El recogimiento de Francisco de Osuna y la meditación zen

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El recogimiento de Osuna busca el silencio interior con el Amante, mientras que el zen persigue el vaciamiento total

Varios autores, a lo largo de las últimas décadas, han querido ver en la forma de oración de la que hablaba el franciscano español Francisco de Osuna (1492-1540), y a la cual él mismo denominó como “recogimiento”, algo asimilable a la forma de meditación budista zen. Sin embargo, la auténtica diferencia no está tanto en posibles análisis abstractos y teóricos como en su práctica y ejecución, lo cual nos abre la puerta a su esencia. Este análisis que nos disponemos a realizar, sea dicho, no es un juicio de valor en sí mismo, sino un análisis que quisiera ser descriptivo.

Lo que dice Francisco de Osuna es que uno sosiegue su mente discursiva, indisciplinada, para poder quedarse en silencio, exterior e interior, con la presencia invisible, pero, a veces experimentada en el corazón, del Amante, que sería Dios [1].

Este esbozo de definición está bastante medido, lo explicamos. Como vemos, el objetivo de Francisco de Osuna no es en sí tener una mente en blanco, pero sí reconoce que la mente discursiva y la imaginación, indisciplinadas, son en primer lugar un estorbo para poder centrarse en Dios. Además, en segundo lugar, reconoce que no es útil pensar demasiado sobre Dios o imaginárselo, en la oración, por un motivo gnoseológico, pues nuestras pequeñas mentes creaturales jamás podrán realmente captar a Dios como es en sí mismo realmente, y podríamos confundirnos y creer que Dios es realmente en sí mismo como nosotros lo imaginamos, cosa que sería un error [2]. El objetivo, como decimos, no sería tener una mente en blanco, porque el objetivo sería realmente poder estar, en calma, con el Amante.

Además, añadimos que la presencia del Amante sería invisible, pero a veces experimentada en el corazón, porque al renunciar a querer aprehenderlo con la mente o la imaginación aceptamos quedarnos con su invisibilidad, en lo que a nuestros ojos de carne o mente humana se refiere, aunque por otro lado precisamente Francisco de Osuna haya sido uno de los más fervorosos defensores de la función positiva en la vida espiritual de los gozoso o consuelos interiores o espirituales. Para Francisco de Osuna pues, esos gozos serían como el “abrazo” interior del Amante [3].

Ahora bien, dicho lo cual, en la meditación budista zen sí se pretende vaciar nuestra mente totalmente, porque, en el fondo, lo que se pretende alcanzar sería lo que el filósofo japonés y practicante del budismo zen, Kitaro Nishida, describió como la “experiencia pura”, esto es, el vaciarse totalmente de lo subjetivo para abrirse a lo que entienden que realmente existiría, lo plenamente objetivo, el mundo de las cosas en sí [4].

Hay quien pudiera decir que en lo que realmente existe, uno podría quizás encontrar a Dios, y es posible que así sea, sin embargo, ese sería un discurso que iría más allá de las pretensiones del presente texto, y queda para otro día.


[1] «La reina de Saba y el rey Salomón se corresponden con dones admirables, tornando a reciprocar el amor en la soledumbre del silencio; habla Dios, no con palabras al corazón, sino con seráficas comunicaciones; háblanse por señas más declaradoras que jamás fueron palabras; y, finalmente, calla Dios y el ánima como amigos que duermen muy seguros en un estrado, a los cuales el amor ha hecho tan conformes, que no salgan de un parecer; en tal manera que lo que hace el uno se diga hacer el otro» Francisco de Osuna, Tercer Abecedario Espiritual, BAC, Madrid, 1972, 591.

[2] «ca entender y no amar fué el error de aquellos que, como conociesen a Dios, no lo glorificaron como a Dios, mas desvanecieron en sus pensamientos. ¡Oh, cuán muchos que son vistos perseguir los errores se ciegan con éste, y, por ventura, no se puede hallar otro peor que éste! Así que Dios es visto de los que lo aman con ambos ojos, empero con el derecho, que es el del amor, se hiere, porque donde no alcanza el entendimiento penetra el amor» Francisco de Osuna, Ley de Amor Santo [Cuarto Abecedario Espiritual], en: Místicos franciscanos españoles, BAC, Madrid, 1948, 461.

[3] «Es de tanta excelencia el gusto espiritual, que pienso ser casi imposible que no lo alabe el que lo ha tenido; y conoce tener este gusto una contraria condición a los manjares de la tierra; ca si alguno ha comido en cantidad de los terrenos manjares, luego juzgamos que no habrá hambre; mas habiendo gustado las cosas de Dios, es al revés […] Si gustas en Dios, en tu ánima tienes la mayor señal que pueda ser del supremo amor de Dios» Francisco de Osuna, Tercer Abecedario Espiritual, 388-389.

[4] Cf. Nishida, K., La logica del luogo e la visione religiosa del mondo, Epos, Palermo, 2005, 19.

El recogimiento de Francisco de Osuna y la meditación zen

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El recogimiento de Osuna busca el silencio interior con el Amante, mientras que el zen persigue el vaciamiento total

Varios autores, a lo largo de las últimas décadas, han querido ver en la forma de oración de la que hablaba el franciscano español Francisco de Osuna (1492-1540), y a la cual él mismo denominó como “recogimiento”, algo asimilable a la forma de meditación budista zen. Sin embargo, la auténtica diferencia no está tanto en posibles análisis abstractos y teóricos como en su práctica y ejecución, lo cual nos abre la puerta a su esencia. Este análisis que nos disponemos a realizar, sea dicho, no es un juicio de valor en sí mismo, sino un análisis que quisiera ser descriptivo.

Lo que dice Francisco de Osuna es que uno sosiegue su mente discursiva, indisciplinada, para poder quedarse en silencio, exterior e interior, con la presencia invisible, pero, a veces experimentada en el corazón, del Amante, que sería Dios [1].

Este esbozo de definición está bastante medido, lo explicamos. Como vemos, el objetivo de Francisco de Osuna no es en sí tener una mente en blanco, pero sí reconoce que la mente discursiva y la imaginación, indisciplinadas, son en primer lugar un estorbo para poder centrarse en Dios. Además, en segundo lugar, reconoce que no es útil pensar demasiado sobre Dios o imaginárselo, en la oración, por un motivo gnoseológico, pues nuestras pequeñas mentes creaturales jamás podrán realmente captar a Dios como es en sí mismo realmente, y podríamos confundirnos y creer que Dios es realmente en sí mismo como nosotros lo imaginamos, cosa que sería un error [2]. El objetivo, como decimos, no sería tener una mente en blanco, porque el objetivo sería realmente poder estar, en calma, con el Amante.

Además, añadimos que la presencia del Amante sería invisible, pero a veces experimentada en el corazón, porque al renunciar a querer aprehenderlo con la mente o la imaginación aceptamos quedarnos con su invisibilidad, en lo que a nuestros ojos de carne o mente humana se refiere, aunque por otro lado precisamente Francisco de Osuna haya sido uno de los más fervorosos defensores de la función positiva en la vida espiritual de los gozoso o consuelos interiores o espirituales. Para Francisco de Osuna pues, esos gozos serían como el “abrazo” interior del Amante [3].

Ahora bien, dicho lo cual, en la meditación budista zen sí se pretende vaciar nuestra mente totalmente, porque, en el fondo, lo que se pretende alcanzar sería lo que el filósofo japonés y practicante del budismo zen, Kitaro Nishida, describió como la “experiencia pura”, esto es, el vaciarse totalmente de lo subjetivo para abrirse a lo que entienden que realmente existiría, lo plenamente objetivo, el mundo de las cosas en sí [4].

Hay quien pudiera decir que en lo que realmente existe, uno podría quizás encontrar a Dios, y es posible que así sea, sin embargo, ese sería un discurso que iría más allá de las pretensiones del presente texto, y queda para otro día.


[1] «La reina de Saba y el rey Salomón se corresponden con dones admirables, tornando a reciprocar el amor en la soledumbre del silencio; habla Dios, no con palabras al corazón, sino con seráficas comunicaciones; háblanse por señas más declaradoras que jamás fueron palabras; y, finalmente, calla Dios y el ánima como amigos que duermen muy seguros en un estrado, a los cuales el amor ha hecho tan conformes, que no salgan de un parecer; en tal manera que lo que hace el uno se diga hacer el otro» Francisco de Osuna, Tercer Abecedario Espiritual, BAC, Madrid, 1972, 591.

[2] «ca entender y no amar fué el error de aquellos que, como conociesen a Dios, no lo glorificaron como a Dios, mas desvanecieron en sus pensamientos. ¡Oh, cuán muchos que son vistos perseguir los errores se ciegan con éste, y, por ventura, no se puede hallar otro peor que éste! Así que Dios es visto de los que lo aman con ambos ojos, empero con el derecho, que es el del amor, se hiere, porque donde no alcanza el entendimiento penetra el amor» Francisco de Osuna, Ley de Amor Santo [Cuarto Abecedario Espiritual], en: Místicos franciscanos españoles, BAC, Madrid, 1948, 461.

[3] «Es de tanta excelencia el gusto espiritual, que pienso ser casi imposible que no lo alabe el que lo ha tenido; y conoce tener este gusto una contraria condición a los manjares de la tierra; ca si alguno ha comido en cantidad de los terrenos manjares, luego juzgamos que no habrá hambre; mas habiendo gustado las cosas de Dios, es al revés […] Si gustas en Dios, en tu ánima tienes la mayor señal que pueda ser del supremo amor de Dios» Francisco de Osuna, Tercer Abecedario Espiritual, 388-389.

[4] Cf. Nishida, K., La logica del luogo e la visione religiosa del mondo, Epos, Palermo, 2005, 19.