuestros propios deseos, necesidades y anhelos. […] La experiencia real de nuestro potencial para la ausencia de ego —nuestra meditación— es, por lo tanto, vital para ordenar correctamente nuestras perspectivas sobre la realidad. Solo cuando iniciamos el camino para alejarnos del egoísmo podemos construir un lenguaje religioso que realmente tenga sentido. Desde la base del conocimiento espiritual sabemos que hablar de la voluntad divina no es hablar de lo que Dios quiere, sino hablar de lo que Él es. Entonces también comprenderemos lo que Dante quiso decir en su gran dicho: «En su voluntad está nuestra paz». ¿Qué es la voluntad divina? Es, sencillamente, amor» J. Main, The present Christ, Darton, Longman and Todd Ltd, London 1994, pp. 80-81 (traducción propia).

(2). «Esta idea austera y fría, que no propone ninguna explicación, pero que impone un ascético renunciamiento a cualquier otro sustento espiritual, no podía calmar la angustia innata; al contrario, la exasperaba […] Si acepta este mensaje en su entera significación, le es muy necesario al hombre despertar de su sueño milenario para descubrir su soledad total, su radical foraneidad. Él sabe ahora que, como un zíngaro, está al margen del universo donde debe vivir. Universo sordo a su música, indiferente a sus esperanzas, a sus sufrimientos y a sus crímenes» J. Monod, El azar y la necesidad, Ediciones Orbis, Barcelona 1986, pp. 160-162.

(3). «En el caso del budismo, encontramos una vez más una divergencia de puntos de vista en la comprensión del nirvana final de Buda. Una escuela de pensamiento —principalmente en la antigua escuela india Vaibhasika [Theravada]— sostiene que el nirvana de Buda constituye el fin de su existencia. Así como su surgimiento fue un hecho histórico, su fallecimiento fue un hecho histórico; la vida de Buda comenzó y terminó allí. El nirvana final se considera como el último momento de una llama. Cuando se extingue la llama, ese es el final de la llama; hay una nada total. Incluso la continuación de la conciencia de Buda cesa. Los seguidores de la escuela Vaibhasika sostienen que la conciencia, aunque no tiene principio, tiene un fin. Puede dejar de existir» L. Freeman, G. Thupten Jinpa, R. Kiely, Dalai Lama, The good heart, A Buddhist perspective on the teachings of Jesus, Wisdom Publications, Somerville 1998, p. 119 (traducción propia).

(4). «Porque estamos arraigados en el amor, lo único que nos importa es el amor. No nos preocupa proyectar la imagen correcta de nosotros mismos y, sobre todo, no intentamos ser “aceptables” para los demás. La verdad que conocemos, y sabemos con absoluta certeza, es que somos “aceptados”. La verdad, y esta es una verdad que todos podemos descubrir, es que somos infinitamente dignos de amor. Y no solo infinitamente dignos de amor, sino infinitamente amados. Sin embargo, debemos experimentarlo por nosotros mismos. Nuestro escepticismo moderno revela nuestra incapacidad para confiar. Detrás de esto se encuentra la erosión de la fe causada por la falta de experiencia personal. Cuando el hilo entre la fe y la experiencia se vuelve demasiado delgado, sentimos, con toda razón, que estamos al borde del colapso. Por lo tanto, debemos conocer nuestro verdadero valor, nuestro valor digno de amor, con la certeza personal que nace de la experiencia que florece en nuestros propios corazones. A esto nos lleva la peregrinación de la meditación. Cuando meditamos, fijamos toda nuestra atención en lo que es y en lo que es esencial. La esencia de la vida radica en nuestra unión con el Creador. La esencia de la visión cristiana es que el Espíritu de Dios mora en nuestro corazón. Es un espíritu de compasión, comprensión, perdón y amor. En la meditación, nos experimentamos amados, perdonados y aceptados, no solo como personas apenas aceptables. Al comprender esto en nuestra relación con Dios, no necesitamos esforzarnos por ser aceptables para los demás» J. Main, The heart of Creation, The Canterbury Press Norwich, London 2007, pp. 85-86 (traducción propia).