Para quienes, según se atribuye a Chesterton, en la iglesia se quitan el sombrero pero no la cabeza, por católica que sea su mentalidad, la reciente abundancia de documentos pontificios sobre temas variados, a veces demasiado concretos, su tono «positivo», abren la puerta a cuatro grandes problemas. Primero, hasta donde debemos seguir al Papa; segundo, la escasa presencia del derecho natural en esos documentos; tercero, el escaso papel dejado a nuestra prudencia incluso en temas que por naturaleza son prudenciales; cuarto, y más importante, el deslucido lugar de la libertad humana. Así como tres puntos determinan un plano, estos cuatro —estar con el Papa, derecho natural, enfoque prudencial y libertad— conformarían una mentalidad católica (no sólo estos cuatro, pero dejémoslo ahora). Por la limitación de espacio, ofrecemos a la reflexión sólo unas pinceladas.
Este año ha cumplido diez la encíclica Laudato Si’, que en su día hizo época[1]. Debe considerarse juntamente con la Laudate Deum, sobre la crisis climática, que le siguió en 2023[2]. Son textos altruistas, enérgicas tomas de conciencia que llaman a la acción[3].
En efecto, esos recientes documentos pontificios a veces tratan temas relativamente alejados del núcleo de nuestra fe, y a veces en términos no particularmente católicos. Si se dirige a todos los hombres, no sólo a los cristianos, puede entenderse que argumente en términos no particularmente católicos, pero aparte de la autodevaluación que ello implica (¿qué tendremos que ofrecer, entonces?), uno se pregunta qué grado de asentimiento debe prestar a una argumentación no específicamente católica, aunque venga de un Papa. ¿Hasta dónde llega su autoridad? ¿Nos vincula lo que diga sobre física? Es claro que no. ¿Y sobre motores de combustión? Tampoco. ¿Y sobre la transición energética y las medidas concretas de su puesta en práctica, y concretamente donde vivo yo? (con una visión prudencial, el lugar es muy relevante). ¿Y sobre cómo debe ser el nuevo multilateralismo[4]?
Como norma, para un católico estar con el Papa es lo más recomendable, decía el gran jurista Álvaro d’Ors[5], y en materias de fe, la cosa no merece ser comentada. Pero aquí nos referimos a una situación en la que Roma produce muchos documentos, muy detallados, y quizás sobre temas opinables. En la Laudate Deum son de contenido religioso sólo unos 10 apartados de 73; en el 66 cita a Donna Haraway, autora del Manifiesto Ciborg[6]. Uno se pregunta: ¿puede la transición energética —por ejemplo— llegar a gravar nuestras conciencias? ¿Daremos por indiscutibles unas políticas económicas que nos perjudican seriamente? ¿No estamos viendo ante nuestros ojos hundirse la industria europea del automóvil, ruina segura de muchos cientos de miles de familias?
También es importante cómo sean los documentos en cuestión, «positivos» o «negativos»; últimamente, abundan los positivos. Ejemplo de documento negativo: la Constitución americana, que dice muy poco sobre los estados: marca un límite o techo bajo el cual, mientras lo respeten, pueden hacer lo que deseen (al menos, originalmente). Los negativos son mejores para la libertad. El Derecho debería consistir sobre todo en prohibiciones (y no demasiadas), que es lo más liberal. Una constitución, para proteger nuestra libertad, debería ser más bien negativa —límites al gobierno—; no una guía positiva de las vidas personales. D’Ors veía el Derecho natural como límite, más que como fuente, del Derecho positivo[7]. La Iglesia es la guardiana del Derecho natural, afirmación ahora pacífica porque el derecho natural importa no mucho a no muchos. Ahora bien, la guardiana está bajo la ley de Dios y la ley natural. Y en todo lo que no vaya contra ésta, debería dejársenos libertad, aunque sea para tomar demasiadas cervezas, y, lo que es peor, aunque sean malas.
El calentamiento de la tierra es innegable pero las soluciones nacionales y regionales pueden ser extremadamente distintas, y por tanto las obligaciones concretas de cada persona pueden ir desde muchas hasta ninguna en particular, pasando por zonas medias. Sólo con un enfoque prudencial se puede decidir. ¿Qué es más urgente: implantar zonas de baja emisión o evitar los incendios forestales? Sin duda, lo segundo, diga lo que diga la UE. La pandemia nos enseñó que no todo problema mundial requiere una única respuesta. Las medidas contra ella, carentes de toda prudencia, fueron abstracciones de un poder global gobernando un mundo plano[8]; todos igual de responsables (cosa sencillamente imposible), todo un planeta estornudando con el brazo en idéntica posición, lo que ningún totalitarismo soñó. Un probo funcionario de un gobierno mundial podría hacer más daño que cien Herodes; basta que yerre, pues erraría a escala planetaria. La escala importa; desconfiemos de one size fits all, soluciones universales impuestas por poderes globales no responsables ante nadie. Las decisiones prudenciales, que en estos terrenos son muchas, sólo las puede tomar quien esté a pie de obra, y debe reconocérsele margen de maniobra en vez de imponerle, verticalmente, un esquema de carácter universal.
Las posturas pontificias que analizamos dan la impresión un desconocimiento de fondo de la política (nada grave, si no se introdujeran en ese terreno). Una de las razones de respetar la libertad y el margen de maniobra es la enorme distancia que hay en política entre diagnósticos y soluciones (y ninguno de ambos compete al Romano Pontífice) Ejemplo: ¿qué hará, contra la pena de muerte, un político católico en un país no católico y pro death penalty? Muy sencillo: excepto fomentarla, hará lo que pueda según las reglas de la prudencia. Los cementerios de constituciones están llenos de soluciones erróneas a problemas ciertos. Nunca hay una solución única e indiscutible, y menos, para todo el mundo; optar por una u otra compete a la prudencia del gobernante de cada sitio.
La idea corriente de la obligación idéntica y universal —que todos, sin excusas, pongamos mi granito de arena— en este caso va contra el principio de proporcionalidad y nos hace culpables a nosotros —cuando la gran mayoría no lo somos, porque no hemos decidido nada— pero se vende bien. Si la aceptamos, aceptaremos perder más libertad y considerarnos responsables —mucha gente ya se siente—, aminorando así la responsabilidad de los que pueden quitar o poner no un granito de arena sino una montaña.
Al hombre medio, las grandes políticas mundiales siempre nos las han dado hechas. Culpa, poca tendremos. Pero luego nos tratarán como los responsables, a usted y a mí, de un problema planetario. Es comparable a la crisis del 2008: culpables, los bancos; pagarla, la pagamos todos. En esto, ni la Laudatio Si’ ni la Laudate Deum ayudan mucho: no parecen apostar claramente por la libertad, el legítimo pluralismo ni el margen de apreciación; más bien dejan un regusto a TINA (there is no alternative, Mrs Thatcher), que tendencialmente fomentaría el poder mundial. Laudate Deum, aunque publicada en 2023, sigue a «los científicos» como si no hubiéramos quedado escarmentados del covid. ¿Daremos obligación moral a los trabajos de los científicos? Ni siquiera es indiscutible que el calentamiento se deba a las emisiones (supongo que sí), ni en qué medida. ¿Han sustituido los expertos al juicio humano y al derecho natural? Para algunos, parece que sí.
Se nos pide ahora a los católicos convertir el corazón: el mío ya lo está porque no sé cómo vivirán mis nietos si el calentamiento progresivo sigue como últimamente. Pero una vez convertido mi corazón, ¿qué? ¿Sólo hay una solución? ¿La impondrá un poder mundial que nunca será democrático, tal vez incompetente y tal vez no bien intencionado? Por otra parte, pisemos tierra: ¿para qué tomar medidas tan duras, si sabemos que, aunque España entera se hundiera bajo el mar, las emisiones globales seguirían casi igual? Mientras el corazón que se convierta no sea el de los grandes responsables, será como aligerar la mochila sacando un pequeño guijarro, pero manteniendo una piedra de 50 kilos.
Faltaba hasta ahora en esta discusión la «justicia climática» pero ya está aquí. Ante las justicias con adjetivo, muchos juristas nos ponemos en guardia. (Ésta, al menos, parte de que no todos somos igual de responsables; algo es algo). Pero como toda justicia que no sea sólo retórica política o wishful thinking necesitará un juez, nos preguntamos: ¿quién será? ¿Quién ejecutará sus sentencias?
Dios nos hizo libres[9]; aunque podamos usarla mal, Dios deliberadamente corre el riesgo de nuestra libertad. Acabar con todo posible riesgo implicaría acabar con la libertad; en todo orden social hay que tolerar algo de imperfección. Menos malo sería sufrir el calentamiento con dignidad y libertad que sobrevivir en un falansterio-cárcel digital de autómatas posthumanos. Sería antihumano y, por ende, anticristiano[10].
Rozamos ahora un serio problema que hoy no desarrollaremos: el escaso peso de la libertad en los citados documentos, como en la UE, como en la tendencia general dominante. Poco favor libertatis. Esto parece ser la tendencia mundial Y sin un mínimo de libertad no hay cristianismo porque no hay ni humanismo; ni hacer el bien se puede.
En fin, sentire cum pontifice está bien como norma, pero ¿también si concreta demasiado en temas opinables? ¿O si toma partido? ¿O si vapulea explícitamente a los norteamericanos[11]? ¿Los vapulearía igual si partiera de un enfoque prudencial, negativo y iusnaturalista?
Sugerimos estar con el Papa, bajo el derecho natural, con toda la libertad posible y con prudencia por parte del gobernante y el legislador. No ignoro que mucha gente —quizá la mayoría— tendrá buenas razones para ver las cosas de otra manera.
[1] Carta Encíclica Laudato Si’, sobre el cuidado de la casa común.
[2] Exhortación apostólica Laudate Deum a todas las personas de buena voluntad sobre la crisis climática, 4-X-2023.
[3] La Fratelli Tutti, la Laudato Si’ y la Laudate Deum, al ser muy propositivos tratando materias como éstas, tienen mucho contenido político, económico o de relaciones internacionales. Invitan, así, a un análisis politológico o económico como cualquier documento de esa naturaleza. Y bajo esa lupa pueden resultar no del todo sólidos.
[4] Laudate Deum, “Reconfigurar el multilateralismo”, 37-43.
[5] Conversaciones y cartas con este autor sobre la justicia de la guerra de Irak de 2003.
[6] “Dios nos ha unido a todas sus criaturas. Sin embargo, el paradigma tecnocrático nos puede aislar del mundo que nos rodea, y nos engaña haciéndonos olvidar que todo el mundo es una «zona de contacto» [41]”. Cita 41: “Cf. D.J. Haraway, When Species Meet, Minneapolis 2008, pp. 205-249.” Donna Haraway es famosa por atacar la distinción hombre-animal-máquina (de ahí el título), postura incompatible con cualquier religión. Citándola, Antonio Negri escribió: “ni Dios, ni César, ni el hombre” (Hardt-Negri, Imperio, Barcelona, 2005, p. 111). Entre nosotros, la artista Lara Fluxà dice: “Entiendo lo tecnológico como algo naturalmente humano, y lo humano como naturalmente animal” (en AD, 10 octubre 2025, accesible en internet). Aparte de ser un planteamiento antiteo, post-liberal y post-humano, es manifiestamente contrario a la dignidad humana y al sentido común. Si algo es muy contrario al sentido común, normalmente será contrario al cristianismo.
[7] Álvaro d’Ors, Derecho y Sentido Común, Madrid, Civitas, 1995, passim.
[8] Tomo «mundo plano» de Olivier Roy, L’Aplatissement du Monde. La crise de la culture et l’empire des normes, París, Seuil, 2022.
[9] Declaración de Independencia americana, 1776.
[10] Sobre lo humano y lo cristiano: J. Urteaga, El valor divino de lo humano, Madrid, 1995, 45ª ed.
[11] Laudate Deum, 72: “Si consideramos que las emisiones per cápita en Estados Unidos son alrededor del doble de las de un habitante de China y cerca de siete veces más respecto a la media de los países más pobres, podemos afirmar que un cambio generalizado en el estilo de vida irresponsable ligado al modelo occidental tendría un impacto significativo a largo plazo.” Aparte de la dudosa procedencia de un ataque tan directo, que en realidad valdría casi igual para todo Occidente, ¿a quién encargaremos ese cambio generalizado? ¿A un poder mundial? ¿Suprimiremos la libertad del americano medio? Los bienes consumidos por los americanos, ¿no estarán hechos en China y transportados en gigantescos barcos que producen muchas emisiones?





