Los bienes relacionales: un resultado del capital social

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El capital social no solo facilita la cooperación: también genera bienes relacionales como la amistad, el amor mutuo, el compañerismo y el sentido de pertenencia.

La teoría del capital social parte de una idea relativamente sencilla, aunque sus implicaciones son profundas: la actividad económica no se desarrolla al margen de la sociedad (Pena-López y Membiela Pollán, 2024). Las decisiones de los individuos están imbricadas en redes de relaciones y se ven afectadas por normas, valores, confianza y compromisos que facilitan —o dificultan— la cooperación. En este sentido, el capital social incorpora al análisis económico una parte de esa dimensión social que los modelos más estrictamente individualistas tienden a dejar en un segundo plano.

Ahora bien, los efectos del capital social no son exclusivamente instrumentales. Las relaciones nos permiten acceder a información, encontrar empleo, reducir costes de transacción o cooperar para alcanzar determinados objetivos. Pero también poseen una dimensión expresiva: nos relacionamos porque la propia relación puede constituir una fuente de bienestar. Es aquí donde adquiere particular interés el concepto de bien relacional.

Benedetto Gui (2000) define los bienes relacionales como outputs intangibles, de naturaleza comunicativa y afectiva, producidos a través de los encuentros interpersonales. La amistad, el amor mutuo, el compañerismo, el reconocimiento, el sentimiento de pertenencia, la aprobación social o el soporte emocional constituyen algunos de sus ejemplos. No son simplemente consecuencias externas de una relación: el bien reside en la propia relación.

Esta perspectiva permite considerar los bienes relacionales como uno de los outputs o resultados del capital social. Y podemos hacerlo atendiendo a dos de sus componentes fundamentales: el estructural, constituido por las redes y relaciones sociales, y el cognitivo, integrado por normas, valores, actitudes y motivaciones.

Las redes: la infraestructura de los bienes relacionales

La primera relación resulta evidente. Sin encuentro no existe bien relacional. Familia, amistades, grupos de pares, asociaciones, iglesia, actividades deportivas, comunidad o lugar de trabajo constituyen espacios en los que potencialmente se producen y consumen estos bienes.

La simultaneidad y la reciprocidad, características propias de los bienes relacionales, hacen de la interacción un requisito para su existencia. A diferencia de un bien convencional, no podemos producir amistad, compañerismo o reconocimiento en solitario para que otro individuo los consuma posteriormente. Quienes participan en la relación intervienen, aunque no necesariamente de forma simétrica, en su producción y consumo.

De ahí que las organizaciones propias de la sociedad civil —familia, comunidad, asociaciones o tercer sector— puedan entenderse como una verdadera infraestructura para la producción de bienes relacionales (Sacco, Vanin y Zamagni, 2006). Cuanto mayor sea la riqueza y frecuencia de los encuentros, mayores serán, potencialmente, las oportunidades para que estos bienes aparezcan.

El razonamiento también funciona en sentido contrario. El debilitamiento de determinados lazos familiares, comunitarios y asociativos, vinculado en la literatura al avance del individualismo y el materialismo, puede reducir los espacios de producción y consumo relacional (Putnam, 2000; Bartolini, 2007; Pugno, 2007). Esta cuestión resulta especialmente interesante porque permite entender cómo una sociedad puede enriquecerse materialmente y, simultáneamente, empobrecerse en algunos aspectos de su vida relacional.

No debemos pensar, por otra parte, que los bienes relacionales pertenecen únicamente a ámbitos ajenos al mercado. Toda interacción económica es también, de algún modo, una interacción social. Gui (2000) pone ejemplos tan cotidianos como un establecimiento de barrio. Junto al intercambio de un bien o servicio pueden aparecer conversación, familiaridad, reconocimiento o confianza como resultado de encuentros anteriores. A la salida instrumental de la transacción se añade entonces otra, intangible, de carácter comunicativo y afectivo.

Normas y valores: no toda relación es igual

Pero disponer de una extensa red de relaciones no garantiza por sí mismo la producción de bienes relacionales de calidad. Aquí interviene el segundo componente del capital social: su dimensión cognitiva, formada por normas, valores, confianza, actitudes y motivaciones.

Los bienes relacionales adquieren valor a partir de la autenticidad y la sinceridad. En ellos no basta la interacción: importan también las intenciones de quienes interactúan. Bruni (2007) emplea el concepto de gratuidad para expresar esta particularidad. La relación constituye un bien cuando no se utiliza exclusivamente como instrumento para conseguir otra cosa, sino que posee valor en sí misma.

De ahí la importancia de las motivaciones intrínsecas. Nussbaum (1995 [1986]) relaciona bienes como la amistad y el amor mutuo con cualidades como la generosidad, la justicia y la amabilidad; mientras que Gui (2000) señala como inputs de los bienes relacionales las motivaciones, las actitudes y la simpatía. Todos estos elementos favorecen la confianza y la cooperación y, con ellas, la producción de bienes relacionales.

También importa que normas y valores sean compartidos. Los grupos se articulan habitualmente en torno a un conjunto de normas, intereses y valores comunes (Coleman, 1988). Esta coincidencia facilita la identificación, la correspondencia de sentimientos y la conciencia de pertenencia.

Sin embargo, conviene introducir una precisión importante: que los valores sean compartidos no significa necesariamente que sean prosociales. Una red puede ser muy cohesionada y estar dotada de fuertes normas internas y, al mismo tiempo, generar efectos negativos sobre otras personas o sobre la sociedad. Por ello, la cantidad de capital social no puede desligarse completamente de su calidad.

Una dimensión frecuentemente olvidada del bienestar

Esta relación entre capital social y bienes relacionales permite ampliar la forma en que interpretamos el bienestar. El capital social no constituye únicamente un medio para alcanzar recursos materiales o facilitar la cooperación. La relacionalidad y la sociabilidad generan también resultados expresivos que tienen valor para las personas.

Las redes proporcionan el espacio del encuentro; las normas, valores y motivaciones condicionan su calidad; y de la interacción entre ambos componentes pueden emerger amistad, confianza, afecto, reconocimiento, identidad o pertenencia.

Los bienes relacionales son, desde esta perspectiva, una de las vías mediante las cuales el capital social se transforma en bienestar.

Y quizá aquí se encuentre una de las cuestiones que merece mayor atención en las sociedades contemporáneas. El progreso material amplía extraordinariamente nuestra capacidad para producir y consumir bienes y servicios, pero no garantiza por sí mismo una mejora equivalente de nuestra vida relacional. La amistad, la confianza, el reconocimiento o el sentimiento de pertenencia difícilmente pueden adquirirse en el mercado: necesitan encuentros, reciprocidad, tiempo y determinadas disposiciones hacia los demás.

La riqueza de una sociedad, por tanto, no reside únicamente en los bienes que produce, sino también en la calidad de las relaciones que es capaz de generar y conservar.

Referencias

Bartolini, S. (2007). Why are people so unhappy? Why do they strive so hard for money? Competing explanations of the broken promises of economic growth. In L. Bruni & P. L. Porta (Eds.), Handbook on the economics of happiness. Edward Elgar Publishing.

Becchetti, L., Pelloni, A., & Rossetti, F. (2008). Relational goods, sociability, and happiness. Kyklos, 61(3), 343–363. 

Bruni, L. (2007). The “technology of happiness” and the tradition of economic science. In L. Bruni & P. L. Porta (Eds.), Handbook on the economics of happiness (pp. 24–53). Edward Elgar Publishing.

Coleman, J. S. (1988). Social capital in the creation of human capital. American Journal of Sociology, 94, S95–S120.

Gui, B. (2000). Beyond transactions: On the interpersonal dimension of economic reality. Annals of Public and Cooperative Economics, 71(2), 139–169. 

Nussbaum, M. C. (1995). La fragilidad del bien: Fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega. Visor. (Trabajo original publicado en 1986).

Pena-López, A., & Membiela-Pollán, M. (2024). Economics of social relations: Critical perspectives on social capital. Taylor & Francis.

Pugno, M. (2007). The subjective well-being paradox: A suggested solution based on relational goods. In L. Bruni & P. L. Porta (Eds.), Handbook on the economics of happiness (pp. 263–290). Edward Elgar Publishing.

Putnam, R. D. (2000). Bowling alone: The collapse and revival of American community. Simon & Schuster.

Sacco, P. L., Vanin, P., & Zamagni, S. (2006). The economics of human relationships. In S.-C. Kolm & J. M. Ythier (Eds.), Handbook of the economics of giving, altruism and reciprocity (Vol. 1, pp. 695–730). Elsevier.

Los bienes relacionales: un resultado del capital social

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El capital social no solo facilita la cooperación: también genera bienes relacionales como la amistad, el amor mutuo, el compañerismo y el sentido de pertenencia.

La teoría del capital social parte de una idea relativamente sencilla, aunque sus implicaciones son profundas: la actividad económica no se desarrolla al margen de la sociedad (Pena-López y Membiela Pollán, 2024). Las decisiones de los individuos están imbricadas en redes de relaciones y se ven afectadas por normas, valores, confianza y compromisos que facilitan —o dificultan— la cooperación. En este sentido, el capital social incorpora al análisis económico una parte de esa dimensión social que los modelos más estrictamente individualistas tienden a dejar en un segundo plano.

Ahora bien, los efectos del capital social no son exclusivamente instrumentales. Las relaciones nos permiten acceder a información, encontrar empleo, reducir costes de transacción o cooperar para alcanzar determinados objetivos. Pero también poseen una dimensión expresiva: nos relacionamos porque la propia relación puede constituir una fuente de bienestar. Es aquí donde adquiere particular interés el concepto de bien relacional.

Benedetto Gui (2000) define los bienes relacionales como outputs intangibles, de naturaleza comunicativa y afectiva, producidos a través de los encuentros interpersonales. La amistad, el amor mutuo, el compañerismo, el reconocimiento, el sentimiento de pertenencia, la aprobación social o el soporte emocional constituyen algunos de sus ejemplos. No son simplemente consecuencias externas de una relación: el bien reside en la propia relación.

Esta perspectiva permite considerar los bienes relacionales como uno de los outputs o resultados del capital social. Y podemos hacerlo atendiendo a dos de sus componentes fundamentales: el estructural, constituido por las redes y relaciones sociales, y el cognitivo, integrado por normas, valores, actitudes y motivaciones.

Las redes: la infraestructura de los bienes relacionales

La primera relación resulta evidente. Sin encuentro no existe bien relacional. Familia, amistades, grupos de pares, asociaciones, iglesia, actividades deportivas, comunidad o lugar de trabajo constituyen espacios en los que potencialmente se producen y consumen estos bienes.

La simultaneidad y la reciprocidad, características propias de los bienes relacionales, hacen de la interacción un requisito para su existencia. A diferencia de un bien convencional, no podemos producir amistad, compañerismo o reconocimiento en solitario para que otro individuo los consuma posteriormente. Quienes participan en la relación intervienen, aunque no necesariamente de forma simétrica, en su producción y consumo.

De ahí que las organizaciones propias de la sociedad civil —familia, comunidad, asociaciones o tercer sector— puedan entenderse como una verdadera infraestructura para la producción de bienes relacionales (Sacco, Vanin y Zamagni, 2006). Cuanto mayor sea la riqueza y frecuencia de los encuentros, mayores serán, potencialmente, las oportunidades para que estos bienes aparezcan.

El razonamiento también funciona en sentido contrario. El debilitamiento de determinados lazos familiares, comunitarios y asociativos, vinculado en la literatura al avance del individualismo y el materialismo, puede reducir los espacios de producción y consumo relacional (Putnam, 2000; Bartolini, 2007; Pugno, 2007). Esta cuestión resulta especialmente interesante porque permite entender cómo una sociedad puede enriquecerse materialmente y, simultáneamente, empobrecerse en algunos aspectos de su vida relacional.

No debemos pensar, por otra parte, que los bienes relacionales pertenecen únicamente a ámbitos ajenos al mercado. Toda interacción económica es también, de algún modo, una interacción social. Gui (2000) pone ejemplos tan cotidianos como un establecimiento de barrio. Junto al intercambio de un bien o servicio pueden aparecer conversación, familiaridad, reconocimiento o confianza como resultado de encuentros anteriores. A la salida instrumental de la transacción se añade entonces otra, intangible, de carácter comunicativo y afectivo.

Normas y valores: no toda relación es igual

Pero disponer de una extensa red de relaciones no garantiza por sí mismo la producción de bienes relacionales de calidad. Aquí interviene el segundo componente del capital social: su dimensión cognitiva, formada por normas, valores, confianza, actitudes y motivaciones.

Los bienes relacionales adquieren valor a partir de la autenticidad y la sinceridad. En ellos no basta la interacción: importan también las intenciones de quienes interactúan. Bruni (2007) emplea el concepto de gratuidad para expresar esta particularidad. La relación constituye un bien cuando no se utiliza exclusivamente como instrumento para conseguir otra cosa, sino que posee valor en sí misma.

De ahí la importancia de las motivaciones intrínsecas. Nussbaum (1995 [1986]) relaciona bienes como la amistad y el amor mutuo con cualidades como la generosidad, la justicia y la amabilidad; mientras que Gui (2000) señala como inputs de los bienes relacionales las motivaciones, las actitudes y la simpatía. Todos estos elementos favorecen la confianza y la cooperación y, con ellas, la producción de bienes relacionales.

También importa que normas y valores sean compartidos. Los grupos se articulan habitualmente en torno a un conjunto de normas, intereses y valores comunes (Coleman, 1988). Esta coincidencia facilita la identificación, la correspondencia de sentimientos y la conciencia de pertenencia.

Sin embargo, conviene introducir una precisión importante: que los valores sean compartidos no significa necesariamente que sean prosociales. Una red puede ser muy cohesionada y estar dotada de fuertes normas internas y, al mismo tiempo, generar efectos negativos sobre otras personas o sobre la sociedad. Por ello, la cantidad de capital social no puede desligarse completamente de su calidad.

Una dimensión frecuentemente olvidada del bienestar

Esta relación entre capital social y bienes relacionales permite ampliar la forma en que interpretamos el bienestar. El capital social no constituye únicamente un medio para alcanzar recursos materiales o facilitar la cooperación. La relacionalidad y la sociabilidad generan también resultados expresivos que tienen valor para las personas.

Las redes proporcionan el espacio del encuentro; las normas, valores y motivaciones condicionan su calidad; y de la interacción entre ambos componentes pueden emerger amistad, confianza, afecto, reconocimiento, identidad o pertenencia.

Los bienes relacionales son, desde esta perspectiva, una de las vías mediante las cuales el capital social se transforma en bienestar.

Y quizá aquí se encuentre una de las cuestiones que merece mayor atención en las sociedades contemporáneas. El progreso material amplía extraordinariamente nuestra capacidad para producir y consumir bienes y servicios, pero no garantiza por sí mismo una mejora equivalente de nuestra vida relacional. La amistad, la confianza, el reconocimiento o el sentimiento de pertenencia difícilmente pueden adquirirse en el mercado: necesitan encuentros, reciprocidad, tiempo y determinadas disposiciones hacia los demás.

La riqueza de una sociedad, por tanto, no reside únicamente en los bienes que produce, sino también en la calidad de las relaciones que es capaz de generar y conservar.

Referencias

Bartolini, S. (2007). Why are people so unhappy? Why do they strive so hard for money? Competing explanations of the broken promises of economic growth. In L. Bruni & P. L. Porta (Eds.), Handbook on the economics of happiness. Edward Elgar Publishing.

Becchetti, L., Pelloni, A., & Rossetti, F. (2008). Relational goods, sociability, and happiness. Kyklos, 61(3), 343–363. 

Bruni, L. (2007). The “technology of happiness” and the tradition of economic science. In L. Bruni & P. L. Porta (Eds.), Handbook on the economics of happiness (pp. 24–53). Edward Elgar Publishing.

Coleman, J. S. (1988). Social capital in the creation of human capital. American Journal of Sociology, 94, S95–S120.

Gui, B. (2000). Beyond transactions: On the interpersonal dimension of economic reality. Annals of Public and Cooperative Economics, 71(2), 139–169. 

Nussbaum, M. C. (1995). La fragilidad del bien: Fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega. Visor. (Trabajo original publicado en 1986).

Pena-López, A., & Membiela-Pollán, M. (2024). Economics of social relations: Critical perspectives on social capital. Taylor & Francis.

Pugno, M. (2007). The subjective well-being paradox: A suggested solution based on relational goods. In L. Bruni & P. L. Porta (Eds.), Handbook on the economics of happiness (pp. 263–290). Edward Elgar Publishing.

Putnam, R. D. (2000). Bowling alone: The collapse and revival of American community. Simon & Schuster.

Sacco, P. L., Vanin, P., & Zamagni, S. (2006). The economics of human relationships. In S.-C. Kolm & J. M. Ythier (Eds.), Handbook of the economics of giving, altruism and reciprocity (Vol. 1, pp. 695–730). Elsevier.